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lunes, 15 de diciembre de 2025

HABITAR(ES). DE PAISAJE Y MEMORIA


Esta exposición se celebró en la Universidad Popular de Mazarrón en octubre y noviembre de 2025, 

comisariada por Juan García Sandoval.

 

Esta es mi parte del proyecto.

 

LO QUE QUEDA.

 

Toda construcción humana está condenada a su ruina desde el nacimiento. Todo está condenado a su desaparición, pero también a dejar una huella en el espacio y el tiempo para que otros la encuentren. La mirada atenta y la reflexión e interiorización posterior convierten esas ruinas, a veces un mero escombro, en algo nuevo que no pierde del todo lo que fue. Es una mirada arqueológica a lo humano y a lo natural, desde la que vemos lo que queda de caminos, acequias, acueductos, los escombros de una casa donde todo pudo ocurrir, las plantas secas de una estación cálida. Y todo forma parte de un camino, no de varios sino de uno solo que los aúna en el tiempo, ese tiempo en el que nos sumergimos los artistas cuando el tema nos obsesiona. Y esos caminos llevan al entorno de El Cigarralejo, en Mula, a fincas abandonadas en Barrio Peral, a los restos, ya monumento, del Teatro Romano de Cartagena o Ampurias, y a los humildes restos secos de plantas de mi propia casa y de ese campo que una vez produjo y hoy queda en el abandono.

            Casi todas las imágenes, reflejos de esos paseos de búsqueda, se basan en una recogida fotográfica, ya en sí planteada como obra artística, impresiones fotográficas a las que acompañan después y superponen el dibujo y la pintura, teñidos del papel, tintas, acrílico y grafito, y algún elemento de collage. Es una construcción en la que la fotografía adquiere la categoría de material pictórico y la pintura un material poético, una escritura superpuesta. El proceso completo implica la apropiación y la, si no reconstrucción, sí reelaboración a través de la imagen de la memoria de otros, pasar de lo que queda a algo vivo a lo que se añade una “literatura”, una mirada poética a la memoria adquirida.

            La elección del múltiple, de las imágenes compuestas, los detalles, quieren trasladar la idea de relato, de narración suspendida que produce un recorrido, en el que no cabe la panorámica sino la visión fragmentaria, la mirada a pequeños detalles y sucesiones que nos dan una idea de conjunto solo cuando pasas por ellos de uno a otro y retornas, como en un libro o en una exposición. Y para eso era necesario el uso del pequeño formato, un módulo de papel Garza hecho a mano de tan solo 14,5 X 20,5 y otro de 20 X 20 de papel de acuarela, con impresión fotográfica la mayoría, a lo que se suma una manera de apropiar y rehacer la imagen para que forme parte de mi bagaje artístico y personal. Cada pequeña obra cuenta una microhistoria de lo que queda, todas juntas un relato de vida.

 

Antonio Gómez Ribelles

 

  

CAMINOS 

 
 
 


 

 

 

 LA CASA




 

DUOS











 

ESCOMBROS

















 MUROS

 

 

     

 

 

martes, 20 de mayo de 2025

ARS LONGA

ARS LONGA

FRANCISCO JOSÉ SÁNCHEZ MONTALBÁN

Museo del Teatro Romano de Cartagena 

De mayo a octubre de 2025 

 

Texto para el catálogo

 

El tiempo de la espera.

Por Antonio Gómez Ribelles

 

El viaje del poeta parte

de aquel acontecimiento que lo elige

para después rodar a la búsqueda

de una palabra ausente que pueda nombrarlo.

 

Francisco Jarauta

 

 

Ante un concierto, frente a la música de los instrumentos, podemos tomar varias actitudes: cerrar los ojos para que el sonido no se vea influido y contaminado por otros sentidos, buscando la concentración máxima y que ninguna imagen musical pueda verse alterada; mirar atentamente a los músicos y al entorno próximo que les rodea, tal vez no al que toca sino a aquel que espera su parte, no perder lo complejo de la ejecución; observar al público, levemente iluminado y por la espalda o medio perfil, pero siempre con dificultad y disimulo; la conciencia de estar ante un acontecimiento y no querer perderse nada, y que lleva contradictoriamente a la pérdida, porque lo que se encuentra, lo que nos atrae, nos obliga a desatender lo demás. Prestar atención a un músico nos hará perderla a los otros, mirar un gesto de un espectador nos llevará a no atender a otras cosas que sucedan, mirar el techo nos llevará a las nubes... Es como la memoria que genera y necesita, o no, pero no puedes evitarlo, el olvido. Pero qué grande es lo recordado. La vista nos obliga a mirar, miramos y recordamos, pero se pierden los contornos como el mundo se difumina en los bordes de una cama durante la fase previa al sueño y solo viven las imágenes mentales, esas que no tienen fronteras ni límites. Sin embargo, atendiendo visualmente a unas cosas o a otras, en un entorno sonoro, el sonido de un instrumento está envolviendo tu mirada, nada de él se pierde, la música está dentro desde antes incluso de que empiece a sonar.

            Digo todo esto ante mis propias experiencias, que me las hacen rememorar las que Francisco José Sánchez Montalbán ha tenido fundamentalmente en Granada, en el contexto del Festival Internacional de Música y Danza, aunque no sólo, y en un desarrollo temporal que nos lleva a más de veinte años de fotografías en el entorno de ese festival, y que me ha hecho pensar mucho en la representación fotográfica de una experiencia eminentemente sonora. Es evidente que lo que el artista fotógrafo busca es visual, es más, constreñido a una técnica que se somete a la superficie, encuadra lo visible en formatos rectangulares o cuadrados, que detiene instantes de una realidad muy individual, un fragmento, no otro, alterándola de manera consciente y pensando, en el caso de Sánchez Montalbán, que todo acabará en una gama de grises al pasar las imágenes a blanco y negro. Necesita, pues, de una labor extra con la que poder poner en esas imágenes la conciencia de la música, dejar, ahora sí, que los sentidos se contagien y queden reflejados en el espejo de la obra.

 


            Lo documental ha quedado como raíz de toda la fotografía. Esa búsqueda de aquello que rodea nuestro mundo y que queríamos contar, quedó al principio en una mera presentación de nosotros mismos, vivos o muertos: tarjetas de visita, fichas policiales, carnets, o llevar lejos o traer las imágenes de guerras lejanas o culturas ajenas y que conservó ese componente de la pintura romántica que por más que los discursos artísticos, fotográficos, poéticos, hayan alterado las tendencias, se conserva en los géneros del acto fotográfico. Sánchez Montalbán lo conserva porque lo ha practicado, como fotografía documental pura, pero también como el retrato de los personajes que han definido y definen el flamenco, la poesía andaluza y la música clásica. Estamos ante este último campo tratado con esa raíz del documental expandido y extendido en el tiempo durante muchos años, pero observado con una mirada menos definitoria del acontecimiento y más tendente al indicio de lo que pudo ser o pueda llegar a ser. Reconozcamos que Sánchez Montalbán tiene un carácter, una lectura y una escritura poéticas que se basan en un elemento común a las artes pero mucho más a la poesía: el asombro. El ojo asombrado encuentra, pero el asombro ante lo cotidiano solo se consigue si se busca esa actitud. Las cosas no son extraordinarias per se, sino porque tú estás ahí, como el paisaje que no existe si tú no lo miras; no aparecen como imprevisibles por sus circunstancias sino porque así se ha construido la imagen.

            Todo es un problema de tiempo, todos vivimos inmersos en él, “como el fuego en la salamandra” (Tarkovski) y a pesar de esa idea constante de la definición de una fotografía como instante detenido, o archivos de memoria, estas fotografías van más allá por una concepción de las mismas que persiguen lo real del autor. La asistencia al concierto, la observación de todo lo que conforma esa realidad, las voces, las luces, el público, y el sonido de la música, crean el entorno que transforma al fotógrafo en algo muy distinto del reportero para convertirse en un artista que construye con todas sus capacidades sensoriales. Ahí se convierten en actores de la obra las ramas de unas plantas que se entrometen, las manos en el aire que repiten el eco del sonido ya escuchado, el que vibra en el aire y el que sonará siempre, las miradas cómplices que te sitúan en el espacio común, unas voces que están, no se escuchan, pero están, una luz que se oscurece o se refleja, un todo sensorial que no nos dejará ya de envolver. Y en esa envoltura saldremos del tiempo de la realidad, ese que queda detenido, ese instante fugaz, para encontrar lo real de Sánchez Montalbán, la creación que surge después de haberse integrado aquella realidad con la observación atenta, el encuadre, el disparo, con el trabajo de laboratorio. Estas imágenes son lo real del autor porque a toda aquella dedicación a buscar el momento se le suma la creación que surge después, cuando ya solo vemos la foto en la pantalla o el papel y la apropiación de todo lo que ocurrió se transformó en un arte poética de sombras dibujando el mundo. Pero también antes, porque en las fotografías del proyecto se nota que se busca el momento propicio, que el fotógrafo trabaja como el artista que es construyendo la imagen antes del disparo, basándose en las cosas que ya sabía, deambulando por la escena, viendo y escuchando con calma creadora. No se trata de la profesionalidad del autor que busca lo perfecto, sino de que los sentidos, todos, capturen lo que será. Estamos en el tiempo de la espera, ese que muestran en su mayoría las fotografías, y que compartió el autor con el público a la espera de lo sonoro, con finalidades distintas unas veces y compartidas otras. Hay un tiempo de espera y también hay un tiempo de la obra. El tiempo de espera fotografiado es aquel que sostenemos, no congelado, un tiempo que nos permite volver a verlo y vivirlo. Robert Frank decía: “Me gustaría que quienes ven mis fotografías se sintieran igual que cuando leen dos veces un verso”, y ese es el quid de este trabajo, leer varias veces. Además, el tiempo de la obra se vuelve eterno, y estas obras son nuevas, autónomas de aquella realidad de la que solo sabemos que estuvo ante la cámara, donde al “esto fue” se suma el “esto sigue siendo”, como sumar lo anterior al presente. En un universo donde los acontecimientos crean el tiempo, este fotógrafo no busca el momento decisivo sino algo mucho más sereno, como si fueran momentos íntimos de larga duración, fotos que guardan los minutos que pasan. Guardar, al fin, en el interior lo que transcurre exteriormente.

 


           

            “Una fotografía no es más que una superficie. En este plano bidimensional se presenta, con zonas de luz y oscuridad, y a veces color, una ilusión de profundidad narrativa”. Dice bien Teju Cole en este fragmento, y es cierto que de las imágenes fotográficas surgen relatos y del conjunto del proyecto nace un relato que será obligatoriamente una ficción, el territorio personal de Sánchez Montalbán, que nace y ocupa el espacio en torno a lo visible. La música tiene, es así su esencia, un desarrollo lineal, una historia y su evolución compleja. También el concierto antes y después de la música. La fotografía, como la poesía, permite la acumulación de fragmentos y no requiere la narración, la ilusión de narración. No identifica algo concreto excepto en los retratos, sino el contexto común, un contexto que, si bien se refiere a una construcción cultural, no creo que precise de conocimientos exhaustivos acerca de la música clásica o la danza, sino de la presencia de los festivales de todo tipo que se celebran en muchas ciudades. Cultura de nuestra sociedad vista a través de una lente, real y figurada, la de la cámara y la del fotógrafo, poseedor de unos conocimientos y de un lenguaje visual que le permiten este ensayo fotográfico de alto nivel emotivo y sensorial.

             “Lo artístico de una obra radica en lo que no está ahí, en lo ausente para alguno o algunos de nuestros sentidos” escribe Agustín Fernández Mallo. Lo sonoro se encuentra en los límites conceptuales difusos de estas fotografías, en el afuera, en el fuera de campo, en el fuera de ese silencio fotográfico. Una buena amiga siempre me decía que lo importante es lo que no sale en la foto. Lo decíamos mientras veíamos algunas fotos de álbumes familiares, donde no aparecen personas que estaban cerca de la escena, que quedan fuera por ser un encuadre parcial, por no querer, por ser el autor de la foto, y donde tampoco está lo que había de alegría o drama. Y el sonido. Pero no decimos pérdida. Lo real tal vez tenga que ver más con lo que está oculto que con los signos en la superficie, más con lo ausente, y más con los símbolos de lo sonoro que se refugian en el silencio. Más en lo ausente a los sentidos y que el espectador renueva como en la segunda lectura de un poema.

            Nada hay en estas fotos de casual, o fruto de la casualidad, no hay nada de disparo al aire sin controlar todo lo que aparecería en la imagen, por rápido que se pueda haber hecho alguna. Mantienen, cada una y en su conjunto, y en continuidad con sus otros proyectos, esa idea de espejo de la obra del autor donde se escribe la verdad, el espejo donde todos esos fragmentos, separados, reconstruyen una nueva realidad. “Por una parte, el sistema del mundo; por otra la red del lenguaje”, dicho en voz de Francisco Jarauta. En ese lenguaje de fotógrafo, artista y maestro que domina Sánchez Montalbán, superados los referentes indiciarios, manejados con perfección y rotundidad los signos de la imagen, todos se dirigen hacia los símbolos que superan semánticamente los elementos que escriben la imagen, símbolos de lo sonoro, de la música, símbolos de la proyección del autor sobre ella. No son solo la aparición de los instrumentos, como el piano, con todas sus virtudes visuales en las líneas curvas y los reflejos, tan potentes, también lo son los juegos de miradas, los ya citados elementos vegetales que adquieren la curva de sonido, las manos en movimiento demorado que tocan el piano y que mantiene en el aire sonando la música ya escuchada y su duración en la que vendrá, la concentración de los autores, y la espera a la ejecución, siempre la espera y el tiempo.

            Pero además de estos elementos figurativos, anclados a su referente, la abstracción también es posible, la presencia como protagonistas de elementos lineales, formales y de tono, la atención que se fija en el movimiento a través de una pensada construcción de los encuadres, los fundidos de ciertos elementos y personajes que alteran la referencialidad y contornos difusos también por la luz que se oscurece en el concierto. Y la limpieza de todas estas imágenes en su concepción y en su realización.

            Ars longa, como el tiempo de la espera.

 

 

jueves, 17 de junio de 2021

HIJOS DEL VOLCÁN

 

HIJOS DEL VOLCÁN


Antonio Gómez Ribelles



                                                                                                   





Nota de Prensa



El artista Antonio Gómez Ribelles inaugura su próxima exposición:

Hijos del Volcán en el Museo Cristóbal Gabarrón de Mula.


 
El Museo Cristóbal Gabarrón de Mula presenta el sábado 19 de junio a las 19:30 h, la exposición “Hijos del volcán” del artista valenciano afincado en Cartagena Antonio Gómez Ribelles, que se podrá ver en las Salas 1 y 2 del museo hasta el 26 de septiembre de 2021.

Hijos del volcán, evoca la tradición popular arraigada a Mula y su comarca, la leyenda del volcán, son historias trasmitidas de generación en generación, que rodea al castillo islámico de Alcalá, localizado junto a la Puebla de Mula.

La exposición, comisariada por Olga Rodríguez Pomares y Juan García Sandoval pone de manifiesto las relaciones existentes entre el paisaje cotidiano, la memoria y el cuerpo. El proyecto lo componen más de cuarenta obras entre retratos, paisajes y composiciones múltiples, junto con dos vídeos monacales, composiciones realizadas entre 2019 y 2021.
 
Las obras están realizadas a dibujo, pinturas y con tintas de diversos tipos, sobre papeles artísticos, tienen como base, parte de fotografías impresas en ellas, que interviene, en ese proceso de reconstrucción de los recuerdos y el olvido, todo como soporte de la obra artística, es un proceso de construcción de la historia. El uso de la fotografía es el elemento de base que le permite la interiorización como memoria personal y donde genera un diálogo con las imágenes, forjando relatos, identidad y memoria a través de composiciones contemporáneas.

El germen inicial de la exposición material es un conjunto de ferrotipos de finales del siglo XIX que proceden de Mula, en ellos, se recogen retratos de personas relacionadas por un vínculo familiar o de amistad. En Hijos del volcán, el artista les da cobijo y reivindica su memoria, confiriéndoles un nuevo valor de relato. 

Hijos del volcán, encontramos la carga afectiva y narrativa que surgen de la necesidad de “hacer” memoria, donde Gómez Ribelles interactúa con la vida misma, donde recupera y re-interpreta los archivos fotográficos y lo inmaterial del paisaje, es una manifestación contemporánea, donde entronca con la memoria individual y colectiva, y la memoria histórica, buscando introducir significados.

 
Antonio Gómez Ribelles 

Nacido en Valencia en 1962, pasa su infancia en Jaca. Estudia Bellas Artes en la Universidad Politécnica de Valencia. Es profesor de educación secundaria desde 1986, y como artista visual empieza a exponer individualmente en 1987. Después de vivir en Huesca y Asturias, se instala en Cartagena en 1995, desde donde ha desarrollado la mayoría de actividades artística y literarias. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas y ferias de arte, y participado en obras colectivas literarias, presentaciones de artistas y textos y poemas para catálogos. Tiene dos libros de poesía e imagen publicados.

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Créditos: Antonio Gómez Ribelles

miércoles, 5 de diciembre de 2018

POEMAS-LUGAR-OLVIDO



Estos poemas-prosas aparecen en el catálogo de la exposición "Lugares del olvido".

Fotografía: Victoria Díez






EL OLVIDO


Tal vez el olvido sea eso que llamaban la piedra de la locura.

Todo puede ser un lugar de la memoria.
Pero ¿qué ocurre cuando se pierde el recuerdo y todo deja de existir?
Será ruina, ausencia, abandono,
el hogar de los vencidos.

Hay lugares del olvido
cubiertos por océanos de tiempo.
Quedó un mapa, un nombre, la huella.

Ahora sabes que si sigues ese hilo aparecerá la tumba, la ruina, la caja, la ciudad.
Allí está el hueco, las letras grabadas que cuentan tan poco, el pie y la mano.
Sólo fragmentos.

Al abrir la caja, el olor, otorgar otra vez a las cosas un nombre, su momento. Dibujar en el hueco entre lo real y lo literario un puente que perdure, una explicación de lo que fue porque ahora somos lo que somos.

Sólo queda extraer la piedra de la locura.






TIEMPO


Existir nos obliga a hacer cosas.

Pequeñas fotografías aparecen en las cajas.
Pretendían la presencia permanente.
Apartarse para ser una mirada. No hacer nada.
Mirar a quien los mira.




Sé que el tiempo arrastra a quien nos abandona, que serán memoria mientras alguien los recuerde y, luego, también a ellos los llevará. Todo será olvido. Sólo la materia es capaz de mantenerlos, en un espacio sin tiempo. El hallazgo hará que vuelvan del lugar del olvido, serán objeto asombrado. Por eso amamos las fotos, las piedras y las calles, porque en ellos el tiempo vuelve del abandono.





LUGAR

El lugar

Mantengo el asombro de la primera vez.
Soy el niño ante la ciudad perdida.

Los cíclopes levantaron la muralla,
el maestro edificó su casa.
Después se fue, la dejó caer.
Y que la tierra la cubriera.
No hubo más tiempo.

¿Cuál es su nombre?
¿Cuál es el color de la ruina?
¿Existen las cosas cuando no las vemos?

La verdad.
Que las cosas que te contaron eran ciertas.
Que allí estaba tu casa, la ventana, la persiana.
Suspendidos en el tiempo.


El paisaje

Te enfrentas a él.
El lugar vacío.

Land art, No site
Construir bajo el horizonte
una estética del abandono y de futuros olvidados.

Paisajes apartados de la mirada
de la historia.

Tu construcción.

El asombro.




EL OBJETO


Un objeto hallado es un lugar vacío.
Asombra el tacto,
asombra la mirada ante el olvido.

Andrés enterraba piedras en el jardín.
Cada piedra desenterrada
era un vacío que llenar.

Sé que el tiempo arrastra todo aquello que te abandona,
que sólo queda la materia, el objeto y su sombra, los hilos
que dibujan los mapas.



                                                                                              Antonio Gómez Ribelles 2018