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miércoles, 14 de marzo de 2018

Diálogos en el Gaya. Sebastián Mondéjar.




Muy agradecido





El pintor, cuando  pinta, no sólo ve cosas, sino que ve y escucha o se escucha, y del buen enlace que haga de eso que está viendo en la realidad con eso otro que está escuchando en lo profundo de sí mismo depende que la obra de arte se realice verdaderamente.

Carta a un Andrés
Ramón Gaya, México 1940


 El arte es, por lo tanto, la búsqueda de un encuentro.

Carta a un Andrés
Ramón Gaya, México 1944




La mirada total

El Diálogo que hoy presentamos no parte de una obra pictórica concreta, sino que excepcionalmente lo hace a partir de una serie de instantáneas fotográficas de Ramón Gaya tomadas en diferentes momentos de su vida, de las que Antonio Gómez se ha servido como material compositivo, destacando en ellas los ojos, la mirada del pintor. Las fotografías son en manos de Antonio precisamente eso, una materia orgánica, una sustancia más de diálogo consigo mismo y con su obra, muy fiel en los últimos años a determinados hilos conductores que atañen al tiempo y a la memoria, por expresarlo resumidamente. Lo cierto es que cuando Antonio me mostró los bocetos, ya muy trabajados, de su Diálogo, lo escuché de inmediato. Su propuesta me pareció muy personal y valiente y, como toda la obra de Antonio que conozco, minuciosamente meditada y ejecutada con suma delicadeza; y, lo más importante, honesta y respetuosa con Gaya y consigo mismo. Si en algo se asemejan verdaderamente las obras de Gaya y Antonio Gómez es en su compromiso ético y estético. Ambos son creadores obedientes que se sitúan ante su obra de una manera limpia y silenciosa; pero apunto dos correspondencias bien palpables; una: el fruto seco del brachychiton es un motivo recurrente en buena parte de la obra de Antonio y, como la copa de Gaya, es también un continente, un símbolo del misterio de la creación, la realidad y la vida; dos: la obra de Antonio nos llega igualmente reforzada y acompañada por multitud de textos propios que van de la poesía al apunte reflexivo y configuran una suerte de bitácora de su experiencia artística.

En cuanto Antonio me propuso escribir algo para su Diálogo me apresuré a adentrarme en los escritos de Gaya, convencido de que encontraría no pocas consideraciones suyas sobre la necesaria condición del saber ver en el arte, que en cierto modo “recordaba” haber leído; pero eran menos de las que creía . Y es que Gaya reflexionó y escribió abundantemente sobre la soledad y el silencio, sin duda los dos grandes pilares de su obra, en los que reposa todo su ver. Como Antonio viene a sugerirnos, su entrega total a la pintura, sus escritos, su vida, su persona, su propio y singular semblante son ya un ver en sí mismos y dan fe de su saber mirar. Tomás Segovia lo expresó muy bien en un hermoso poema: “Tuvo que haber alguno/ Que siguiera mirando como en un mediodía/ Sin dejarse arrastrar al parpadeo / Tenía que haber ése/ Y ése tenía que entregarnos / El mundo que es el nuestro / No repitiéndolo ni suplantándolo / No dando de él siquiera testimonio / Sino dándonos fe de su presencia".

En El sentimiento de la pintura, refiriéndose a Vermeer, Gaya valora mas su forma de mirar que su manera de pintar, confesando que le parecía que el holandés sólo era pintor por su mirada; que no podía sumergirse en la pintura, ver el agua y mojarse en ella “tocando no su fondo, sino su centro”. En 1952 le escribe a Tomás Segovia desde París: “yo tengo aquí la sensación de haber recuperado un miembro o un sentido (un brazo, el oído),  y más que ver y contemplar algo, siente uno que pasa a ser algo, un espíritu corpóreo, una verdad”. Y en los últimos compases de Velázquez, pájaro solitario, Gaya dice del maestro sevillano que “vive tranquilamente aposentado en la totalidad (…), y desde esa altura es desde donde contemplará todo, el Todo. Ese totalizador golpe de vista único lleva implícitas, fundidas en sí, varias maneras de abordar la realidad". Así, los bodegones, las naturalezas muertas, los retratos o los paisajes “no han de ser, para Velázquez, géneros ni... temas, sino visión, diferentes cualidades de una visión total".

Algo habría que añadir sobre el propio arte de la fotografía, que Gaya llega a definir como “el arte de la mirada", entre otras contadas alusiones de gran sustancia. Las fotografías, muy presentes en su devenir cotidiano y fieles compañeras en las ediciones de sus cartas y sus escritos, constituyen sin duda un legado que habla por sí solo, y mucho, desde su silencio; y trazan en el tiempo, como ha hecho Antonio Gómez al servirse de ellas, una biografía silenciosa de Gaya. Miremos, pues, escuchemos virginalmente desde esa memoria tan completa este Diálogo puramente visual. Porque, si de ver en silencio y en soledad se trata, pocas cosas existen más silenciosas e íntimas que la mirada.

Sebastián Mondéjar
Murcia, 20 de febrero de 2018.





Fotografía Javier Salinas




sábado, 4 de noviembre de 2017

DOS PORTADAS





Dos grandes poetas han publicado sendos libros en la editorial Raspabook: son Carmen Piqueras y Sebastián Mondéjar, grandes amigos que han confiado en mí y en mi obra para que ilustre sus portadas. Lo importante es su poesía, pero uno no puede dejar de estar orgulloso de acompañarles en este viaje.


















viernes, 5 de mayo de 2017

QUIROMANTE



Texto del gran Sebastián Mondejar para la exposición Quiromante, que estará en VERBO Estudio, Murcia, durante el mes de mayo de 2017 y que muestra las imágenes del libro del mismo título.







QUIROMANTE

 A Antonio Gómez Ribelles

Hay que avanzar y perderse por un camino de símbolos y falsas señales para lograr aproximarse a las verdades esenciales.
[ABEL POSSE]

¿A qué estamos cosidos? ¿A qué asimos nuestras vidas? ¿Cuáles son las costuras por las que nos asomamos al mundo y a nosotros mismos? Desde muy joven he tenido la sensación de que somos recortes de otra realidad, que formamos también parte de un collage en un mundo al que no pertenecemos: el mar y el cielo al fondo, nuestras figuras en primer plano, como oquedades que hienden el azul y dejan entrever otros lugares, tan frágiles, finitos o infinitos, lejanos o cercanos como el que habitamos a diario: el mar, la tierra húmeda, la luz peinada por la brisa cálida o el silencio que todo lo atraviesa.

Hay quien pregunta o clama al cielo, quien ve en la oscuridad y quien adivina el porvenir mirando las estrellas o los posos de café. El quiromante se aventura en las manos, recorre sus líneas, sus anillos, sus campos y sus montes. Descubre en ellas lo escrito y lo no escrito, el lugar y el vacío, las huellas y señales que él mismo imprime con sus pasos, sus gestos, sus ojos, sus propios pensamientos. Se adentra en las manos y sabe que son las manos las que se adentran en él. Lee en las manos porque las manos leen en él. Vislumbra los rostros de quienes ya no están; lee árboles y ríos, montes y cielos en los que nunca estuvo, pero que lo atraviesan y ciñen como ropas de las que no puede despojarse. Sabe bien que no son suyas, pero sabe también que de algún modo él les pertenece, es parte de esa piel, de esa textura, y se apropia de ellas, se entrega a ellas, las interpreta, las inventa, les da cuerpo, alma, ritmo, forma y color, olor incluso, les pone nombre y música... La palma de una mano es para él un mapa transparente por donde se asoman los paisajes, los bosques, la lluvia, los ríos y los vientos. La palma de una mano abarca y sostiene el universo entero, el tiempo y el espacio. Las manos son los pilares de la humanidad y la unidad de medida del mundo. Serían innumerables los movimientos, esfuerzos, labores y ejercicios de toda índole que las han ido modelando... Mano del hola, mano del adiós, manos enlazadas, levantadas, en reposo, sobre el pecho, sobre unos hombros, rodeando una cintura... Hay un lenguaje propio, implícito y explícito de las manos que es también forma y danza y escritura; pero, aparte de su magnetismo, su energía creadora y regeneradora o su atávico y complejo simbolismo, el quiromante también percibe en ellas señales que van más allá del lenguaje propio de las manos.

Al margen de su demostrada solvencia profesional y de la longitud o amplitud de su trayectoria artística, conozco pocas obras tan personales, concienzudas y coherentes como la de Antonio Gómez Ribelles; y menos aún que vayan acompañadas de una producción literaria (y no sólo literaria, pues Antonio es un artista multidisciplinar) plagada de poemas, micro relatos, citas, epigramas, reflexiones y múltiples correspondencias que actúan, también, a modo de grafías y pinceladas sobre esas otras partes del lienzo o de la lámina que no están en el lienzo o en la lámina, sino en zonas tan silenciosas, secretas e intangibles como la conciencia, la imaginación o el propio conocimiento. Parafraseando a Valéry, en cada imagen, en cada poema, en cada página del libro que hoy nos presenta Antonio comienza algo que sólo está ligado a la imagen, el poema o la página anterior por el objetivo último, siendo cada uno de ellos un frase continuada dentro de otra frase principal. Antonio acomete su obra toda, pasada, presente y futura, poniéndose enteramente a su servicio y sirviéndose de los resortes y mecanismos de su pensamiento. La memoria (o lo que queda de ella), la ausencia, la oquedad, el vacío y la nada configuran gran parte del espacio de estas ventanas abiertas de par en par desde el interior más íntimo y oculto del artista, por las que voluntaria o involuntariamente asoman fragmentos rescatados del silencio y el olvido, añicos de un pasado que late aún en sus restos, como vestigios de su propia destrucción.
Retratos, trazos, sombras, palabras, reservas y veladuras se suceden en la partitura general de la obra artística de Antonio, en cuyo tiempo y espacio propios, como los silencios en la música, el desconocimiento y el olvido tienen su lugar preciso y su nomenclatura, revelando espacios que subrayan lo desconocido y constatan las contradicciones, la lucha entre la evidencia y la apariencia. Cada imagen, cada espacio y cada signo están ahí por unas razones que tal vez no nos pertenecen, pero que hacemos natural y fluidamente nuestras, sumando a sus significados todo lo que nuestros sueños saben, nuestras vigilias ignoran y nuestras conciencias conciben, eligen, descartan e interpretan.


Sebastián Mondéjar

Murcia, 5 de mayo de 2017







jueves, 31 de mayo de 2012

Un poema de Sebastián Mondéjar

Instrumentos musicales realizados por Sebastián Mondejar.


Sebastián Mondéjar me dedicó este poema con motivo de la exposición y de su colaboración en el vídeo "Parsimonia", al que ilustró musicalmente. Está publicado en su blog Un camino en el aire, pero que también quede aquí.





PARSIMONIA

                          Para Antonio Gómez


Sin memoria no hay juicio, no hay conciencia.

La memoria es aljibe
de una casa viviente.

Eco que nos traduce.

Todo cuanto habitamos nos habita.
Todo paso que damos deja huella.

Saca del continente el contenido, extrae
del corazón del fruto la simiente
y ocupa su oquedad.

La semilla eres tú.

Desdibújate en savia, tallos,
brotes y hojas hermanas.

Surca el mar de la luz y de la sombra,
navega con sigilo en el silencio
que todo lo circunda e, igual que un caracol,
imprime en el estuco de la noche
 -blanco velo lunar de la memoria-
la estela luminosa
que una conciencia agreste y distraída
descubrirá en el borde del aljibe.


                                                                 Sebastián Mondéjar

miércoles, 25 de abril de 2012

Gracias


Plantearse un proyecto de exposición requiere una visión global que en ocasiones se nos va de los conocimientos técnicos que poseemos. Es entonces cuando necesitas profesionales que te ayuden, que entiendan bien lo que quieres, o que su aproximación sea lo bastante cómplice para funcionar.

Los siguientes artistas han hecho posible el desarrollo de La traición de la memoria, y aunque citados en la misma y en el catálogo, quiero dejar aquí mi agradecimiento público, que privado ya saben que lo tienen. He de reconocer que no me ha costando ningún esfuerzo contar con ellos, que ninguno ha puesto más pegas que buscar el momento que tuvieran libre para dedicármelo. Cómo lo he conseguido, quiero pensar que es que me lo merezco, aunque no lo tengo tan claro, pero vaya por delante y desde aquí mi predisposición a trabajar con ellos y con otros tan grandes como ellos cuando surja la ocasión. Son regalos que los amigos, porque lo son, hacen a los amigos, y que muestran la generosidad grande que tiene esta gente y mucha más que lo van dejando a la vista. Espero saber corresponder.

Como no es la primera vez que esto ocurre, no quiero dejar de citar a otros que ya colaboraron conmigo, como Antonio Marín Albalate y Ángel Paniagua, con poemas para anteriores catálogos, el músico Tono Clemente, que participó con su música en la inauguración de la exposición “Noviembre” de Chys, o a Dionisia García y el poema que me dedicó en aquella ocasión, que dejé en una entrada anterior. Igual que lo hicieron el músico Javier Aguilar Bruno y la poeta Natalia Carbajosa en la anterior, “Catorce”, de Bisel, leyendo Natalia por primera vez  Tu suerte está en Ispahán, su libro recién publicado y presentado.

El primero al que quiero citar de esta última es a Antonio Nicolás, amigo, hermano, con el que vengo hablando de mis trabajos desde hace tiempo y sin cuya ayuda conceptual y técnica, muchas horas, no hubiera sido posible el video Parsimonia en los aspectos de imagen, e incluso en sus primeros planteamientos y fijación del concepto expositivo.

En el sonido he de agradecerle la aportación al gran músico y poeta Sebastián Mondéjar al que le debo la ambientación musical, y su implicación inmediata en cuanto le llamé por teléfono. Sus percusiones y su palo de lluvia mexicano ahí quedan, ilustrando la exposición entera.

El escultor Fernando Sáenz de Elorrieta ha colaborado en la escultura Aljibe, encargándose del material y la soldadura sobre un diseño mío. Ni un segundo dudó en ayudarme y realizarlo en sus estudio.

La poeta y diseñadora Cristina Morano ha hecho posible un catálogo hermoso, entendiendo perfectamente mi pintura y mis textos y cómo llevarlos al libro. Un trabajo magnífico que quedará como huella esencial de esta exposición.

El fotógrafo Moisés Gil se ha encargado de ampliar la foto de La nena para que yo la troceara y pintara, y del resto de reproducciones. Sus recomendaciones fueron de gran ayuda para la exposición.

Quiero dejar para el final la inestimable colaboración de José Luis Martínez Valero, grande, grande, poeta y amigo, que ha desarrollado todo lo que hablamos y vimos de mi trabajo en un texto bellísimo que me representa, en el que me veo, y que nos ha llevado a conocernos mejor. Ya hizo una aproximación que publiqué en otra entrada del blog, y era normal que, profundizando, llegara a las páginas del catálogo de una manera tan brillante. Un lujo y, como ya dije, generosidad y arte.

No puedo más que sentirme orgulloso de ellos y de otros que caminan a mi lado a diario, que me escuchan y animan o corrigen, como mi hijo Andrés, Flori Celdrán, siempre, Encarna Piqueras, Paco Jurado, Carmen Piqueras, Mª José Villarroya, Jesús Perona, Puri y Antonio, Ángel Paniagua, la gente de El Diván y otros ocasionales pero no menos importantes que ilustran mi vida.

Y, por supuesto, a mi familia.