lunes, 3 de febrero de 2020

MEMORIA RECORTABLE, COLONOS.









En el L.A.C. de Murcia se presentó el proyecto Memoria Recortable, de la Fotógrafa y pintora Virginia Bernal, que quiso contar conmigo para escribir un poema sobre su trabajo, algo no muy difícil por las conexiones que tenemos como artistas, y que le agradezco. Este poema aparece en la sala durante la exposición y en el polidíptico que se ha editado y que cuenta con una intervención de la autora.

Aquí lo dejo íntegro:






Colonos

Para Virginia Bernal
“Memoria recortable”


La casa tenía ventanas
que no se abrían
pintadas con tinta azul.
Casa cubierta con un tejado rojo
a veces rosa, amarillo o verde
simples piezas de madera
dispuestas para cualquier cosa
escribir en ellas, arañarlas,
alternar estar dentro o fuera
ser el habitante o el voyeur
de la casa muerta que vivía
si bajaba el ojo
a la altura necesaria
justo a ras de suelo
adaptando mi visión
a la posición de mi cabeza
o viceversa.

La casa temblaba sobre raíles
de calles imaginarias
la estructura perfecta, alineada
urbis de luces invisibles
el sol una bombilla
ruidos que no oyes, olor a ciudad
en el suelo de mi cuarto.
Entonces la nada no existía.
El juego tejía las redes
sobre una malla de huellas:
árboles y paisajes recortados
personajes mínimos de un tren
fósiles inscritos en las baldosas
frío de terrazo, calor de alfombra.

Intentaba ser como un colono
habitar espacios que fueran míos
construir el mundo y su memoria
hacer, ver y alimentarme
leer en las piedras, escribir en ellas
y enterrarlas esperando el regreso.

Pero no puedo volver para contarlo.
Los que hemos sido exiliados
congelamos la memoria
sepultando guijarros coloreados
dejando solo algo de ceniza
que se mezcla
con el polvo de los otros
con los residuos de los años
el óxido en las bisagras y los huesos
los sonidos en el plástico
de un coche de juguete
desaparecido para siempre
en una montaña de arena.

Deseo rellenar huecos
en los escombros que dejan
las fotos y las cartas en sus sobres
y poner una cerca alrededor
la muralla que hacía para mí
en aquella casa.
Crear normas para poseer el mundo
allí, donde el tiempo nos abandona.









miércoles, 5 de diciembre de 2018

POEMAS-LUGAR-OLVIDO



Estos poemas-prosas aparecen en el catálogo de la exposición "Lugares del olvido".

Fotografía: Victoria Díez






EL OLVIDO


Tal vez el olvido sea eso que llamaban la piedra de la locura.

Todo puede ser un lugar de la memoria.
Pero ¿qué ocurre cuando se pierde el recuerdo y todo deja de existir?
Será ruina, ausencia, abandono,
el hogar de los vencidos.

Hay lugares del olvido
cubiertos por océanos de tiempo.
Quedó un mapa, un nombre, la huella.

Ahora sabes que si sigues ese hilo aparecerá la tumba, la ruina, la caja, la ciudad.
Allí está el hueco, las letras grabadas que cuentan tan poco, el pie y la mano.
Sólo fragmentos.

Al abrir la caja, el olor, otorgar otra vez a las cosas un nombre, su momento. Dibujar en el hueco entre lo real y lo literario un puente que perdure, una explicación de lo que fue porque ahora somos lo que somos.

Sólo queda extraer la piedra de la locura.






TIEMPO


Existir nos obliga a hacer cosas.

Pequeñas fotografías aparecen en las cajas.
Pretendían la presencia permanente.
Apartarse para ser una mirada. No hacer nada.
Mirar a quien los mira.




Sé que el tiempo arrastra a quien nos abandona, que serán memoria mientras alguien los recuerde y, luego, también a ellos los llevará. Todo será olvido. Sólo la materia es capaz de mantenerlos, en un espacio sin tiempo. El hallazgo hará que vuelvan del lugar del olvido, serán objeto asombrado. Por eso amamos las fotos, las piedras y las calles, porque en ellos el tiempo vuelve del abandono.





LUGAR

El lugar

Mantengo el asombro de la primera vez.
Soy el niño ante la ciudad perdida.

Los cíclopes levantaron la muralla,
el maestro edificó su casa.
Después se fue, la dejó caer.
Y que la tierra la cubriera.
No hubo más tiempo.

¿Cuál es su nombre?
¿Cuál es el color de la ruina?
¿Existen las cosas cuando no las vemos?

La verdad.
Que las cosas que te contaron eran ciertas.
Que allí estaba tu casa, la ventana, la persiana.
Suspendidos en el tiempo.


El paisaje

Te enfrentas a él.
El lugar vacío.

Land art, No site
Construir bajo el horizonte
una estética del abandono y de futuros olvidados.

Paisajes apartados de la mirada
de la historia.

Tu construcción.

El asombro.




EL OBJETO


Un objeto hallado es un lugar vacío.
Asombra el tacto,
asombra la mirada ante el olvido.

Andrés enterraba piedras en el jardín.
Cada piedra desenterrada
era un vacío que llenar.

Sé que el tiempo arrastra todo aquello que te abandona,
que sólo queda la materia, el objeto y su sombra, los hilos
que dibujan los mapas.



                                                                                              Antonio Gómez Ribelles 2018




viernes, 9 de noviembre de 2018

EL ALMA DEL TIEMPO

    
Texto de Elena Ruiz Valderas para el catálogo de la exposición Lugares del olvido.




Pitágoras, cuando era preguntado por el tiempo, 
respondía que era el alma del mundo.
Plutarco

                                                                  

Cuando Antonio Gómez Ribelles nos presentó hace unos años un proyecto expositivo para el Museo, nos cautivó su manera poética y narrativa de mirar los lugares  arqueológicos, los sitios olvidados, el paso del tiempo que como capas estratigráficas crean veladuras en sus obras, y el álbum familiar siempre fuente de inspiración para el artista.
El proyecto fue creciendo, Antonio gustó de usar la Biblioteca del Museo para avanzar su trabajo artístico y la construcción de un discurso “Lugares del olvido”. Hace unos meses ya nos adelantó parte de la narrativa del mismo; lugares, objetos, tiempo y relato….Todo ello nos trajo a la memoria una breve reflexión de André Parrot sobre la capacidad de evocación que tienen los objetos antiguos en los museos que no sólo nos ponen en contacto con nuestros ancestros, sino que también nos invitan al viaje, de forma que cuando uno contempla en el Museo Británico los fantásticos relieves de Nínive, uno quiere emprender el viaje y trasladarse a la que fue la capital de los asirios.
Parrot, en el preámbulo de su libro sobre Nínive[1], también señala que la visita al lugar te puede decepcionar, pues donde estaban el “Palacio sin rival” de Senaquerib o el palacio y biblioteca de Assurbanipal, sólo hay dos montículos y apenas se dibujan unas ruinas. Sin embargo, lo fascinante es que desde lo alto de la colina puede contemplarse en el horizonte las montañas nevadas del Kurdistán, los campos verdes y la cinta de plata del Tigris, ese lugar olvidado había permanecido casi inmutable en el tiempo,  era el alma de la antigua Nínive.
Antonio Gómez Ribelles rescata de su niñez esa experiencia personal, ese primer encuentro con el alma del tiempo, con el recuerdo de su primera visita arqueológica a la ciudad greco romana de Ampurias, sus primeras sensaciones al respirar el mismo aire y estar en aquel lugar que, rescatado de la memoria, había pervivido.
En su serie Lugares, nos muestra esos fragmentos olvidados como relatos de una historia; el monumento funerario de Ampurias, el túmulo de Maratón, donde reposa la memoria de aquellos soldados griegos fallecidos en la batalla contra los persas, la montaña artificial de escombros de Teufelsberg, que se eleva como un tell de Oriente recordando a la Berlín destruida en la Segunda Guerra Mundial, o una pequeña terrera en la llanura del campo de Cartagena, fruto del trabajo de la tierra.

El artista muestra la huella del hombre en el paisaje, de forma casi inocente, con la sencilla imagen del canal que llevaba el agua a la ciudad romana de Segóbriga, o esa visión de las gradas del teatro romano de Cartagena, un edificio rescatado de la Antigüedad cargado de identidad, pero donde se perciben las trazas de su larga Historia. Aquí las capas y veladuras se superponen como estratos y son testigos del tiempo.

En la serie Objetos, toman protagonismo los fragmentos que pertenecieron al lugar, a sus gentes y a un tiempo, un puzle donde a veces faltan piezas. Los objetos o el lugar, colocados en líneas superpuestas, no están prisioneros en la imagen sino que en la obra de Ribelles aparecen envueltos en una atmósfera casi poética.

El artista recupera su memoria familiar en la serie Tiempo. De nuevo el álbum familiar es la fuente de inspiración; son rastros de una vida, fragmentos para ensoñar y reconstruir el relato de familia filtrado por los sentimientos. Un Relato que se enriquece con los recuerdos y las Postales, ellas invitan al viaje, al reencuentro con la historia. Ampurias, Segóbriga, Cartagena, son el recuerdo de haber estado en un lugar en un tiempo concreto como “la familia Lesnehr” junto al mar, salida del álbum familiar de Ribelles.

El Relato de Agrigento, el templo de la Concordia, los dibujos de sus primeros investigadores que trazan la planta del edificio, los objetos en vitrinas antiguas, los textos en los reversos de las fotos o de las postales ayudan a construir el discurso. Sin embargo el apunte más personal de la serie lo encontramos en el retrato del Cardenal pintado por Rafael, conservado en la retina de Antonio Gómez desde su primera visita al Museo del Prado, esos fragmentos de la memoria que son el aprendizaje de la vida entran en diálogo con el recuerdo familiar, que acompaña con las líneas escritas de una carta del bisabuelo Ribelles firmada el 2 de agosto de 1926.

Cuando contemplamos el fabuloso sarcófago paleocristiano del Museo de Cádiz pocos recordarán su casual hallazgo en 1927 cerca de la línea de playa de la bahía de Carteia[2]. Ribelles rescata la memoria de Evaristo Ramos, una persona instruida de su época, que al plantar una palmera en el jardín de su finca encontró el magnífico sarcófago; aquel hallazgo tuvo una gran repercusión en su momento hasta el punto de que vecinos y primeros veraneantes de Puente Mayorga fueron a conocerlo, se retrataron con él, dejando un testigo gráfico del acontecimiento. Algunas de estas fotos estaban en la preciada caja de galletas de Ribelles, su especial baúl de los recuerdos de familia.

Antonio Gómez Ribelles, artista multidisciplinar, pintor, fotógrafo, poeta y escritor, también nos ha querido dejar su libreta de apuntes en forma de “tablillas de cera”, evocando al mundo clásico donde se usaban como soporte de escritura portable y reutilizable. A su experiencia vital, el viaje, el lugar, el tiempo, se suma su amplia formación e investigación, creando un proyecto expositivo donde el artista ha experimentado una simbiosis con los lugares, ha respirado el aire de los sitios perdidos, ha buceado en las bibliotecas y libros, y nos sumerge en Lugares del olvido, donde el proceso creativo refleja esa intención de reencontrarse con el pasado como punto de encuentro y de dialogo contemporáneo, y nos presenta una obra nacida desde el alma del tiempo.

Una exposición que se inaugura en el Museo Teatro Romano de Cartagena. En este contexto la propia presencia de la arquitectura romana en la sala le otorga un carácter excepcional a la muestra al establecer un rico diálogo entre las piedras antiguas y la obra contemporánea. En un teatro romano que apareció en el corazón de la ciudad, oculto por diversos barrios, que también son retazos de la historia, en un lugar olvidado recuperado de la memoria.


Elena Ruiz Valderas
Directora del Museo Teatro Romano Cartagena













[1] André Parrot publica su primer libro sobre Nínive y el Antiguo Testamento en 1953, en España se edita su traducción, realizada por Sebastián Bartina, en 1962, en Ediciones Garriga. Desde entonces han ocurrido muchas cosas en Nínive, entre ellas un terrible ataque terrorista en 2015 que destruyó esculturas y relieves. En la actualidad no sabemos en qué situación se encuentra la que fue capital de los asirios.
[2]  Los detalles del hallazgo, los avatares del propio descubridor y la repercusión en su momento para las investigaciones en Carteia se pueden consultar en el  documentado trabajo de Pedro Rodríguez Oliva, 2011:“Notas sobre algunas antiguas investigaciones arqueológicas en Carteia”, Baética: Estudios de arte, geografía e Historia nº 33, p 111—176.