sábado, 16 de abril de 2016

LA NOCHE DEL INCENDIO

Ilustré un poema de Antonio Aguilar con once fotos. El guardó mis fotos en una caja, las cajas que guardan cosas para siempre. 

Trece fotógrafos el trece de febrero sobre trece poemas.

Hermoso.

http://lanochedelincendio.blogspot.com.es








DESAYUNO






                         Desayuno



                                           Ella compró dos tazas para el desayuno.

                                           Iban envueltas en papel

                                           como el mejor de los regalos.

                                           Sobre la mesa, en la cocina,

                                           una mañana de domingo.

                                          Que nada las rompiera.

                                          Se dijo.

                                          Que nada las rompiera.





                                          La noche del incendio
                                       
                                          de Antonio Aguilar

                                          Huerga & Fierro, Madrid, 2015



















jueves, 11 de febrero de 2016

ORIGEN-ALMAGRA 30 AÑOS



El grupo ALMAGRA lleva 30 años exponiendo desde Mazarrón. Los cuatro componentes, Isabel Guillermo, Marcos Gómez, Luis Marino y Tomás Raja, celebran esa treintena con la exposición ORIGEN. El texto que sigue lo escribí para el catálogo de esta celebración.




LOS PASEANTES
Por Antonio Gómez Ribelles

El paseante camina con la vista a una altura que eluda el horizonte. Tan cerca del mar esa línea se hace frontera y tierra adentro desaparece. Así que mira el suelo a cada paso, o al monte que contiene las minas. Hace tiempo encerró en ellas una caja de recortes, notas, fotos, pequeños dibujos… Ahora busca el lugar exacto por un laberinto de caminos invisibles y no lo encuentra, pero tampoco parece perturbarle no hallarla, ni esa ni otras, sabe que la memoria caduca y que aquello probablemente lo defraudara. El artista establece el contexto del recuerdo y eso que parece ensimismamiento en realidad habla a los demás del poder para transformar; Así que sigue paseando. De vez en cuando excava en la tierra roja, como si buscara los restos de un naufragio en el almagre o la piedra desde donde empezar de nuevo. Si cree encontrarlo y lo mira y lo levanta, lo transforma en otra cosa, algo que estaba allí para aparecer por su acción creadora. Y piensa que el origen era eso, hundir las manos en la tierra y rescatar lo más pequeño y poderoso y llevarlo a su terreno. Encontrar palabras que definan, o que expliquen, palabras que fundan el aire y el mar con la distancia y el óxido. Así el artista como su memoria.

Los territorios tienen claves que marcan más que los recuerdos, caminos recurrentes,  leyendas de infancia, piedras enterradas, algo que va más allá de la visión. Decir que todo se halla en la mirada sería tan parcial como que todo fuera literatura. La realidad hay que buscarla y salvarla continuamente, reduciendo la distancia cada vez mayor que la separa del hombre con los medios necesarios, y eso puede estar en el espacio artístico o en el tiempo poético; o en las palabras que rodean una mesa.


Son cuatro los paseantes; cada uno desde su esquina busca el origen en los paisajes transformados o desaparecidos, en las cajas enterradas y en los nombres insinuados y perdidos. Buscan un territorio en el paisaje que ya no es naturaleza, un mundo pequeño, a escala del paseante, a escala humana. Los ídolos territoriales se convirtieron hace tiempo en palabras que fluyen entre ellos. Se sientan en la playa bajo el faro, a la orilla del mar y del desierto, como quien sigue esperando a Ulises o a aquellos que fundaron esta ciudad y traen algo, un cuadro, un fragmento, un trozo de pasado a veces convertido en palabras transformadoras, algo cuyo significado no habían comprendido hasta llegar a esa mesa. Los cuatro paseantes, con la ropa manchada de almagra se escuchan y se dejan llevar por treinta años sentados en la playa de Mazarrón esperando a Odiseo.




lunes, 9 de noviembre de 2015

LAS AGENDAS DEL OLVIDO. Mª José Villarroya

Lectura realizada en el Museo Arqueólogico LOS BAÑOS de Alhama de Murcia, el 6 de noviembre de 2015.

Gracias por el regalo.







CLAUSURA DE LA EXPOSICIÓN “En una caja de galletas”.

Quise escribir un poema, como los que escriben quienes aquí están. Unos versos sobre la memoria y el olvido. Y las benditas cajas de galletas donde se guardan lo que ya nunca será. Y elegí para comenzarlo una cita de Juan de Dios García “Memoria es el país de donde llega siempre la tristeza”. Pero no pudo ser. “Terminaba tan triste que nunca lo pude empezar”
Así que, volví a lo mío. Y elegí hablar de otro tipo de olvidos: el de las agendas.



Las agendas del olvido

En una tienda de mi barrio venden agendas para anotar aquellas cosas que se quiere olvidar. Y parece un negocio rentable.
Al principio las agendas se amontonaban en un rincón. Se escondían junto a los libros de saldo, como si el dueño de la tienda anduviera pidiendo disculpas por su presencia. Una de esas cosas de las que uno casi se avergüenza. Un error cualquiera.
Por eso mismo, por error, la compró Obdulia, la peluquera del barrio, sin saber qué compraba. Tenía intención de  romper con el cartero. Estaba harta de un novio que, entre las facturas que cada día llevaba a su buzón, nunca deslizara una carta de amor. Dicen que apuntó en la agenda la hora a la que había quedado una tarde para devolverle las cartas que él nunca le había llegado a escribir. Pero olvidó acudir a la cita y, en la tarde convenida, que nunca recordó, aquella tarde en que pensaba acabar para siempre, con seis sencillos whatsapps, el cartero y Obdulia pusieron fecha de boda. 
Debió contarlo en la peluquería una mañana gris de noviembre porque seis de las clientas de Obdulia acudieron a comprar una agenda de olvidos a la tienda de mi barrio la tarde de la misma mañana gris. Y empezaron a apuntar las citas y recados que no deseaban recordar.
Se sabe que Rosario anotó la cena con las antiguas compañeras del colegio con las que una vez al mes en el restaurante francés compartía todo lo que nunca tuvieron en común.
Mariana y tres madres más faltaron a la reunión en el colegio de la Consolación. Y la señorita Lucía, a quien llamaban caracaballo,  las echó en falta por ser de las mamás habituales. Tampoco Cristina pasó a ver a su suegra, tal y como su marido había convenido.
Y al volver Manuel del instituto, tuvo que sacar la ropa sucia de toda la semana y recoger del suelo sus zapatillas de deporte, asombrado de que su madre no le hubiera ordenado la habitación como cada jueves.
Después compraron agendas del olvido todas las aburridas amigas del colegio de Rosario. Y nunca más las volvieron a ver cenando juntas una vez al mes, compartiendo humo, en el restaurante francés de Camille, junto a la peluquería de Obdulia.
Algunas de las amigas de Cristina compraron también agendas y dejaron de visitar a las suegras. En los últimos meses hay señoras de avanzada edad jugando al mus sonrientes con caballeros jubilados en el hogar del pensionista, a las habituales horas en que aguardaban la visita de sus nueras para repasar el estado de todas sus dolencias y sus males.  
Y la señorita Lucía, la caracaballo, compró una remesa de agendas como regalo de Navidad para sus compañeros del colegio de la Consolación. El segundo trimestre los alumnos recibieron las notas sin que nadie se hubiera acordado de corregir los exámenes.
Dicen, aunque no está demostrado, que ahora Manuel escribe notas en la agenda de su madre antes de salir para el instituto. En ellas le recuerda las cosas que una madre no debe hacer por su hijo. Desde entonces, no ha vuelto a ordenar su habitación ni a poner la mesa porque su madre siempre olvida lo que no debería haber hecho jamás.
En la tienda de mi barrio hace mucho que las agendas ocupan lugar principal en los cristales del escaparate. Las chicas las compran de muchos colores para escribir en ellas los nombres de las amigas que las defraudaron. Las amas de casa, para apuntar con primorosa letra los sueños que nunca cumplirán, los secretos que cuesta trabajo guardar y los amores furtivos que nadie debe conocer. Los hombres de negocio anotan reuniones a las que no quieren acudir y facturas que no podrían pagar. Hasta los resultados de encuentros que sus equipos no debieron haber perdido. Los alumnos de la Consolación escriben los deberes que sus maestros ya no recordarán corregir.
Y a don Ramón, el párroco, le han descubierto una agenda en la que todos los días del año repiten un nombre de mujer, el nombre de esa muchacha que cada día acude a misa de primera hora de la mañana. Está convencido de que esa es la única manera de apagar esos ojos inmensos que lo persiguen cada noche y que no tienen otra cura que no sea el olvido.


Mª José Villarroya Durá
6 de noviembre de 2015

sábado, 3 de octubre de 2015

LA CAJA DE GALLETAS.

Poema de José Luis Martínez Valero, homenaje al título de la exposisión
















LA CAJA DE GALLETAS


Yo tuve el mundo
en una caja de galletas,
cuya marca ya he olvidado.
Allí puse todo lo imprescindible
para este viaje.
Durante años la conservé,
bastaba abrirla
para que volviesen aquellos tiempos.
Debió perderse en un traslado
o quedó abandonada entre los trastos.
Hoy recuerdo la caja de galletas
pero no recuerdo lo que guardé.



 José Luis Martínez Valero

EN UNA CAJA DE GALLETAS (2): LOS BAÑOS DE ALHAMA.


José Luis Martínez Valero escribe sobre mi exposición en Alhama. Hace tiempo que él está cerca. Muchas gracias, amigo.






LOS BAÑOS DE ALHAMA

Cuando el pintor deposita en el rostro los rasgos identificativos y muestra el carácter en la armonía del conjunto, consideramos que el retrato conserva la fuerza, que hemos conocido como vida. El alma y el rostro conforman un conjunto irrepetible que los convierte en algo distinto y justifican su nombre.

A veces el artista logra esa diferencia y decimos, sin duda, quien ahí se muestra es aquel mismo que anduvo entre nosotros, entonces deducimos que su autor es un excelente retratista.

Sin embargo, Antonio Gómez se ha dedicado a borrar esos datos relevantes para que todo se constituya como recuerdo. Testimonia así el paso del tiempo que arrasa y confunde diferencias. Claro que, ahora, esta confusión irreversible se hace en el interior de quien retrata, es la memoria del autor la que compone esas figuras, gestos, fragmentos, como prendas colgadas a la intemperie, pruebas de su existencia, porque han cristalizado en la memoria de tal modo que ya son definitivamente  obra de autor.

El rostro que era el espejo del alma, ha desaparecido y, todo aquello que fue su soporte, por la especial taumaturgia del artista se ha convertido en alma, que cuando miramos atentamente se desprende de estas figuras y roza también nuestro recuerdo.

Alhama y sus baños constituyen el lugar adecuado para que se produzca el  encuentro. Basta recorrer este museo para que despierten sensaciones, observad cómo de algún modo las salas conservan las sombras de quienes las poblaron en su día. Estos huecos se nos ofrecen como el espacio de la memoria, tal como una plaza sugiere por el vacío la multitud que contuvo.  Sus dependencias contienen el rumor de las voces, el contacto de la piel y el agua, el desnudo de los cuerpos, las almas de los que aquí estuvieron de algún modo permanecen.

Antonio ahonda en el vacío, hace cómplice al espectador, porque no se interesa por lo obvio, la instantánea que recoge la prensa, busca el rastro que deja la vida.


Todo museo conserva ese halo, tiene el misterio de lo que se ha ido, de lo que está a punto de desaparecer.



José Luis Martínez Valero