miércoles, 21 de febrero de 2024

Presentación en el Museo Gaya de El castigo del exiliado


 

 

 

Pellizcos de vida capulina.

 

Sobre Antonio Gómez Ribelles: poeta y pintor, a veces exiliado.

 

por Manuel Madrid

 

 

 

Leer un libro de Antonio Gómez Ribelles es como participar en un juego de rol. Hay algo misterioso, fantástico, como si la realidad se vistiese a veces con trapos de ficción. Es como una llamada taimada a acceder a un laberinto sin suponer que en los primeros compases escucharás, sentirás, percibirás, descubrirás… que el dueño de todo esto ha arrojado la llave haciendo que hable el agua. Un sutil glup, glup, glup que se traga también nuestra ingenuidad, nuestra vanidad, nuestra apariencia.

 

Todo lector, desatinado y descolocado ante lo extraño, no es del todo consciente de estar ya en otro plano cada vez que abre un libro. Ya dentro, desde el mismo prólogo, en este “nuevo lugar”, ha pasado a ser un dibujo más, una silueta sin rostro, alguien que ha ganado un nuevo derecho: el de la anonimidad. Somos lectores sin rostro, como esos ingenios electrónicos programables capaces de manipular objetos y realizar diversas operaciones. Todo aquel que acceda a ‘El castigo del exiliado’ debe saber que ha de irse de su mundo para entrar en otro.

 

Al principio puede parecernos enmarañado, como la corteza del nopal, de la higuera de Indias, el higo de pala o de tuna de toda la vida, que sin embargo esconde un fruto verde amarillento, elipsoidal, espinoso y de pulpa comestible. Una auténtica delicia.

 

Esto es lo que, de golpe, me ha sugerido este poemario: un goce permanente, como el del más sutil y exquisito fruto que alguien me diera a probar. Algo fino, fino, fino. Toda esta finura está compuesta, sin embargo, de trozos, de fragmentos, fracciones de otros tiempos, pedazos de ayer, terrones de alegrías fosilizadas, chispas, migajas, menudencias, limaduras, virutas de otras épocas. Todo esto, lo que llamamos HOY, está formado por pellizcos de vida capulina, como llaman los mexicanos a la buena vida. Vida y milagros, al fin y al cabo, “conjunto pormenorizado de los hechos que constituyen la vida de alguien” (RAE). La de Gómez Ribelles: poeta y pintor.

 

Parece que el pintor no tiene suficiente con afanarse con la paleta. He aquí un caso extraordinario de bardo que pinta. Todos pintamos algo en este mundo. En ‘El castigo del exiliado’, la segunda obra que publica la editorial La Nube de Piedra del davinciano artista Luis González-Adalid (hombre que piensa, hombre completo: pintor, escritor, diseñador, editor…), hay un poeta y un pintor, “exiliado a veces”. Un Gómez Ribelles utópico, aferrado a las “ligeras posibilidades” que dan los sueños cuando parece que hemos perdido también la capacidad de soñar. El poeta y ensayista de Tulsa, Oklahoma, Ron Padgett, destila en su obra una ironía trágica y una tendencia a abrazar el costado cómico de las cosas. A modo de curiosidad, aparece aquí con una sola T, y alrededor de su cita, “yo me acuerdo de cosas perdidas”, me gustaría devolverle la T OLVIDADA a través de cinco términos que cita Gómez Ribelles que empiezan por T y que bien podrían apuntalar esta magnífica propuesta:

 

TROZO TIEMPO TEMBLOR TRAGEDIA TODO

 

A raíz de aquel incendio que destruyó parte de un bosque, Ron Padgett no solo se acordó de cosas perdidas, sino que le invadió una deliciosa tristeza por los objetos. A Antonio Gómez Ribelles le sucede lo mismo. Su poesía es, sobre todo, gráfica. Hay una preponderancia de las imágenes. Y como es hijo de la sutilidad, construye poemas de tela, poemas-lienzo, que son también como carabelas de aviso, pues en todos ellos hay como un anuncio o advertencia que conviene tener en cuenta.

 

En las obras que hizo para el centenario del Suplemento Literario de LA VERDAD y que publicamos en Ababol, Gómez Ribelles produjo imágenes poéticas a partir de los poemas de Antonio Oliver Belmás, y en todas ellas incluyó palabras importantes en la obra del poeta cartagenero: «Rosa», «ciudad», «peine», «luz», «agua sin estrellas».

 

Si analizamos ‘El castigo del exiliado’ con esta misma metodología, buscando esa “palabra combustible” con la que el propio Ribelles navegó entre las aguas de dominio público de Oliver Belmás, tenemos que hablar de casas que son como islas plegadas, como si fueran cajas de papel pintado que representan el mundo (pág. 45), de mentiras bien contadas, de luces que ya no alumbran, de los fríos del exilio, de las navajas que todos guardamos en los bolsillos, de finales buscados, de no haber sido lo que se esperaba de nosotros, de volcanes que están siendo permanentemente avivados por el correr de los días, y de los años…

 

A mí particularmente me maravilla y me intriga al tiempo la habilidad de Gómez Ribelles para “ver las cosas desde la frontera”, para monumentalizar momentos supuestamente anodinos de nuestras vidas. En el poema ‘Las afueras’ (pág. 15), por ejemplo, queda todo dicho: “Ver las cosas desde la frontera. Desde la atmósfera exterior de cada cuerpo. Como el hueco que dejan en el aire. Ver las afueras de los objetos y las personas. A veces hay algo que irradian”. Esto que irradian es lo que él ve, y retiene, y se afana por compartir porque es lo que, al fin y al cabo, todos tenemos en común. Que la vida es solo un gas. Que la vida es un dimanar.

 

Me siento agradecido por este libro, por esta forma de mirar tan pensada, tan inteligente. Somos afortunados con poder leerte y tenerte. Por muchas razones, el poema ‘Armario’ (pág. 19) cobija todas las maravillas, y también todas las claves, para salir del laberinto en el que Gómez Ribelles nos ha metido. “Dicen que la piedras guardan la memoria, y que la tierra las esconde, la arena solo por un tiempo. El agua no, el agua es como un olvido, pero la tierra se va moviendo hasta ceñirlas y conservarlas en el abandono, hasta que tú las salves y las guardes, de nuevo en una caja”. Pienso que Ramón Gaya habría querido perder algo de su tiempo a tu lado.

 

 

 

Manuel Madrid

Museo Ramón Gaya

20/2/24 Murcia

domingo, 28 de enero de 2024

LA VERDAD. JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO


 

Gómez Ribelles, el hombre que pinta y escribe

'El castigo del exiliado' es el último libro del autor afincado hace décadas en Cartagena, publicado por Luis González-Adalid en la editorial La Nube de Piedra

José Luis Martínez Valero

Sábado, 13 de enero 2024, 09:39

El pasado es una puerta entreabierta. No podemos entrar, pero nos aventuramos a ver lo que hay dentro, en esa semioscuridad, como de todo paraíso, que hemos perdido, nos quedan las palabras, nombres como imágenes, esas navajas en los bolsillos, el perro cojo, las fronteras, los límites...

A veces es la caja donde guardábamos para después, las chapinas, las orejas de fraile, los conejitos, los cristales y las piedras de jaqueca u ojos de santa Lucía, todavía llegué a guardar las bolas de cristal que servían de flotadores, eran verdes como un rincón de mar.

Antonio Gómez Ribelles (Valencia, 1962) es pintor y poeta. En ambos oficios se utiliza el gris. A veces es ese color desvaído, casi amarillento con el que las fotografías adquieren conciencia de la edad, porque ellas sí saben del tiempo.

Es imposible vivir ese estado de gracia de las primeras experiencias, pero a veces lo hallamos en un poema, un cuadro

El gris del dibujo y el gris de la escritura se parecen, hasta el punto de que, si miramos una página a cierta distancia, cuando sólo vemos las líneas y no es posible distinguir las palabras, semeja una tierra cultivada, con más o menos acierto, supongo que la firma podremos compararla con una nube o un pequeño charco, si pensamos que esas líneas son calles. El dibujo ofrece una figura, representa algo que quizá podamos identificar.

Tiempo y recuerdo

El texto y el dibujo son abstracciones que podemos leer. El primero utiliza un alfabeto, aunque con variantes, aceptado por la comunidad de hablantes; el dibujo se sirve también de otro alfabeto, subjetivo, cuyos trazos podremos atribuir a un autor determinado. Ambos tienen voz propia.

El tiempo es aliado del recuerdo, se dice que lo recordado está unido a nuestro corazón, significa que de algún modo permanece siempre en nosotros, aunque nos hayamos ido del lugar, aunque nadie ni nada perdure ya. Sin embargo, a veces, queda el perro cojo y hambriento, que acompaña y pone un punto de realidad, trágica e irónica, en ese mundo que esperábamos encontrar.

Ser exiliado es condición del hombre. Antonio se siente desterrado ¿de su infancia? Quizá no se refiere sólo a ese paraíso. El expulsado vive en un territorio que no le pertenece, busca su patria. ¿Y si fuese un expatriado por poeta y pintor? El destierro sería doble. Son estas circunstancias las que mantienen su estar en el mundo. El hombre que pinta o escribe siempre busca algo.

Aunque quien pinta y quien escribe se parecen, no ven del mismo modo. Los ojos del pintor penetran en la realidad, mientras que los del poeta, al no disponer del asidero de la línea, tienden a dispersarse, contemplan el objeto o el tema, pero la palabra es confusa, gastada por el uso, en tanto que la línea sobre el plano siempre es nueva. Lo ideal sería que la palabra cayese sobre el papel como un cristal transparente para mostrar que su realidad existe, como ocurre en aquel cuento donde al decir: ¡Sésamo, ábrete!, se abría la puerta y aparecía el tesoro.

En el caso de Gómez Ribelles, ¿por el hecho de compartir ambas maneras de estar en el mundo, habría alguna diferencia?

«Empeñados en explicar todo por su nombre / olvidamos que hay palabras / que ya no pueden nombrar / y luces que no alumbran»

Me propongo comprobar si, el hecho de ser pintor, significa algo en los poemas. Desde el cuadro y la página, ambos ya acabados, podríamos analizar afinidades. En la composición ha habido expectativas y métodos semejantes, el proyecto inicial quizá se ha logrado y, una vez concluido el trabajo, el autor se siente satisfecho. Claro que, también puede ocurrir que, al ver la línea sobre tela, cartón o papel, experimente un cambio, bien porque desaprueba el camino, bien porque la palabra no le parece certera, para evitar estos giros previsibles, tanto el pintor como el poeta disponen de ciertos recursos. El poeta anula la palabra, utiliza otro verso, altera el orden, lo elimina porque supone un desvío.

Vida vegetal

¿Qué hace el pintor? Imaginemos que la línea y el color no responden a lo que se ha propuesto, había proyectado unas manchas amarillas sobre verde, distribuidas en rectángulos que conforman la idea de arbolados o cultivos paralelos. Pero encuentra que el resultado es rígido, entonces interviene con un negro o verde oscuro que reste luz al amarillo para que adquiera cierto movimiento, quería que representase vida vegetal, quizá lo ha logrado. Ahora plantea algo en gris, distintos tonos. La imagen es nítida, busca mostrar el paso del tiempo, tendrá que diluir la imagen, algo así como si la viésemos bajo el agua.

En el último poema titulado: 'En la salamandra', la segunda estrofa formula de modo explícito el método que ha seguido. Leo: «Tendría que haber hecho algo, / me diré más tarde, cuando el tiempo / haya pasado y yo sólo lo haya dedicado / a la contemplación de las líneas / que parecen detener las cosas / por un momento, sólo por un momento. / En realidad siempre se conservan intactas / dentro, en la llama». El poema, como epílogo, supone una valoración del libro: «Tendría que haber hecho algo». A modo de 'captatio benevolentiae' reconoce que no es suficiente. La experiencia no ha sido del todo satisfactoria. El autor expone la diferencia entre proyecto y obra. Los versos que siguen convierten al texto en un cuadro: «contemplación de las líneas», inmediatamente hace una afirmación que podría ser pictórica: «líneas que parecen detener las cosas». Poema y cuadro son definidos como conjunto de líneas destinadas a detener el paso del tiempo.

Comunión con la palabra

El cuadro y el poema tienen la misma finalidad: fijan la contemplación del ser, el instante donde el ver. sabe; muestra su esencia intacta, razón por la que el libro termina en llama, la llama es luz. Se dice en el mismo poema, que leer es plegaria. Por la oración entramos en comunión con la palabra, conocemos su desnudez, asistimos a su aparición, el artista no nombra, sino que revela. El primer poema, 'Mudanza Eco', en su último verso establece el tema que va a ser tratado: «Yo me acuerdo de cosas perdidas». Es fundamental que para recordar algo, necesitemos haberlo perdido. Es preciso constatar que hemos abandonado el lugar para que forme parte de nuestro recuerdo: «Ya no estamos aquí. Nos fuimos».

El poeta y pintor se pregunta: «¿Dejan las cosas de estar / cuando no las ves?». Las cosas son porque las recordamos, han alcanzado otra manera de estar. Hay algo de sagrado, secreto, en esa revelación: «Lo veré todo sin poder entrar. / Lo veo todo sin poderlo ver».

'Armario', es el poema donde están depositadas las cosas que han acompañado nuestra infancia. En él figura esta leyenda: «Dicen que las piedras guardan la memoria / y que las tierras las esconde, / la arena solo por un tiempo. / El agua no, el agua es como un olvido, / pero la tierra se va moviendo hasta ceñirlas / y conservarlas en el abandono, / hasta que tú las salves y las guardes / de nuevo en una caja». Estas piedras son como libros o cuadros que contienen nuestras primeras experiencias sensoriales, nuestros ojos y el tacto, incluso huelen si las golpeamos, o puede que conserven la sal primera. Son el testimonio de encuentros que ahora comprendemos como definitivos, pero el niño no tiene memoria, desconoce esos departamentos donde conservamos y valoramos los recuerdos. En su ingenuidad, no distingue, vive el todo, no analiza.

'EL castigo del exiliado'

'EL castigo del exiliado'
  • Género. Poesía

  • Editorial. La Nube de Piedra

  • Autor. A. Gómez Ribelles

Para convertirse en hombre ha de perder cosas, conocer los límites de su existencia, convertirse en un exiliado. Es entonces, cuando echa de menos aquello que quedó en algún lugar como testimonio, guardado u oculto bajo una losa, en una grieta. El adulto confiesa que sólo guarda el tiempo, no los sitios. El lugar es un testimonio engañoso, inseguro.

'Pareidolia' se dice cuando identificamos sobre ciertas superficies rostros o figuras. Sería una característica del pintor, descubrir esas manchas, líneas, rasgos en el terrazo del suelo, en las paredes. Como ocurre también con las nubes, donde vemos perros, gatos, y caras, un ver siempre efímero, pues cuando de nuevo levantamos la cabeza, ya no están. Estas apreciaciones no son exclusivas del pintor, sin embargo, sí su actitud personal, dice: «Las sigo viendo. / A veces les pongo nombre / y bautizadas las adopto. / Son preciosas. / Otras son solo silencio. / Quedan ahí para otro día. / No se van / ni se pierden».

Si mantenemos esa diferencia entre pintor y poeta, un juego de espejos en los que se refleje la imagen o la palabra, puede que los consideremos como líneas paralelas que nunca llegan a juntarse.

Destierro

Por último, leo del poema 'Otras luces no sirvieron' su estrofa final: «Empeñados en explicar todo por su nombre / olvidamos que hay palabras / que ya no pueden nombrar / y luces que no alumbran». La irrealidad, el destierro, sucede tanto en la palabra como en la imagen, los nombres y las luces pierden esa comunión primera, el encuentro, la revelación. Este es el castigo, tener que inventarlas para hacer que se parezcan a lo que fueron. Imposible vivir ese estado de gracia de las primeras experiencias, pero a veces parece que lo conseguimos, lo encontramos en un poema, en un cuadro. Es necesario escribir, pintar para dar con la verdad que han sido, han representado, porque mantienen con vida al poeta y al pintor. Es preciso imaginar puertas, seguir en el camino, no perderse en el bosque. Si pintor y poeta ven el árbol, puede que coincidan en el claro del bosque.

sábado, 27 de enero de 2024

NOTAS DE ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Me envía Ildefonso Rodríguez desde León estas notas tan lúcidas sobre su lectura de El castigo del

Exiliado, y que con su permiso publico aquí. 

Gracias, porque es un placer saberse leído con esta atención y amabilidad.

 




Notas en pequeño despliegue a partir de la lectura de El castigo del exiliado.

 

Por Ildefonso Rodríguez

 

 

 

Fui apuntando en papelitos mientras leía; después los barajé sin ánimo de construir un discurso coherente, solo estas anotaciones.

 

Leía  con ganas, con esas ganas que dan los poemas de un libro desde dentro de cada uno de ellos.

 

Cartografía de un territorio; el poema, a veces, vendría a ser  una cuadrícula, un segmento de aquél.

 

Poética de las cosas, en la presencia, en el recuerdo, en la ideación, alzada no solo con palabras, también con el pulso del dibujante, Leo cosas dibujadas, se me ocurrió pensar en algún momento.

 

Los detalles, amor a los detalles, a la precisión (como en la cita de Kavafis, el sol daba sólo en una mitad de la cama, y hay que decirlo, era así y no de otro modo).

 

Inolvidables: un perro, también un reloj, un armario, un loco o que se lo hace travestido, un volcán, un patio de luces (infancia siempre del deseo), el telo de unas tazas de leche, la lectura homérica. Pero, sobre todo, un perro y una casa. Se me ha quedado rondando el poema “234”.

 

Unos ojos enturbiados, como también, las fotografías, esclerosis del cristalino en ojos y fotos.

 

Un espejo velazqueño (o una escena de Hopper también —en la página diecisiete—; y también los cuatro últimos versos de la página cuarenta, qué modo de contar la ausencia).

 

En la página cuarenta y tres “Aedo” es una poética definida y delimitada.

 

Poesía de lo visto sentido.

 

Las capas de lo real,  interiores, exteriores, dentro, fuera. Espacialidad, perspectivas.

 

Arte de papiroflexia, plegar el recuerdo y lo presente.

 

Animalidad de las cosas (cuarenta y cinco).

 

Me parece que es una poesía que aprendió bien la lección del relato poético de los sajones.

 

Afinidades entre nosotros: la  pareidolia, las cataratas, de ambas cosas padezco.

 

[Patio de luces: qué deriva es siempre la lectura, cómo podría haber yo adivinado que aquella imagen vista —escrita— hace más de medio siglo, casi alucinatoria  (pues venía de  un ácido) acabaría llevándome a tu patio de luces y a una cabeza negra de Tutankamon.]

 


 

 

 

Ildefonso Rodríguez es poeta y músico. Miembro fundacional de dos revistas literarias (Cuadernos leoneses de poesía y El signo del gorrión) y colaborador de otras publicaciones.

Su obra poética comprende los libros Mantras de Lisboa (Valladolid, Ediciones Portuguesas, 1986), Libre volador (Arenas de San Pedro), Libros de la peonza, (1988), La triste estacion de las vendimias (León, Provincia, 1988), Mis animales obligatorios (Sevilla, Renacimiento, 1995), Coplas del amo (Barcelona, Icaria, 1997), y Escondido y visible, en colaboracion con el pintor Esteban Tranche (León, 2000). En 1998 apareció su primer libro de narrativa, Son del sueño (Madrid, Ave del paraíso).

Es saxofonista profesional, dedicado al jazz y a la improvisacion libre.

miércoles, 3 de enero de 2024

ELCASTIGO DEL EXILIADO

 

En Cartagena aparece el nuevo y muy cuidado sello editorial dedicado a la poesía LA NUBE DE PIEDRA, de la mano de Luis González Adalid, y tengo el orgullo de que aparezca editado mi nuevo poemario El castigo del exiliado, después del que fue el primer número, Realidad, de Paco Carreño.

 

 

 


 

Cuando el tiempo no se mide por una sucesión de hitos sino por la forma de vivir ese tiempo, las imágenes que llenan el pensamiento se superponen y nos enseñan un pasado que se acumula y te rodea siempre. Y es entonces cuando todas las capas se incluyen, se penetran unas a otras, y aparecen las personas imaginadas, los libros leídos, los paisajes perdidos y una conciencia de pertenecer a todos esos momentos que, a la vez, nos vuelven exiliados de aquellas otras tierras, íntimas, privadas, secretas, de las que fuimos separados. Las odiseas personales arrastran siempre un castigo y un deseo, el castigo de añorar lo perdido y el deseo de volver a crearlo. Todo se reconstruye en los relatos, todo se rehace después de las batallas.

 

 

Prólogo

 

Es probable que en el nuevo lugar

sigamos siendo felices

hermosos y elegantes

Al menos, que exista esa ligera posibilidad;

o que nada mejore y soñemos siempre el retorno

por caminos cada vez más alejados

de aquello que fue nuestro.

 

 

 

Antonio Gómez Ribelles (Valencia, 1962) es fundamentalmente un artista plástico que cuenta con numerosas exposiciones individuales en galerías y salas institucionales, participaciones en ferias y exposiciones colectivas, portadas de libros y carteles. Artista multidisciplinar, es también poeta y sus catálogos y exposiciones cuentan con aportaciones poéticas propias.

 

Como escritor, ha realizado textos para catálogos de otros artistas, publicado en revistas literarias, participado en obras colectivas y presentaciones. Colabora habitualmente con la revista literaria El coloquio de los perros.

 

Ha publicado la plaquette El libro de las ciudades (2000), y los libros Quiromante, un libro de imágenes (Calblanque, 2017) y Las lagartijas guardan los teatros (La estética del fracaso, 2021).

 

 

https://luisadalid.es/zambucho/ 

 

https://luisadalid.es/zambucho/arasdetierra/


 

 

 


domingo, 26 de noviembre de 2023

UT PICTURA POESIS. NATALIA CARBAJOSA ACERCA DE SAVIA DE INTERIOR.

Natalia Carbajosa escribe este texto para el proyecto Savia de interior que se  expone en la galería estudio La Cholepa de Mula hasta el 12 de enero. Como siempre, dar las gracias a Natalia, gran poeta y traductora, que conoce bien mi obra desde hace años, sobre todo la relación de mi pintura con la poesía.

 

 

 

 

 

 

Ut pictura poesis

 

Siempre me ha fascinado el taller del artista, su desordenada amalgama de colores, olores, materiales, volúmenes, formas. Frente al adormecimiento de los sentidos que a menudo nos invade en la guarida del escritor, como mucho interpelados por el polvo de los libros o, desde tiempos recientes, por la fría luz de la pantalla, los refugios de la pintura se nos antojan a los legos felizmente inesperados, confusos y diversos. Nos hablan desde códigos extraños: papeles húmedos con anuncios y letras ya borrosas, hojas y semillas recogidas por ahí, fotos antiguas con personas cuya identidad se desconoce. Niegan sin pudor la primacía del signo lingüístico, o bien lo convierten en otra cosa, otro lenguaje.

 

Con el permiso de Horacio y de los pensadores renacentistas, la equiparación del arte visual con la palabra y, más concretamente, con la palabra poética, tiene mucho que ver con el advenimiento de las vanguardias a principios del siglo XX; sobre todo, evidentemente, con la abstracción. La expresión del mundo interior que esta corriente pictórica prioriza sobre todas las cosas funda, en efecto, un idioma propio para el artista; armoniza, en palabras de Kandinsky, lo “temporal-subjetivo” con lo “eterno-objetivo”.

 

Las creaciones de Antonio Gómez Ribelles para la exposición Savia de interior, sin ser abstractas, apuntan precisamente a los paralelismos y las porosas fronteras que las vanguardias se atrevieron a imaginar, y lo hacen en varios planos simultáneos o confluencias: entre la fragilidad de la memoria humana y la persistencia del ciclo vegetal; entre el pasado y el presente, entendidos como variantes de una misma concepción del tiempo (kairós); en la intersección entre la pintura y la fotografía, o la que propicia la minúscula pero decisiva irrupción de la naturaleza en el espacio urbano; entre el marco esbozado que arropa, con delicadeza, el centro de cada composición y, al mismo tiempo, la proyecta hacia afuera; entre la unión de lo de arriba y lo de abajo, el tándem cielo-tierra de la poética juanramoniana, simbolizada en la verticalidad de la planta y subrayada por las dos mitades del papel; entre la tecnología y el impulso vital (“a través de la cámara veía la savia que subía por las hojas”); entre la superposición de materiales y procesos (primero fotografiar, luego pintar sobre lo fotografiado); y, por supuesto, presidiendo todas las relaciones mencionadas, entre la imagen y la poesía. Todo ello, vertido desde la acotada protección del estudio; desde el pálpito, el mundo, el crecimiento (la savia) de ese sí mismo por el que el artista-poeta se proyecta hacia y se relaciona con el exterior.

 

La contemplación de Savia de interior invita al recogimiento y a la reflexión espontánea en su (aparente) sencillez, con lo que esquiva la necesidad de elaborar un discurso complejo que la explique. Con idéntica sobriedad, recupera un principio del arte acaso con demasiada frecuencia cuestionado. “Todo lo que es congruente con la base de nuestra naturaleza nos parece bello”, afirma la poeta Kathleen Raine. Así, en contra del pretencioso mantra de “salir de nuestra zona de confort”, el artista nos recibe, en esta ocasión, en casa; en el precario aunque insustituible umbral entre el ruido del mundo y su transformación en otro orden, el orden de la armonía y la belleza.

 

La poesía visual de Antonio Gómez Ribelles no se articula como glosa de la imagen. No es una explicación, ni una alternativa, ni un texto al margen. Pero tampoco forma parte de un juego de correspondencias al uso, ni de un trampantojo, ni de nada que defina en un aparte el idioma en que la imagen (cada pliegue, cada trazo) comunica. En Savia de interior, la imagen es el texto mismo. 

 

Natalia Carbajosa

 

 

 

 

jueves, 20 de abril de 2023

DIÁLOGOS CON MI ABUELO. JUAN MANUEL DÍAZ BURGOS

 







Recomponer una memoria familiar, esa pequeña historia (pero tan grande) que se construye desde lo emocional, desde los pequeños datos y relatos que han paseado por nuestros mayores y que se nos trasladan, precisa en primer lugar de una necesidad, la de rellenar un hueco que se borró o nos borraron, y en segundo lugar de la convicción de que el camino a recorrer puede ser largo, a veces difícil, y, según las circunstancia, doloroso. El proceso de recuperación que Juan Manuel Díaz Burgos hace de la memoria de su abuelo Manuel, ya que su figura le fue robada, es íntimo pero trasladado por la actividad fotográfica a un acto de memoria histórica que llega a localizar y visitar la fosa común que sirvió de tumba a uno más de los miles de represaliados tras la Guerra Civil y que a través de la ignorancia de qué pudo ocurrir con él se trasladó a su familia el castigo a los vencidos. Un castigo injusto, inútil, y vestido de rencor y mentira. Juan Manuel Díaz Burgos lo lleva ahora a una exposición en Cartagena y un libro que recoge el proyecto Diálogos con mi abuelo.

El acto de Juan Manuel supone una catarsis personal, un proceso familiar, un acto de justicia con Manuel Burgos, y por extensión, un acto público de reivindicación de los desaparecidos. Todos podemos sentirnos identificados con este ejercicio de posmemoria, sobre todo aquellos que vivieron y viven todavía en el deseo de recuperar los restos de familiares desaparecidos. Y los que no estamos en ese caso, igualmente compartimos la recuperación de la memoria y la historia familiar, con sus luces y sombras. Pero el proyecto de Díaz Burgos es fotográfico, y eso debe dirigirse de una manera concreta, dentro de la línea documental y retratística que ha sido su constante en el ingente trabajo de este gran fotógrafo. En el prólogo, ese que escribió una noche para concretar y decidir qué y cómo hacer, están las claves, sobre todo una: la realización de un recorrido y un retrato inverso, apropiarse con la mayor honestidad de aquello que pudo ser la mirada del abuelo, que ella fuera la que marcara el camino, un camino que dirige lo que fue la biografía, lugares de vida, de trabajo, de triste muerte. Así, el nieto visita todos esos lugares de Andalucía, Marruecos, Madrid, Cartagena y Canarias, el punto final, el más oculto hasta hoy. Los guiños que hace a la narración y la vida de Manuel le obligan a añadir espacios, lugares a sus recorridos fotográficos, a hacer de sus fotos lugares de posmemoria. Reinvención o suposiciones basadas en lo que le han contado y encontrado, o en lo que, una vez identificado con el abuelo, Díaz Burgos cree en buena lógica que no pudo ser de otra manera. Así aparecen los toros, las tascas, las iglesias de Sevilla, las procesiones, un mundo coherente con lo conocido y que se convierte no en la verdad sino en “lo real” a través del pensamiento, la actitud y la sinceridad necesaria del nieto, y las redes tejidas con la familia. La fotografía persigue a la narración, no son ilustraciones, sobrevuelan, traducen la historia y los lugares en la foto desde la mirada del abuelo. Pero ahí sigue estando la calidad, la entrega, la exigencia que siempre pone Juan Manuel Díaz Burgos en lo que hace.

Otro aspecto que aparece en este proyecto es la evolución de la foto hacia el desenfoque por zonas y las alteraciones o creaciones de color y luz, todo ello con la idea de relacionar esa visión de la que hablaba antes con lo borroso de una mirada perdida en la memoria de los otros.


Exposición y libro, en esa lógica fotográfica que se ha hecho necesaria actualmente, recogen un trabajo muy extenso, fotográfico, artístico, narrativo y documental. Es un trabajo muy personal que debía ser como es, con un recorrido muy largo lleno de reflexiones que quedan en el libro, desde la foto de un solar en la calle Trastámara de Sevilla, donde nació Manuel (parece que quedara así como en espera, en un acto metafórico de respeto hasta que el fotógrafo pudiera llegar), hasta la sombra de Juan Manuel y Mercedes ante la fosa común nº 2 del cementerio de Vegueta donde se le enterró.


Magníficas fotografías que funcionarán también fuera del libro y la exposición, que transmiten la melancolía necesaria en el proyecto, que contagian el recuerdo y lo hacen nuestro. Tal vez sea ahora la recuperación de la memoria lo más importante, algo que se agradece por ser de justicia, el valor de hacerla extensiva (ya lo vimos en Calle del Ángel) pero quedará siempre el trabajo artístico de este gran fotógrafo. 



 

Agradezco sobremanera a Juan Manuel el haber colaborado en su proyecto, aunque sea mínimamente. El haber trabajado con el álbum de mi familia en proyectos anteriores y con otros álbumes en proyecto me llevan a entender perfectamente el trabajo de Juan Manuel y valorarlo mucho. Realizar una intervención sobre el retrato de Manuel Burgos Monsalves ha sido un honor.


lunes, 27 de junio de 2022

NUEVA RESEÑA DE LAS LAGARTIJAS GUARDAN LOS TEATROS. POR JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO.



 

 

 

 

 

 

ANTONIO GÓMEZ RIBELLES

LAS LAGARTIJAS GUARDAN LOS TEATROS

Editorial La estética del fracaso

LA MONTAÑA MÁGICA

Cartagena, 2021

 

por José Luis Martínez Valero

 

 

El humano no es un hecho en bruto, piedra del camino, sino ser complejo, comunicativo o silencioso, olvidadizo, consciente de la muerte, sujeto al amor y al odio. resultado de lo que se cuenta o de aquello que narra y define él mismo, siempre expuesto a la intemperie de su existencia, sometido a los vaivenes de la Historia; otras, al capricho del destino.

Antonio Gómez Ribelles ha publicado: Las lagartijas guardan los teatros a instancia de Vicente Velasco, director de la librería La montaña Mágica de Cartagena para la colección titulada: La Estética del fracaso, cuya serie cierra este libro.

Antonio, pensador, poeta, pintor y fotógrafo, nos traslada a la cámara oscura de su cerebro para hacer visible lo invisible, para reconciliar el espacio con su tiempo, y lo pone  a nuestro alcance, a través de imágenes que se mueven, que huyen y se esconden como las lagartijas, que creíamos definitivamente quietas, mientras parecían tostarse al sol de los siglos sobre las ruinas de los teatros,  sobre la ciudad y sus movimientos, esa sociedad sobre la que crece la hierba de la Historia, de las historias. 

Hay espacios públicos y espacios privados, el humano habita ambos. Frente a la casa segura, tras la puerta estaba la intimidad; hoy, las redes, la información que se solicita para realizar cualquier actividad, parece que hubiesen eliminado la privacidad. Robinsón demostró que la isla, el aislamiento, perfecto no existe, para resolverlo se sirvió de aquella huella en la playa que la mar aún no había borrado.

El hombre está destinado a moverse, se podría definir como un ser que se traslada, esto ocurre unas veces voluntariamente otras contra su voluntad. Para asegurar su estabilidad dispone del recuerdo. Así puede ser definido como ser de memoria.

A medida que pasan los años, acumula relatos. Esto, que en su vida privada constituye la experiencia, en cuanto colectivo lo convierte en ser histórico.

El espacio es inestable, fluido como el agua, sujeto a la luz y a la sombra, confunde, cambia. Hueco en el tiempo, engañoso, perspectiva desde la que aprehendemos el mundo. Tiempo y espacio no son lugares seguros. Por el tiempo recordamos y olvidamos. El espacio es localizable, sin embargo, cambia tanto de aspecto que, en realidad, pasa a ser otro. Antonio coloca al lector ante el misterio de esta paradoja.

Un año después de la primea Gran Guerra, 1919, publicó Gabriel Miró: El humo dormido, con una breve introducción que quizá nos ayude a comprender los mecanismos del recuerdo. ¿Qué fue primero, el árbol o el bosque? Si respondiese Caperucita aseguraría que fue el bosque; si es la lagartija nos hablará del árbol, algo concreto, de donde surgió la abstracción del bosque, producto de nuestra mente.

Antonio, como Miró, transformó los hechos en su imagen. El texto que refiero dice: << Así se nos ofrece el paisaje cansado o lleno de los días que se quedaron detrás de nosotros. Concretamente no es el pasado nuestro; pero nos pertenece, y de él nos valemos para revivir y acreditar episodios que rasgan su humo dormido. Tiene esta lejanía un hondo silencio que se queda escuchándonos. La abeja de una palabra recordada lo va abriendo y lo estremece todo.

No han de tenerse estas páginas fragmentarias por un propósito de memorias; pero leyéndolas pueden oírse, de cuando en cuando, las campanas de la ciudad de Is, cuya conseja evocó Renán, la ciudad más o menos poblada que todos llevamos sumergida dentro de nosotros mismos.>>

En esta ciudad hay una casa de la que nos importa su ser, la función dentro de su historia personal. Toda casa tiene una puerta cerrada; si insistimos con el tiempo descubriremos que la puerta se entreabre, podemos adivinar algo de su pasado por la luz y la sombra, alguna fotografía, ciertas palabras, aunque siempre conscientes de que este ver no es un estar viendo, sino que pertenece a nuestra memoria.

Gastón Bachelar en su ensayo La poética del espacio define la casa, como: el no-yo que protege al yo. No es lo otro, algo objetivo, sino que pertenece al mundo subjetivo, aunque esté precedido por esa negación. Bachelar considera el yo como ser desasistido, necesitado de protección, de esta orfandad nace el libro. Dice el poeta: El problema de la casa, de mi casa, es que no existe… Pero yo sigo sin crear la mía a pesar de habitar una. Es que no se trata de habitar, no es eso, no es eso…

Voy a tratar de acercarme, consciente de que lo que vea será fragmentario y borroso, el pasado se convierte en un muro sobre el que descansan las huidizas lagartijas.

¿Quién es este ser abandonado? ¿Este huérfano? He aquí su respuesta: Somos la memoria de los demás escrita en los papeles o en las paredes de cajas de zapatos que intentan contar una historia. Dependemos de la memoria de los otros, sin duda una visión fragmentada, que se dice cuenta una historia. Insisto: se dice. Porque se trata de un relato que nunca coincide con lo que piensa de sí ese yo, al que reconocemos por su abandono. La única certeza es que no se puede regresar al principio. Como si todo principio estuviese destinado a convertirse en una imagen oscura. El concepto de expulsión del paraíso nos condiciona como un recuerdo.

En el caso de Antonio Gómez Ribelles quizá resulte apropiada esta pregunta: ¿se trata de un pintor, de un poeta, de un fotógrafo? Todas estas posibilidades se dan en la misma persona y al parecer tienen el mismo origen, ¿la infancia?, aquello que hemos titulado como el paraíso de la infancia. La infancia es la edad de las preguntas, es pues el origen de la curiosidad por el mundo, de ahí que todo el libro se convierta en un proceso de búsqueda

En el poema titulado: LA LUZ, YA, cuando dice: <<La luz no será ya una palabra guardada/ conservada en los libros/ que no pudimos abrir, / es el nombre que ahora vuelve del silencio, / que se dice aun sin color, pero pronto/ aplastará la tierra, las calles, los colores/ y todas las otras luces.>> Podría ser una respuesta a esa pregunta de modo que por medio de la sinestesia, convertir la luz en nombre. Si el cuadro puede ser leído, también es un texto, sombras y luces lo conforman.

En 3 NAZARET, sugiere: que la casa, la ciudad entera/ fuera como ver el mar. Este lugar concreto, número del tranvía de la playa, se convierte en parte de una narración, algo sin límites; también algo ajeno, superior a lo que puede ser poseído.

En la infancia son fundamentales, la escuela, como orden, disciplina y, la calle, la libertad. En su texto: LA FORMA DE LAS LETRAS, recordad aquellas cartillas donde aprendimos a leer, el autor piensa que la letra ya es un dibujo, abstracto, convencional, paralelo a su otra forma de objeto real, concreto. El alfabeto nos condiciona desde un principio, supone el bautismo de nuestra entrada en sociedad. Con PARTÍCULA DE PRUEBA, aparece la enseñanza como procedimiento de ocultación, método de desinformación perfectamente organizado, lugar cerrado. Semejante al episodio de:  El Señor Cuenca y su sucesor (Enseñanza), también de Miró y la respuesta del jesuita a su preocupación: “¿Todavía no sabe que preguntar es una grave falta? No lo vuelva a hacer.” La libertad estaba en la calle, las afueras y el cine.

En ELLA, se encuentra este texto: Mi memoria ha invadido la suya de tal manera que estoy en ella, en un juego extraño y fantástico. El recuerdo, la narración, convierte a la memoria en un suceso compartido. Junto a QUEDAN: La calle que cruzaba/ de camino a casa/ las grietas del edificio/ las balas en la pared. El poeta alude eludiendo, facilita asociaciones que conforman el teatro de su mundo. Los dogos son causa de la muerte del perro de su amigo, próximos por su crueldad a las balas en la pared. El terror del niño coincide con el terror de esa historia de la que no ha sido testigo. Frente al instinto que es constante y repite, el hombre tiene la capacidad de transformar sus recuerdos. El recuerdo no es lo sucedido, no almacenamos un conjunto de hechos, sino sus relatos.

La narración como algo esencial, aparece en CAMINOS, cuando dice: Me imagino eligiendo caminos absurdos para llegar al mismo sitio…Algo que confirma en DECONSTRUCCIÓN: Y allí descubrió la casa desde fuera y la tuvo que ignorar, porque no había fachadas en sus momentos lúcidos, sólo interiores, sólo tiempo para el tiempo de los muertos.

El dolor, la angustia, la orfandad terminan con la imagen del aceite, originado por el olivo, símbolo de la sabiduría de la diosa Minerva, diosa de las artes y la artesanía. En la Grecia clásica, en las competiciones de las Panateneas los vencedores recibían ánforas de aceite, alimento y luz, luz que descubre lo oculto. Para un pintor sustrato esencial del óleo. Se concreta en el poema UN POCO DE ACEITE, que alude a aquellas manchas de galipote, que coincidieron con el progreso y el comienzo del turismo: Cubres y vuelves a empezar./ Y si algo queda no te apures,/ las manchas se borran en el tiempo/ con un poco de aceite. /Todo se deshace con un remedio eficaz./ Todo se recompone.  

Pese a que lo intento, queda una cuestión pendiente, la relación entre la pintura, la palabra y la fotografía. Se podría afrontar con aquello de la correspondencia de las artes, con la sinestesia, pero sólo supondría otro aplazamiento. Las diferentes sensaciones, la relación causa efecto, aquel escuchar con los ojos a los muertos de Quevedo. Sin embargo, quizá sólo se trata de un falso problema, basta con reconocer su existencia, no hay nada que resolver, son procedimientos, caminos que pueden alcanzar un lugar común, donde tiempo y espacio coincidan y aparezca ese instante en el que, rota toda limitación, el poeta-pintor-fotógrafo…, aparece, como indivisible, en la persona del autor.

QUE NO SEA PALABRA, aborda esta cuestión, en sus dos versos finales dice: La imagen volvió serenos a los hombres, les dio la calma/de no tener que dar soporte a las palabras con palabras. El poema IMAGEN, lo confirma: Tal vez sea mejor así/ que nada tenga voz ni nombre,/ sólo una imagen que salve/ de ser de nuevo Adán/ bautizando huecos.  

RUINA, recuerda que toda historia comienza por el final. Con MIRAR, el pintor poeta nos aproxima a esa masa borrosa comienzo del cuadro, la extraña atracción que le lleva a elegir un tema y sus sucesivas metamorfosis: Miras fijamente ese cuerpo hasta que lo olvidas/ o se vuelve absurdo y se llena de tus pensamientos./ Una forma que se llena de tus vaivenes./ Como repetir palabras hasta que pierden el sentido. En Meditaciones del Quijote, Ortega distingue entre ver y mirar, leamos: Pero hay sobre el pasivo ver un ver activo, que interpreta viendo y ve interpretando; un ver que es mirar. Platón supo hallar para estas visiones que son miradas una palabra divina: las llamó ideas. Así como el poema se hace con palabras, el cuadro se hace con ideas.

Hay un poema que podría ser el método para obtener su obra, se titula GRIS. Quienes conocen la obra de Antonio Gómez Ribelles, saben de sus grises y sus diferentes tonos. El gris ha establecido un campo común donde coinciden el cuadro, la fotografía y la palabra. Los días grises, como estado de ánimo, son fundamentalmente un producto urbano. Este es un poema que aconsejo se lea muy despacio pues marca la relación con las cosas que pueblan el mundo: Te desplazas entre las cosas./ Eso es todo, ese misterio de las cosas que a pesar del tiempo y de la mala memoria se mantienen leves e inalterables/ Ellas vuelven despacio. Tú te mueves con el apremio que te exigen las palabras./ Te mueves sobre aquello que permanece./ La luz es muy extraña aquí a esta hora, color gris. El gris, que tiene algo de palabra o de sombra, mantiene a las cosas en un estado que recuerda no la cosa, sino su propia realidad. Una realidad que, siendo percibida por el autor, es la que más se parece a su propio ser.   

El gris también podría referir esa primera hora de la mañana, cuando la luz comienza a anunciar el día. En contraste con el poema de Jorge Guillén titulado MÁS ALLÁ, prólogo de Cántico, donde asistimos a un despertar jubiloso, resultado del asombro de ver, de la existencia de los concreto. Gómez Ribelles descubre la fragilidad de los días: Basta un momento de duda para que todo caiga o se astille/ y que lo oscuro siga y nuestras tazas se rompan.

BLANCO es una reflexión sobre el color. Recuérdese el cuadro Blanco sobre blanco de Malévich. También que el comienzo de la escritura es ese papel blanco, vacío, como un desierto. La luz, un blanco resplandeciente, ciega, anula los colores. Dice Antonio Gómez: Después todo será azul y luego blanco,/ el blanco aplastándolo todo./ Me senté a ver pasar los colores y los perdí./ ¿¡Dónde van los colores que se pierden?/ Su voz no se oye, sólo a veces brevemente./ Pequeños signos  de que algo ha terminado.

Para cerrar este comentario me referiré al último poema: NOCTILUCA, reflexión sobre la obra, un ejercicio humilde en el que reconocer la distancia entre el proyecto y su resultado. Unos obtienen luciérnagas; otros, leamos: Pero mis grandes cacerías fueron tristes, nada luminosas/ mis insectos se volvieron más oscuros/ ensuciados por el polvo y el asedio/ de una flor donde morir. ¿Pesimista? Quizá tímido, quizá consciente de que el autor no siempre logra lo que se ha propuesto: el cuadro, el poema, la fotografía son siempre la respuesta, como diría María Zambrano, a una pregunta que aún no ha sido formulada. Claro que, también podría tratarse de una pregunta sobre la existencia de la pregunta.