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domingo, 19 de junio de 2022

LAS LAGARTIJAS GUARDAN LOS TEATROS

 

 


 Editado por La estética del fracaso

Cartagena 2021

 

Editorial ligada a la librería cartagenera La montaña mágica


 

 

 

RESEÑAS

 

La arqueología de la memoria

por Sebastián Mondéjar

https://uncaminoenelaire.blogspot.com/2022/07/antonio-gomez-ribelles-las-lagartijas.html

 

 

LAS LAGARTIJAS GUARDAN LOS TEATROS

Reseña publicada en la revista digital El coloquio de los perros

 24/10/2021  

 

ANTONIO GÓMEZ RIBELLES. LAS LAGARTIJAS GUARDAN LOS TEATROS
(La Estética del Fracaso, Cartagena, 2021)

por NATALIA CARBAJOSA

        Hablar de intemperie y de desarraigo metafísicos en esta época de refugiados, desplazados, inmigrantes y afectados por inundaciones, terremotos o volcanes que, en cuestión de segundos, pierden los bienes de toda una vida y a sus seres queridos, puede sonar injusto y banal. Como siempre ocurre, lo urgente —y vaya si lo es— nos hace perder de vista lo importante: en este caso, que cualquiera que llegue al mundo o se despida de él, por bien rodeado que se halle de paredes sólidas y de una prole afectuosa, lo hace desde su menesterosa condición de ser desnudo, solo y desarraigado. La conciencia, en momentos de especial intensidad o estado de alerta, así se lo recuerda. La poesía, como límite humano de la condensación del pensamiento que puede llegar a ser, también.
        Los poemas de Las lagartijas guardan los teatros captan sin énfasis añadido esta precariedad existencial, simbolizada en el doméstico y milenario reptil —las lagartijas— que, bien como recuerdo de una infancia nada edulcorada en la que «morían a manos de niños crueles», bien como guardianas impasibles de las ruinas de un teatro —y ahí seguirán cuando esas ruinas, lo mismo que  nosotros, se hayan desintegrado por completo—, aportan a este edificio poético a la vez individual y colectivo proporción y perspectiva. Desde este lugar/umbral donde todo es impreciso, todo fluctúa y se derrama caprichosamente de un extremo a otro sin llegar a definirse por completo —la casa y el mundo de afuera; el presente y el pasado o, mejor dicho, el “yo” presente y pasado; la luz y la sombra; el objeto y el ojo que mira/la palabra que lo nombra—, los versos, a menudo desgranados más bien en prosa poética, resuenan sin embargo como adagios definitivos, incluso en su aparente sencillez: «Así huiremos del pequeño porcentaje recordado»; «La memoria crea y ocupa»; «El otro [espacio habitable], el real, sigue dentro de nosotros, permanentemente habitado en el pequeño teatro de la memoria»; «Un aire tranquilo guarda el tiempo como si nada avanzara»; «Ya no hay mudanzas, solo retiro»; «La casa irradia y se expande»; «algo en nosotros decidió qué cosas merecían salvarse del olvido y cuáles no»; «Solo me salvan las ciudades cuando ya no estoy en ellas»; «Es hermosa y no lo quiere saber, en ella está la lluvia»...

 

 




Gómez Ribelles insiste en la imposibilidad de aprehender el instante, mucho menos de dejarlo registrado con cierta solvencia en palabras o —a pesar de tener, como pintor, más fe en las imágenes, tal como ilustra el poema ‘Que no sea palabra’— de almacenarlo en la memoria fotográfica con ilusión de veracidad: «cuando las cosas que vemos no coinciden con los recuerdos es mejor quedarse con ellos». De este modo, revela un asunto crucial y común a todos en nuestro paso por la vida, ese que hace que volvamos con reticencia o extrañeza a las fotos antiguas y que prefiramos quedarnos con las que ha inventado, con persistencia y mucho más éxito, nuestra imaginación. Y ahí entra su aliada, la poesía, con su torpe y humilde material de acarreo, reunido a lo largo de los años: la palabra que “salva” —por cuanto rescata del olvido— «allí, donde el tiempo nos abandona».
        Las lagartijas guardan los teatros restituye a la intemperie temporal y espacial que nos constituye su cualidad de inexpresable, más allá de soluciones ya ensayadas («no es eso, no es eso») o teñidas por la nostalgia («Creer que las cosas te esperan. / Que retornar a esos sitios hará que aparezcan de nuevo / y que contengan en su letargo todo lo que fue tuyo. / No es verdad»). El tono adoptado, sin embargo, no pierde nunca la serenidad, ni la conciencia lo que significa ser «moderadamente felices». Se dulcifica aún más, por ejemplo, al constatar que la persona amada ha entrado en un recuerdo que antes solo le pertenecía al poeta, y lo ha hecho suyo —el verbo correcto, en el universo temático del autor, sería que lo ha “habitado”: «¿te acuerdas de cuando me sentaba aquí? Claro que me acuerdo, me lo has contado. La miro, y comprendo que es verdad».
        Conocido hasta la fecha sobre todo como pintor, si bien los temas de sus exposiciones, así como las palabras que acompañan los catálogos correspondientes, siempre delatan esa vocación compartida entre la expresión artística visual y la lingüística, Gómez Ribelles ha escrito un poemario que sorprende por la depurada e inspirada transmisión que realiza de sus preocupaciones fundamentales. Depurada, porque no cabe en él la complacencia de la mera anécdota personal, sin voluntad de asomarse un poco más allá de sí misma. Inspirada, porque entre sus páginas, y no a modo de tratado filosófico sino desde la belleza despojada de la poesía, se articulan pensamientos complejos que, al menos en quien esto escribe, han conseguido arrancar más de una vez durante la lectura la siguiente expresión: “sí, es eso, es eso...”. “Eso” que nunca se llega a nombrar del todo, sí; la poesía.

 

 

 

 

REVISTA EL CIERVO

Dionisia García

 

 

El poeta/pintor Antonio Gómez Ribelles abre sus puertas a la verdad a través de la búsqueda. El paso del tiempo y los lugares tienen protagonismo (“los lugares cambian de estado como los insectos”). Dichos cambios son los ejes del poeta. En el título destacan las “lagartijas”: un modo de ver al animal, contemplarlo en ese territorio de la infancia donde todo pasaba. “Ahora ya no mato lagartijas”, afirma, tras habernos deleitado con su escritura.

 

Dionisia García

 

                                                                                                                      Revista EL CIERVO

Marzo-abril 2022

 

 



 

 

 

 

Diario LA VERDAD

 

Antonio Parra Sanz 

Enero 2022  

 


 

 

 


 

miércoles, 25 de abril de 2012

Gracias


Plantearse un proyecto de exposición requiere una visión global que en ocasiones se nos va de los conocimientos técnicos que poseemos. Es entonces cuando necesitas profesionales que te ayuden, que entiendan bien lo que quieres, o que su aproximación sea lo bastante cómplice para funcionar.

Los siguientes artistas han hecho posible el desarrollo de La traición de la memoria, y aunque citados en la misma y en el catálogo, quiero dejar aquí mi agradecimiento público, que privado ya saben que lo tienen. He de reconocer que no me ha costando ningún esfuerzo contar con ellos, que ninguno ha puesto más pegas que buscar el momento que tuvieran libre para dedicármelo. Cómo lo he conseguido, quiero pensar que es que me lo merezco, aunque no lo tengo tan claro, pero vaya por delante y desde aquí mi predisposición a trabajar con ellos y con otros tan grandes como ellos cuando surja la ocasión. Son regalos que los amigos, porque lo son, hacen a los amigos, y que muestran la generosidad grande que tiene esta gente y mucha más que lo van dejando a la vista. Espero saber corresponder.

Como no es la primera vez que esto ocurre, no quiero dejar de citar a otros que ya colaboraron conmigo, como Antonio Marín Albalate y Ángel Paniagua, con poemas para anteriores catálogos, el músico Tono Clemente, que participó con su música en la inauguración de la exposición “Noviembre” de Chys, o a Dionisia García y el poema que me dedicó en aquella ocasión, que dejé en una entrada anterior. Igual que lo hicieron el músico Javier Aguilar Bruno y la poeta Natalia Carbajosa en la anterior, “Catorce”, de Bisel, leyendo Natalia por primera vez  Tu suerte está en Ispahán, su libro recién publicado y presentado.

El primero al que quiero citar de esta última es a Antonio Nicolás, amigo, hermano, con el que vengo hablando de mis trabajos desde hace tiempo y sin cuya ayuda conceptual y técnica, muchas horas, no hubiera sido posible el video Parsimonia en los aspectos de imagen, e incluso en sus primeros planteamientos y fijación del concepto expositivo.

En el sonido he de agradecerle la aportación al gran músico y poeta Sebastián Mondéjar al que le debo la ambientación musical, y su implicación inmediata en cuanto le llamé por teléfono. Sus percusiones y su palo de lluvia mexicano ahí quedan, ilustrando la exposición entera.

El escultor Fernando Sáenz de Elorrieta ha colaborado en la escultura Aljibe, encargándose del material y la soldadura sobre un diseño mío. Ni un segundo dudó en ayudarme y realizarlo en sus estudio.

La poeta y diseñadora Cristina Morano ha hecho posible un catálogo hermoso, entendiendo perfectamente mi pintura y mis textos y cómo llevarlos al libro. Un trabajo magnífico que quedará como huella esencial de esta exposición.

El fotógrafo Moisés Gil se ha encargado de ampliar la foto de La nena para que yo la troceara y pintara, y del resto de reproducciones. Sus recomendaciones fueron de gran ayuda para la exposición.

Quiero dejar para el final la inestimable colaboración de José Luis Martínez Valero, grande, grande, poeta y amigo, que ha desarrollado todo lo que hablamos y vimos de mi trabajo en un texto bellísimo que me representa, en el que me veo, y que nos ha llevado a conocernos mejor. Ya hizo una aproximación que publiqué en otra entrada del blog, y era normal que, profundizando, llegara a las páginas del catálogo de una manera tan brillante. Un lujo y, como ya dije, generosidad y arte.

No puedo más que sentirme orgulloso de ellos y de otros que caminan a mi lado a diario, que me escuchan y animan o corrigen, como mi hijo Andrés, Flori Celdrán, siempre, Encarna Piqueras, Paco Jurado, Carmen Piqueras, Mª José Villarroya, Jesús Perona, Puri y Antonio, Ángel Paniagua, la gente de El Diván y otros ocasionales pero no menos importantes que ilustran mi vida.

Y, por supuesto, a mi familia.






martes, 20 de diciembre de 2011

Un poema de Dionisia García

Ayer recibí en mi casa un regalo inmenso e inesperado de Dionisia García: su último libro El Caracol Dorado, y un poema dedicado a mi, en recuerdo de la exposición de Chys.
No voy a hablar de las virtudes del poema, ni de la generosidad, bondad y amistad de la autora, pero sí que, por mi parte, lo considero una hermosísima ilustración para mi obra. Lo demás es evidente: todo un lujo.

Aquí lo dejo, iluminando, por si pasáis por este blog.

Gracias Dionisia.




HACIA UN VACÍO INTERIOR
(Miradas)



Este recuerdo para Antonio Gómez, por
su exposición es Chys (2011)


Soledad sobre blancos, entre grises y sombras,
con la luciente aurora y el negro que declina
sin ser noche que cierra, sino tarde escapada.
Piel sin fruto no guarda, cual urna sin cristales,
si ampara la seca figura:
ese dulce candor de lo impreciso.

Difuminado el vuelo se despliega
en órdenes distintos, sin viento que propicie
ni mueva ya las formas, inacabadas, leves,
como en la propia vida y sus prodigios.

La hora de la siesta en la luz del “refugio”,
sin que nadie repare en las semillas,
mudas y repetidas como voces de tiempo.

Quien contempla imagina
esa mano que fue fundando, de la nada,
la vertical presencia de la hoja,
el tul de ese grafito atenuado.

El gozo finaliza y se apagan las luces.
Los visitantes salen a la calle.
Todo queda en silencio, dormida la belleza.



                                                 Dionisia García