jueves, 6 de febrero de 2020

DE MIRADAS OCULTAS / JOSÉ CARLOS ÑIGUEZ.



ANTONIO GÓMEZ RIBELLES


Texto completo en el catálogo de la exposición Mirada oculta, del fotógrafo José Carlos Ñiguez, en el Museo del Teatro Romano de Cartagena, inaugurada en enero de 2020.






EL FOTÓGRAFO

Hay cosas que están a la vista y hay cosas ocultas, y la vida, el mundo real, tal vez tenga que ver con lo que está oculto.
Teju Cole

Un fotógrafo pasea entre las ruinas de un teatro romano. En este deambular por la escena, por la cavea, no es un turista ni un visitante más. Su paseo muestra un aire diferente al de los visitantes habituales, una atención distinta hacia el momento, hacia el tiempo y el espacio que recorre. Presta una curiosidad no acostumbrada hacia los restos de lo que fue un espacio público lleno de gente, de conversaciones y de ruido, pero que ahora está en silencio, en el que solo queda un rumor lejano de ciudad moderna que no era el suyo pero que ahora le corresponde.

¿Había motivos para estar allí?

Pasamos parte de nuestro tiempo observando a los demás, haciéndonos preguntas sobre ellos, escuchando sus conversaciones atrapadas al vuelo, planteándonos qué es su vida o lo que hacen, por qué caminan de esa manera. Y pensamos que los demás también lo hacen con nosotros. Nos gusta inventar historias sobre los demás, ese cotilleo que en algunas ocasiones se convierte en el origen de la noticia, del relato o la narración. Sobre todo nos preocupamos de qué miran. Siempre prestamos atención a lo que mira la gente, es como un reclamo que incide en ese posible origen de algo nuevo, desconocido en los demás. Y ese teatro acogió, seguro, mucho de ese origen de las noticias, el rumor. Nos gusta fingir que lo publico es el mundo real.

Pero ahora no hay nadie. Ñíguez recorre un teatro vacío y es él el que mira. Hoy ha llovido y las columnas de mármol rosa crean reflejos, duplican el campo de atención, alteran el paisaje algo caótico aún en el orden recuperado de lo que fueron escombros desordenados y enterrados bajo toneladas de tiempo y que ahora asoman como restos arqueológicos. Está quieto ante la ruina, ante la piedra que no es piedra, que se dejó llenar de forma y uso, de una necesidad que fue a la vez su final, su expolio; sabes que el fotógrafo mira, sabes que hay algo especial que le llama la atención, pero nada más, dudas incluso de a qué está mirando. Pero la única verdad será que miraba. Igual que la única verdad de la foto será que aquello estuvo allí ante la cámara en algún momento. La mirada que se oculta en los ojos. Nada más importa. La imagen será a posteriori.

Después de entrar en la cavea tras atravesar el pasaje y las salas del Museo, después de abrirse a la experiencia del museo, se sumerge en la mirada, en qué había más allá, o detrás de cada cosa. El recorrido haciendo sucesivas curvas que siguen al principio rutas marcadas por la lógica del museo y del visitante al monumento cambiará a otras, más cercanas, más nimias tal vez, algunas solo visuales, caminos que teje la vista. Será entonces cuando el camino, el pequeño paisaje urbano y la fotografía encajarán con una lógica parecida a la de los sueños, en una sucesión de fragmentos donde el tiempo está cada vez más cerca y el espacio curvo y envolvente se limita. La mirada se vuelve más cercana, Ñíguez se agacha, se aproxima lentamente, parece ver aquello que buscaba y que antes estaba oculto. El campo se estrecha y un cuadrado invisible aparece alrededor de lo visible. Pequeños detalles surgen de las superficies húmedas, de los mínimos fragmentos rodeados de la reconstrucción arqueológica, miradas reales hacia lo menor. En condiciones apropiadas, a través del objetivo de una cámara réflex puedes llegar a ver el ojo del fotógrafo, la cámara que ahora mira, la cámara que es un ojo de campo limitado por un cuadro, el ojo del fotógrafo, la mirada oculta. Sólo entonces dispara.

¿Era ése el motivo de estar allí?

La experiencia es un camino de creación, tanto la que nos lleva al lugar como la recreación del lugar mismo. El soporte fotográfico era un registro utilizado por los artistas del Land-Art, que acompañaban sus acciones de mapas y planos del recorrido. El fotógrafo trabaja en series y subseries de imágenes, son conjuntos dotados de una unidad superior que nacen del recorrido por el espacio dado, y de otras internas resultantes del intento de construir la memoria de un fragmento del teatro, que no existe, que no ha existido así nunca y que tal vez no podamos volverlo a ver. Nadie vio así ese fragmento, nadie se fija en un pequeño trozo de material húmedo. No hay más miradas. Desapareció y quedó la huella. Solo la fotografía. 

Todo este proceso tiene dos vertientes o una doble pantalla: me refiero al hecho de que en toda imagen aparecen superpuestas dos proyecciones, una la que está detrás de la foto, el relato que conocemos o no, lo que fue presente en el momento de hacerla y el pasado que contiene; y una segunda que viene de nosotros al leerla y al autor sobre ella, buscar los enlaces a veces meramente formales con nuestro lenguaje, algunos elementos pseudosimbólicos, o metafóricos, signos, una línea, el fragmento.


EL ESPACIO

Ante las ruinas, el hombre romántico se enfrentaba a la nostalgia y a la ausencia: nostalgia de lo perdido, de los tiempos pretéritos, y deseo de vuelta a la naturaleza desde lo urbano e industrial. Valoraba el paisaje como un conjunto de fenómenos agrupados en una unidad, unidad que viene dada por el individuo. El paisaje no existe si no es humano. La ruina se convierte en el exponente de un antagonismo de fuerzas entre el espíritu y la naturaleza. Lo auténtico y original, el aura, fueron categorías privilegiadas.

La mirada de las piedras es la mirada que ha recuperado un tiempo y un espacio; un tiempo que no es el suyo, un tiempo otorgado por la mirada nueva del fotógrafo y un espacio alterado. La destrucción por el hombre que lo hizo escombro pasó y el hombre arqueólogo lo rescató y lo convirtió en ruina, en monumento, dotándolo de un sentido físico e histórico. En la ruina urbana es la ciudad la que ha devorado a la ciudad anterior y se superpone. Y la ciudad es del hombre y de su desprecio hacia lo que hubo. El olvido interesado o el abandono es una constante, la reutilización de lo anterior o su entierro acabaron con las noticias de su pasado hasta que el hombre se pregunta de nuevo por él.

El hombre es el creador del paisaje y es capaz de dotarlo de nuevas fuerzas hasta convertir los espacios en lugares, aportarlos a su propia identidad, y conferirlos de capacidad de relación. La mirada del observador también convierte la cosa en objeto. Hay objetos cotidianos plenamente llenos de su forma, su uso y su tiempo. Hay otros que no son nada, sólo un trozo de escalón, el remate de un revestimiento, suelos fracturados, tocados por muchas manos, perdido el brillo y gastados por el uso. Convertimos las cosas en objetos al dotarlas de significado, al llenarlas de acción y memoria. Pero los objetos nos recuerdan lo que ya no está. Mejor que un rostro, o un texto, los objetos se llenaron de algo parecido a lo que nosotros tuvimos, que quien pisó o tocó aquel fragmento lo hizo de la misma manera que nosotros, que quien se sentó en esa grada lo pudo hacer igual que tú. Los objetos y los lugares nos relacionan con aquello que ya no está. Aquí no hay nostalgia y sí ausencia. Y lo desaparecido proyecta sombras que acaban formando parte de las fotografías.

El artista convierte todo eso en su objeto estético, pero el fotógrafo crea una superficie, y en ella, a través de zonas de luz y sombra, una ilusión que ha devenido en narrativa. La abstracción es posible, pero damos por sentado que la relación del fotógrafo con la vida es directa, que las cosas son como las vemos, que lo que se fotografía estuvo allí en algún momento. Pero también debemos asumir que hay una separación entre las cosas y las imágenes de las cosas. La foto. Ahora ella te mira, ya no hay un espacio que recorrer, ahora está todo enmarcado, trasladado a otro sitio. Creemos que miramos y es cierto. Pero algo más nos llama la atención y pensamos que eso no estaba ahí antes, hace que tengamos que mirar dos veces.


EL TIEMPO

Me gustaría que quienes ven mis fotografías se sintieran igual que cuando leen dos veces un verso.
Robert Frank.

Pero el concepto fundamental en el que se reúne todo es el tiempo. Si hemos visto cómo la visita al lugar arqueológico es una experiencia y un recorrido que se convierte en arte si queremos o tenemos esa intención, entonces estamos hablando de construir en el tiempo. Registrar fotográficamente ese recorrido y los fenómenos y detalles que lo rodean lleva a proponer a uno mismo y al espectador la recuperación de esa experiencia y por lo tanto de recuperar el dominio del tiempo. Pero además, los objetos arqueológicos y los fotográficos condensan en una imagen la memoria apropiada, la experiencia recuperada, el pasado acumulado y el presente del objeto y su fotografía. En la imagen se unen en un solo plano el creador, lo representado y el espectador.

Las fotografías de José Carlos Ñíguez, lejos de ser tiempo congelado, están llenas de tiempo, son momentos de larga duración, identificadas con el tiempo de las piedras, de la arqueología. De una manera similar a esculpir en el tiempo, y salvando la aparente, solo aparente incongruencia de hablar del tiempo en una imagen fija, éste existe en el proceso de la mirada y en los relatos que subyacen, y menos en el instante fotográfico. Es un fluir lento como el tiempo de la poesía, que queda escondida para volver a aparecer cuando el libro se abre de nuevo u otros papeles desaparecen de encima, igual que cuando la tierra descubre la ruina que hacemos aparecer de los escombros. Entonces el visitante camina fascinado por la imagen de lo que queda, siguiendo en sus pasos la mirada del fotógrafo que descubre la mirada oculta de las cosas y la fotografía se convierta en una manera de modelar el tiempo.

Tan cerca, tan despacio...









© José Carlos Ñíguez



lunes, 3 de febrero de 2020

MEMORIA RECORTABLE, COLONOS.









En el L.A.C. de Murcia se presentó el proyecto Memoria Recortable, de la Fotógrafa y pintora Virginia Bernal, que quiso contar conmigo para escribir un poema sobre su trabajo, algo no muy difícil por las conexiones que tenemos como artistas, y que le agradezco. Este poema aparece en la sala durante la exposición y en el polidíptico que se ha editado y que cuenta con una intervención de la autora.

Aquí lo dejo íntegro:






Colonos

Para Virginia Bernal
“Memoria recortable”


La casa tenía ventanas
que no se abrían
pintadas con tinta azul.
Casa cubierta con un tejado rojo
a veces rosa, amarillo o verde
simples piezas de madera
dispuestas para cualquier cosa
escribir en ellas, arañarlas,
alternar estar dentro o fuera
ser el habitante o el voyeur
de la casa muerta que vivía
si bajaba el ojo
a la altura necesaria
justo a ras de suelo
adaptando mi visión
a la posición de mi cabeza
o viceversa.

La casa temblaba sobre raíles
de calles imaginarias
la estructura perfecta, alineada
urbis de luces invisibles
el sol una bombilla
ruidos que no oyes, olor a ciudad
en el suelo de mi cuarto.
Entonces la nada no existía.
El juego tejía las redes
sobre una malla de huellas:
árboles y paisajes recortados
personajes mínimos de un tren
fósiles inscritos en las baldosas
frío de terrazo, calor de alfombra.

Intentaba ser como un colono
habitar espacios que fueran míos
construir el mundo y su memoria
hacer, ver y alimentarme
leer en las piedras, escribir en ellas
y enterrarlas esperando el regreso.

Pero no puedo volver para contarlo.
Los que hemos sido exiliados
congelamos la memoria
sepultando guijarros coloreados
dejando solo algo de ceniza
que se mezcla
con el polvo de los otros
con los residuos de los años
el óxido en las bisagras y los huesos
los sonidos en el plástico
de un coche de juguete
desaparecido para siempre
en una montaña de arena.

Deseo rellenar huecos
en los escombros que dejan
las fotos y las cartas en sus sobres
y poner una cerca alrededor
la muralla que hacía para mí
en aquella casa.
Crear normas para poseer el mundo
allí, donde el tiempo nos abandona.









miércoles, 5 de diciembre de 2018

POEMAS-LUGAR-OLVIDO



Estos poemas-prosas aparecen en el catálogo de la exposición "Lugares del olvido".

Fotografía: Victoria Díez






EL OLVIDO


Tal vez el olvido sea eso que llamaban la piedra de la locura.

Todo puede ser un lugar de la memoria.
Pero ¿qué ocurre cuando se pierde el recuerdo y todo deja de existir?
Será ruina, ausencia, abandono,
el hogar de los vencidos.

Hay lugares del olvido
cubiertos por océanos de tiempo.
Quedó un mapa, un nombre, la huella.

Ahora sabes que si sigues ese hilo aparecerá la tumba, la ruina, la caja, la ciudad.
Allí está el hueco, las letras grabadas que cuentan tan poco, el pie y la mano.
Sólo fragmentos.

Al abrir la caja, el olor, otorgar otra vez a las cosas un nombre, su momento. Dibujar en el hueco entre lo real y lo literario un puente que perdure, una explicación de lo que fue porque ahora somos lo que somos.

Sólo queda extraer la piedra de la locura.






TIEMPO


Existir nos obliga a hacer cosas.

Pequeñas fotografías aparecen en las cajas.
Pretendían la presencia permanente.
Apartarse para ser una mirada. No hacer nada.
Mirar a quien los mira.




Sé que el tiempo arrastra a quien nos abandona, que serán memoria mientras alguien los recuerde y, luego, también a ellos los llevará. Todo será olvido. Sólo la materia es capaz de mantenerlos, en un espacio sin tiempo. El hallazgo hará que vuelvan del lugar del olvido, serán objeto asombrado. Por eso amamos las fotos, las piedras y las calles, porque en ellos el tiempo vuelve del abandono.





LUGAR

El lugar

Mantengo el asombro de la primera vez.
Soy el niño ante la ciudad perdida.

Los cíclopes levantaron la muralla,
el maestro edificó su casa.
Después se fue, la dejó caer.
Y que la tierra la cubriera.
No hubo más tiempo.

¿Cuál es su nombre?
¿Cuál es el color de la ruina?
¿Existen las cosas cuando no las vemos?

La verdad.
Que las cosas que te contaron eran ciertas.
Que allí estaba tu casa, la ventana, la persiana.
Suspendidos en el tiempo.


El paisaje

Te enfrentas a él.
El lugar vacío.

Land art, No site
Construir bajo el horizonte
una estética del abandono y de futuros olvidados.

Paisajes apartados de la mirada
de la historia.

Tu construcción.

El asombro.




EL OBJETO


Un objeto hallado es un lugar vacío.
Asombra el tacto,
asombra la mirada ante el olvido.

Andrés enterraba piedras en el jardín.
Cada piedra desenterrada
era un vacío que llenar.

Sé que el tiempo arrastra todo aquello que te abandona,
que sólo queda la materia, el objeto y su sombra, los hilos
que dibujan los mapas.



                                                                                              Antonio Gómez Ribelles 2018