miércoles, 8 de mayo de 2013

Presentación para Antonio Marín Albalate



                     Fotografías: Sebastián Mondéjar






POETAS EN EL MUSEO.
Museo Ramón Gaya, 7 de mayo de 2013.

ANTONIO MARÍN ALBALATE.  

Fragmento 1. Antonio Marín Albalate camina por la calle.

Tengo la mala costumbre de olvidar cuándo he conocido a ciertos amigos, a los que más veo y aprecio. Será a conciencia, para hacerme la ilusión de que siempre han estado aquí, desde el origen.
Me invento ahora que a Antonio, que fue vecino, lo vi por primera vez un día desde mi ventana: caminaba por la calle, por la acera de sombra huyendo del sol, hombre bajo un sombrero, hombre tras unas gafas, mirando, viendo sin mirar. Los miopes, y también los poetas, caminamos a veces así, ocultos en un aire de niebla.
Pero él caminaba así huyendo de lo trivial, de lo ordinario, de la casa, del barrio o de la ciudad, de todo aquello que a veces odiamos para sentirnos vivos.
Antonio camina en un espacio distinto, vive en un tiempo distinto al del resto, vive entre lo trivial para odiarlo, huye de lo trivial para acceder a los afectos, a su grado posible de libertad.
Pero todo esto quizás sea mentira, y en realidad nos presentara Leopoldo en su casa, un día domingo. Sí, seguro que fue así, pero no me acuerdo.

Fragmento 2. Antonio Marín Albalate miente.

“Uno escribe para mentir”  dice Javier Moreno[1].

Y no sólo él, está claro. También Baudelaire, refiriéndose a la pintura y hablando de los paisajistas del Salón de 1859 afirmaba que eran unos mentirosos precisamente porque no se habían preocupado de mentir[2]
La mentira es nuestro acto creativo, nada hay más alejado de lo falso. Mentimos para huir de lo trivial, “lo trivial que es la antítesis de la literatura” nos decía Miguel Espinosa[3], y accedemos a todo a través de un artificio que esconde más verdad que lo real. La ficción es realidad, todos los mundos creados en ella se encuentran en el mundo, y volamos a la mentira, más creativa, más rica, más lógica.

Así que Antonio, que iba por la calle mirándose hacia dentro, mirando a la conciencia, decidió ser un honesto mentiroso para crear lo que consideraba trascendente, lo que adquiriera valor de afección, y una vez construido aquello que nos llena de afectos, ascenderlo a la categoría de realidad, ese lugar donde ya no hay trivialidad, la poesía, donde todo es necesario, donde  todo es estética.

Fragmento 3. Antonio Marín Albalate crea proceso.

El proceso es tiempo.
El proceso es doloroso por ser tiempo.

Hay casos hay en la pintura, vuelvo a ella, de artistas que han utilizado el proceso como sustento de la obra, consiguiendo un resultado que quizá no responda a todo eso. Luc Tuymans se plantea su obra mucho tiempo, pensándola, creando discurso, recogiendo datos, fotos, todo lo necesario para después utilizar el menor tiempo posible en la realización práctica. Ante la obra acabada nos queda el vacío de lo que no llegó a explicarse del todo.
Avigdor Arika se enfrenta a una realidad en una sola sesión: lo que queda es la huella de ese enfrentamiento. La huella.
Y el conceptual Yves Klein decía “mis obras son sólo las cenizas de mi arte”. Con esto lo dice todo.

Cenizas, huellas, restos, efímeros a veces, de procesos complejos y ricos, pero no asequibles siempre. Auras lejanas.
Pero el poeta que se escribe, el poeta que no se pierde en la palabrería, el poeta que escribe un libro constante donde nada va más allá de lo necesario, es en sí proceso, doloroso por ser tiempo, memoria, pero no memoria vana, perdida, sino versos que la rescatan de las profundidades del tiempo. Mentira sí, mentira deseada, porque lo que queremos es que nos mientan. Y como decía Hugo Mújica:

La poesía no está nunca en el poema;
no lo está porque no es: llega.

Antonio camina y escucha, mira o no, habla y juega con el lenguaje, una palabra o un nombre que da vueltas en su cabeza una y otra vez; pero ese juego cambia a una seriedad tremenda ante el poema, donde aparece la angustia, el desencanto[4], la ironía, el amor, el desamor, la pérdida, y la memoria de la perdida. Antonio habla con poetas, con todos los poetas que considera imprescindibles, con sus cantantes. Persona a la que horroriza la traición, es poeta que se traiciona y traiciona con versiones mentirosas, afectos personales, más reales que lo real.
Pero a Antonio no le interesa explicarse ni que le expliquen. En el silencio, en su duda, en su “no sé”, en la noche está la magia iluminada de versos luminosos,  poemas  densos de imagen  y a veces breves, concretos, llenos, palabras voraces que salen de la boca de la poesía.
Y Antonio elige ese camino y se obsesiona.

Fragmento 4. Antonio Marín Albalate se obsesiona.

Que el poeta actúe por afectos y cree realidades líricas no deja de ser necesidad, un sumario permanentemente abierto sobre una obsesión. Antonio genera un ciclo que no se cierra, un espacio en espiral en el que nada se cierra, y todo avanza mirando siempre a lo anterior, a ese tiempo distinto.
Que para ello utilice ciertas metáforas que crean sentido y dotan de realidad a su mundo es algo que nos es común. Obsesiones en espiral que lo son todo, o la nada que queda después.
El deseo siempre, como motor de todo, el deseo posible y el imposible, el próximo y el lejano; La locura como posibilidad mágica para la mentira, el retrato y la verdad; La pérdida, aunque sea de lo que nunca ocurrió, esa que más duele; La nieve y el frío como final, y el barro en el que quedamos.
La memoria que nos salva y la amistad.
Y Juan Cartagena. Y libros,  y antologías, ediciones, homenajes… generosidad.

Fragmento 5. y final

Antonio Marín Albalate camina ahora por el medio de la calle, respirando poesía; se quita el sombrero cuando le da la gana y poemas de cenizas caen en su cabellera y ahí se quedan, poemas reales necesarios.
Pero esto quizás también sea una mentira, y por ello más valiosa.

Sólo un poema de Antonio, uno que me unió con él hace tiempo en la poesía:

Mentira de nieve en mis manos

Una noche de verano, descubrí
Que el Norte me hacía daño.

Y volví al Sur
Al silencio y a mi casa
Como quien regresa de un naufragio.[5]


Y el mío, a modo de respuesta:

Y volví del Norte,
de la lluvia y de la sombra

al sur

para esconderme de la luz
en el vientre seco de un aljibe.[6]


  

Antonio Gómez Ribelles








[1] Alma. Javier Moreno Ed. Lengua de Trapo 2011.
[2] Sobre la fotografía. En el  ensayo Sobre algunos temas de Baudelaire. . Walter Benjamin. Ed. Pretextos 2004.
[3] Prólogo a El vaho en los espejos de Dionisia García. 1976
[4] El desencanto, película de Jaime Chávarri (1976), donde los hijos de Leopoldo Panero y su viuda hablan de sus relaciones a través del recuerdo de la muerte del padre. La relación de Antonio Marín Albalate con la poesía de José María Panero y su admiración es conocida y reconocida hasta llegar a la antología Sobre la tumba del poema, y el libro-homenaje Leopoldo María Panero, poema que llama al poema.
[5] Todavía la nieve en la palabra. Antonio Marín Albalate. Ed. Vitrubio 2000.
[6] El peso del silencio. Catálogo de la exposición. Antonio Gómez Ribelles. Ed. Ayto. de Cartagena 2004.


martes, 30 de abril de 2013

Ciudad II



     © Antonio Gómez Ribelles





Cuenca


De mayor seré turista
(Escrito con tiza en una pared del centro histórico de Cuenca)


He aparcado el coche en lo más alto de la ciudad, mirando a la hoz. Por la noche estará cubierto de hielo. Hace mucho frío y caminamos rápido hacia el hotel, calle abajo. Duele el aire en la cara y las manos.

Intento encontrarme en la ciudad, saber que estoy en el sitio adecuado para que mis pensamientos choquen con las paredes y vuelvan, y me envuelvan. Pero para qué te voy a engañar, soy torpe, y no lo consigo.

Cuando dejo la mente en blanco, bueno, cuando lo intento (hay cosas imposibles para mí), enseguida me vienen ideas de turista, palabras como horario, visita, entrada, foto, recuerdo, en lugar de tiempo, camino, memoria, relato. También me duelen los pies y buscamos un sitio que nos recomendaron para comer. Lo encontramos, y allí nos rodean veinte turistas más que también piensan que no lo son, que lo que ellos hacen es viajar y comer en un sitio que le recomendaron, todo un descubrimiento.

Sólo me salvan las ciudades cuando ya no estoy en ellas.

La tienda de papel sigue cerrada. Me lo imaginaba, a pesar de lo que había dicho aquel vecino al que preguntamos, ayer la había visto abierta. Hace mucho tiempo que compré el papel, en otro viaje, en verano. Probablemente sea lo más lógico, volver y que esté cerrada, aquello ya pasó. Esa es una respuesta correcta a un recuerdo viejo.

Hace frío, mucho. Quiero hacer fotos y me quito los guantes para manejar la cámara. Las manos entonces me duelen y pienso que nada de todo esto saldrá en una fotografía. La hago, de todos modos.


Caminos

Salgo de casa. Por inercia sigo el camino más corto y probablemente el más feo. No es que haya muchas alternativas, pero al menos podía variar cuando voy por aquí todos los días. No lo hago.

Me imagino eligiendo caminos absurdos para llegar al mismo sitio, como el más largo, el que más esquinas doble, aquél que en días de viento sea el más incómodo, o el que te lleve en verano por las calles más soleadas, sin sombrero. No elijo el más hermoso porque creo que no me apetece buscar en esto nada bello.

Pienso en lo absurdo no sólo del camino, sino en lo absurdo de la acción, ir, cuando en realidad me gustaría volver por cualquier camino, alguno más absurdo todavía, pero que recorriera otra ciudad, o quedarme quieto paseando mentalmente por ella.

Importa el tiempo que empleamos en cualquiera de las dos cosas, ir o volver, importa el tiempo de estar quieto. La duración de las acciones no tiene importancia, es tan relativa como la necesidad del trayecto. El tiempo no, el tiempo es todo.

Me voy hacia el centro, el día está nublado, un cielo que se llena de sombras sin definir, y yo de asombro, iluminados los edificios por el poniente. Ojalá tuviera la cámara, siempre me arrepiento de no llevarla; esperaría el momento en que las luces bajas cambiaran el color de los muros mientras el cielo se hiciera más oscuro en grises. Miro la hora y me propongo venir mañana. Pero mañana hará sol. Nada de esto se repetirá.

Y sin embargo, siguen cayendo hojas de los árboles en el comienzo de la primavera. 




                                          © Antonio Gómez Ribelles






Primera parte de esta entrada en:

lunes, 22 de abril de 2013

ANTONIO MARÍN ALBALATE (Retratos)



El gran poeta y mejor amigo Antonio Marín Albalate posó para mí.

El resultado es, entre otros, este retrato, que sigue la serie empezada con Jose Alcaraz, y que irá creciendo poco a poco.






     Y él, generoso como siempre, me dedica este excelente poema incluido en un libro inédito
     titulado "Poemas de cuerpo presente". Gracias por todo.




LA NADA DEL FANTASMA DEL POEMA

                                                                            Para Antonio Gómez Ribelles


Un bar, una lectura y la mirada
de mis palabras que al verte se callan.
Mis palabras, tristes como el silencio
de la cerveza cuando todo amarga
alrededor frente a tanta mordaza.

Mis palabras, mudas palabras, ante
tu inesperada y furtiva presencia…

Ah, imagen quieta del tiempo, amarilla
cabellera de mujer en cascada
cayendo del recuerdo al áspero papel
de mi voz, dime, si solamente eres
recuerdo: ¿por qué otra vez la herida,
el castigo de otra vez la herida
sangrando sombra sobre la vieja piel
de mis manos al nombrarte de nuevo?
¿Por qué otra vez la triste escritura?
¿Por qué, dime, de nuevo la nada del
fantasma del poema que nunca fuiste?



                               ANTONIO MARÍN ALBALATE







lunes, 15 de abril de 2013

Ciudad










                                                      "…sino al paso del tiempo, a la manera que tiene el tiempo de replegarse y de garantizarnos que en sus pliegues retiene unas cosas y otras no."



                         "El aprendizaje empieza mirando el primer abecedario ilustrado y no acaba hasta el día que morimos."

John Berger


Aula

En el colegio había un patio porticado en uno de sus lados, y debajo de ese pórtico se abría un aula donde aprendí la forma de las letras, de todas ellas.
Pronto nos cambiaron, probablemente a otro sitio ni más ni menos acogedor que esa clase.

Hacía frío en todas partes de todos modos.


La forma de las letras

Lo que protege de un espacio probablemente no es lo que lo crea o lo limita, me refiero a las paredes, las ventanas y los muebles, sino lo que lo habita. Y allí lo habitaban esos días aquellas tarjetas ilustradas en la que la forma de cada letra en negro, mayúscula y minúscula, y el sonido dibujado en la forma de una boca roja y del nombre de un objeto o animal, racionalizaban el mundo de los conceptos y los sentidos. Y le daban orden alfabético, como nuestro orden en la clase, que siempre te hacía tener el mismo compañero de mesa, de apellido idéntico y con varios hermanos que eran también condenados a ser compañeros inseparables de tus hermanos, en una especie de amistad obligada por aquellas tarjetas alfabéticas que explicaban, cuando no lo conocíamos todavía, por qué yo me sentaba a su lado.
El aula tenía contornos. Nos sentábamos y el mundo se llenaba de arañazos en el pupitre, manchas de tinta y frío. (Pupitre, esa palabra ya no se usa, esos muebles ya no se usan, ahora son mesas y sillas). Pero ese mundo no era el nuestro; el nuestro estaba afuera, más allá de la pared del aula, algo en el patio, más en las calles de la ciudad, donde éramos algo libres. Moderadamente felices.


La orilla de la carretera

Esperábamos sentados en la orilla de la carretera a que un coche pisara el estiércol que algún caballo dejó  mientras volvía a la granja o al cuartel de caballería. Todo se ceñía a retrasar el momento de nuestro regreso a casa hasta que uno de los escasos vehículos que pasaban la pisara.

Tiempo. Narrar el tiempo perdido es la no narración cuando nada pasa. Además era absurdo el hecho y absurdo intentar explicar el porqué de tu retraso a una madre ligeramente preocupada, así que la mentira se convertía en piadosa conmigo mismo. Pero estabas allí, el tiempo era todo tuyo y nada te impedía perderlo en algo estúpido. Hicimos cosas peores, por incomprensibles, absurdas o crueles, y todo eso llenaba no sólo el tiempo, sino también el lugar que habitábamos.

Al entrar en la casa se perdían los contornos, todo estaba en el interior, todo era importante y te acogía, hasta el ruido de la carcoma que se comía la ventana. Ése era el mundo. La casa irradia y se expande hasta donde quieras, hasta la ciudad, hasta el paisaje, hasta más allá del entorno conocido, hasta donde tú querías.

Ahora, hay veces en que todo se achica, los contornos te aprisionan, y todo se aproxima peligrosamente hasta la casa, hasta tu cuarto, hasta tu cama, hasta tus pensamientos.
  

Miedo

Ella es la que está hoy a mi lado. La he traído a esta ciudad donde tanto tiempo pasado no ha borrado casi nada. Ella no vivió todo esto que yo he vivido, pero soy capaz de preguntarle
“¿Te acuerdas de cuando me sentaba aquí?”
“Claro que me acuerdo, me lo has contado”.
La miro, y comprendo que es verdad. Mi memoria ha invadido la suya de tal manera que estoy en ella, en un juego extraño y magnífico. Tan fácil que asusta, real de tan fantástico.

Recorriendo la calle que bordeaba el parque, el camino habitual, yo he visto, y tu también, que las casas son las mismas de entonces, que los muros son los mismos, pero que las manchas de sangre que en su día escribieron en ellos ya han desaparecido. Sé exactamente donde estaban.
El miedo era la hora en que soltaban a los perros que guardaban la harinera. Dos dogos gigantes, más gigantes todavía para un niño de diez años, que después del anochecer dejaban sueltos. Se les oía ladrar y correr como fieras. Lo más cercano a los lobos que yo he vivido. Lo más cercano al terror cuando volvías tarde a casa.

Una noche esos perros mataron a Boliche, el perro de un amigo. Lo pillaron en el parque y lo pasearon escribiendo su muerte en las calles y en los muros.


Documentarse

Vuelvo a la ciudad.
Cuando uno vuelve a los sitios que ha vivido, espera reconocer el mundo, pero con el miedo de no encontrarlo.
Conté contigo los años que han pasado desde que me fui. Treinta y ocho. Treinta y ocho años desde que nos fuimos. Lo último fue una casa vacía. Todo había salido por las ventanas de nuestro piso, a la altura de la calle. Cargamos un camión y nos fuimos. Sencillo.

No quedaron muchas fotos de aquellos años que nos cuenten como era la ciudad. En los cajones de mis padres quedan algunas de los cumpleaños, comuniones, alguna celebración, y se ve alguna puerta, los muebles, algunos detalles que te sitúan en una casa o en otra, pero no la ciudad. No teníamos necesidad de ese registro. Ni siquiera el día que me fui eché de menos nada de eso. Tenía la memoria y otros sentimientos que me aturdían mucho más.

Piensas ahora que has vuelto si estaría bien hacerse con un archivo de todo, de las calles, de los caminos que seguías, de dónde te sentabas o de qué veías mientras el mundo giraba. Es fácil pensar en documentar todo de nuevo fotográficamente, o tomando notas, como si quisiéramos hacer creíble una historia que no fuera la nuestra, como demostrar que las cosas que vivimos de verdad sucedieron, como si necesitáramos dar crédito, pruebas a otros de que estuvimos vivos. Tal vez para creernos a nosotros mismos.

Pero sabes que no lo hicimos. Cuando las cosas que vemos no coinciden con los recuerdos es mejor quedarse con ellos, y descartar las fotos que pretenderán suplirlos, contaminándolos hasta acabar con ellos. Simplemente decido que paseemos de nuevo por esos lugares, tú conmigo, invitada a una regresión, amorosamente cómplice. Me basta con reconocerlos de nuevo, en unos casos como si no hubieran pasado tantos años, idénticos en todo, hasta en los más nimios detalles, conservados en un fluido, en un aire que los hace inalterados. Sorprendente. En otros, casi irreconocibles, y en otros olvidados. Probablemente, ya en aquel entonces, algo en nosotros decidió que cosas merecían salvarse del olvido y que otras no.

Pero echo algo de menos, algo más acogedor. Todo es demasiado real, demasiado igual a lo que era en aquellos años, igual hasta el desencanto a la memoria que los guardaba, porque nada hay más terrible que reconocer todo como era, menos nosotros.

Las ciudades son el envoltorio de lo que somos; no es importante el lugar físico, sino el hecho de que las cosas te envuelven, de que los pensamientos y las acciones salen como hilos de nosotros tocando las paredes, los márgenes de lo visible, los campos emocionales y las discordias. Pero necesitamos el campo adecuado, aunque decidamos que sea el de Agramante, el plano urbano que defina territorios. Y ahora ya no lo es, esa ciudad es como un fantasma vacío.

Sólo algunas fotos hicimos por la maravilla de ver la misma ventana con exactamente la misma persiana por la que salieron nuestros muebles, o exactamente el mismo quiosco, el mismo, en el mismo sitio. Te lo cuento, pero tú ya lo sabes, tú que no estabas allí. Es como si todas estas cosas me las hubiera olvidado en casa de un amigo y las hubieran conservado hasta mi vuelta.

“Es verdad, - dices - me acuerdo como salían las cajas y los muebles por la ventana, tú dentro, yo fuera”.


Final

“Pienso en volver al sitio en el que viví mi infancia”, le digo a mi hijo mientras hablamos de estas cosas que ahora me ocupan: las fotos antiguas en la mesa, el cuaderno abierto, proyectos, cuadros.

“Es muy posible que ahora te decepcionara”, dice él.

Le doy la razón.

Pero lo pienso.





viernes, 5 de abril de 2013

Jose Alcaraz




Mi amigo el poeta Jose Alcaraz ha ganado el V Premio de poesía Joven RNE con su poemario "Edición anotada de la tristeza", que se publicará en la editorial Pre-textos.
Todo esto es fruto de un trabajo muy serio, de una búsqueda, y de un encuentro con su voz personal. Tiene mucho que decir, y lo va a hacer.

Me siento muy feliz por él, y quiero dejar aquí como homenaje merecido uno de los retratos que le hice y un poema que procede de otro poemario premiado, en este caso con un accesit en el Creacion Injuve, "La tabla del Uno".












CERTEZA


Sales de la ducha.
Hay algo de vapor
y limpias el espejo.
Pero vuelve a empañarse,
comienzas
a desaparecer en la bruma.
Entonces puedes
no pensar en nada
o, por el contrario, morir
escasamente, aceptar
algunas condiciones.


                                                                       Jose Alcaraz
del poemario “La tabla del uno”







domingo, 10 de marzo de 2013

Los andenes de la visión





Juan Heredia se instala en los andenes de la visión. Como el pasajero que es, lleno de calma se sienta el tiempo que haga falta, hasta que el motor se escuche y aparezca más cerca lo que fue otra cosa. Pareciera que sólo confíe en su mirada y que los dedos le obedezcan llenos de experiencia, pero no es solo eso: transcribe el texto visible a la grafía de las tintas que se diluyen, todo se diluye.

Decía John Berger que “el dibujo y la pintura presuponen otra visión del tiempo”, algo que nunca alcanza la fotografía, una forma distinta de respirar. El dibujo nos obliga a detenernos. Sentarse a observar lo que miramos, extender en el tiempo la mirada, es inhalar unas formas  que nunca coinciden con lo que vimos, algo cambiante, vivir un presente que no acaba nunca, un recuerdo que convive con lo visible, un pasado que convive con el presente. Es en esa manera de multiplicar la visión por la suma de fragmentos sucesivos en lo que insiste Juan, en crear una experiencia vital, amorosa decía Ezequiel Pérez Plasencia. Plantearnos la necesidad de esta obra sería como plantearnos la necesidad de lo visible, de mirar y ser mirado. Lo demás, la elección del paisaje urbano, la buena técnica, la bondad y el embeleso en lo minucioso, el gusto por el detalle y el proceso, son el propio Juan Heredia, lo que él mismo es y busca, por lo tanto inexcusables, inevitables.

Su mirada convertirá el mundo en unos límites, convertirá ese fragmento en su mundo durante las horas necesarias. Pero el dibujo acabará integrado por la suma de mínimos instantes, convertido en una totalidad que lo que fundamentalmente abarca es el tiempo. No debemos olvidar que lo visual es momentáneo, fruto de un instante irrepetible, de una colaboración entre el objeto y el observador, y de la voluntad de ser vistos y de mirar. Los dibujos no detienen, no congelan como la fotografía -que acaba en un soplo, a veces sin referencias de quién y cómo; en todo caso retienen la memoria de un tiempo, del que fue necesario para mirar y realizarlos, y que experimentaremos de nuevo como espectadores. De nuevo algo vital, que hace que la obra no sea réplica, sino única por el lapso destinado a mirarla, por su mirada que cada vez nos devuelve. La imagen dibujada contiene la experiencia de mirar en los dos sentidos, como una cerámica de celadón  que a pesar de ser objeto siempre nos transmitirá el proceso de su creación, la huella de las manos que la tocaron, y que a pesar de su perfección siempre nos dirá que es única e irrepetible, sin réplica, con sus irregularidades y con un fuego que la vitrifica y vivifica.

Juan acaba su dibujo cuando las cosas se van de su mirada a su papel. Y entonces las observa en la lejanía de la memoria, en la línea vaga del dibujo que el agua y la tinta han ido borrando, en un pasado presente.

Juan, entonces, no se va, recoge y espera a que llegue otro, en el mismo andén. No en la visión misma, sino en sus andenes.


Antonio Gómez Ribelles





Juan Heredia expone en la Galería CHYS de Murcia 
del día 15 de marzo hasta el 6 de abril de 2013.

Este texto aparece en el tríptico de la exposición.


lunes, 21 de enero de 2013

OTRO LUGAR


A través de los barrotes de una cuna. Yo veía la luz roja, la habitación iluminada por la luz roja a través de los barrotes. Es extraño, pero también los barrotes parecían iluminados, y sé que no es posible porque la luz está fuera, pero mi memoria de aquellos pocos años no sabe de direcciones de luz ni de contraluces, así que pinté también los barrotes de color. Los que tenemos mi edad sabemos de esa costumbre de tapar las lámparas con un trapo rojo en las habitaciones de los enfermos, sobre todo si se tenía sarampión. Supongo que así se mitigaba el triste aspecto de una piel llena de pupas rojas.

Claramente, ese no es mi primer recuerdo, debe haber otros, pero en la multitud de veces que se rememora uno de ellos, se le asciende en la escala de importancia y puede que también en el tiempo: lo más traumático asciende en el escalafón, lo demás se aparta o se olvida. Es común trastocar la cronología, el orden, el tiempo, el espacio, los protagonistas. Habrá otros anteriores, pero, la verdad, no me importa. Otro día podré contar que otro recuerdo es el primero y será verdad, igual que ahora éste me viene a la cabeza cuando Manuel Rivas nos propone buscar el primero, en su caso el primero en que tuvimos miedo. Así empieza “Las voces bajas”, su último libro, y así empieza la literatura, con un recuerdo y un relato: a partir de ahí nacen todas esas realidades nacidas de la ficción que en círculos concéntricos crean lo real, en los cuales la realidad es sólo uno de esos círculos. Da igual que el libro de Rivas sea memoria o una novela, nosotros decidimos. Los lugares, los espacios de relación, vitales, pueden coexistir con “otro lugar, donde nace una segunda vida”, y ahí es donde nos escondemos para mostrarnos. En estos tiempos de simulación, nacemos a la segunda vida que seamos capaces de narrar, tal vez a la literatura, a la poesía, al arte.

Vino Manuel Rivas a Cartagena, como finalista del Premio Mandarache, y en una tarde-noche de relato nos dio una lección acerca de lo literario, de la tradición oral y la ficción no como parte de lo real sino como propia realidad; del hablar sin tasa y del silencio como formas de enfrentarse a la memoria. Nos hizo dibujos en los libros manchándose los dedos de tinta. En ningún momento necesitó hablar de su libro, él hablaba de literatura. Y es que la honestidad lo mancha todo.

Una imagen: desde la mesa levanta un folio con unos círculos concéntricos dibujados, petroglifos literarios, un relato llevado al papel.

¡Boh!



He llamado a mi madre, ella sabe si yo pasé el sarampión y a qué edad. Ella siempre dice que le pregunte a la tía, que tiene mejor memoria, y no se da cuenta de que ya no, que la edad ha hecho que se invente la mitad de las cosas que dice, y que muy fiable ya no es. Pero es una realidad como otra cualquiera. Y mi madre me ha dicho que sí, que pasé el sarampión y lo del trapo rojo, pero no diré nada más. Es mi primer recuerdo, y punto.