viernes, 23 de septiembre de 2011

CASA





El problema de la casa, de mi casa, es que no existe.

Todas las casas tienen un lugar desde el que la ves completa, desde el que percibes lo de dentro y lo de fuera, lo que estuvo y de dónde vino. Algunas lo tienen en su puerta, en el llamador de bronce o en ese simple timbre sucio de dedos y años. Otras en las afueras, en medio de la calle desde la que ves que al atardecer da el sol, por fin, al cabo de todo el día, aunque sea sólo por un momento. Y otras en su jardín, donde quisieras convertirte en el perfecto huésped de ti mismo, colgando luces en lo árboles mientras esperas la lluvia. Las más tienen su centro en un objeto que absorbe o irradia, en una foto que lo contiene todo.

Si la casa existe será porque alguien escribió en una esquina una historia lo suficientemente necesaria para iluminarlo todo, incluso lo que pasó después.

No es preciso vivir en ella para estar en ella y comprenderlo todo.

No son refugios, no te puedes esconder allí sino fuera de allí. Desde su centro perderá sus límites, perderá los marcos, los contornos de la historia, todo ocupa el aire, el tiempo y los espacios, demasiadas cosas para poder esconderse.

A veces me imagino llegando a la puerta, llamando, buenos días, me deja ver su piso, hace años yo viví aquí, pero sería inútil y triste, esa casa ya no existe, la fotografía se la llevaron y después de unos años, ahora la tengo yo guardada en un armario, y desde allí sigue siendo el aleph de aquellos territorios y de sus huéspedes.

Pero yo sigo sin crear la mía a pesar de habitar una.
Es que no se trata de habitar, no es eso, no es eso…

sábado, 18 de junio de 2011

TAL VEZ UNA PALABRA...
























Es saludable olvidar, no se puede vivir todo el tiempo en la memoria.
Saccomano (El oficinista)




Troyes musitaba palabras, musitaba palabras…

Todo es buscar el sitio al que perteneces. Tal vez el bosque, el paisaje, la casa, te den una ubicación, esa parte espacial que precisa la memoria pero que vive carente de tiempo. Tal vez una palabra…
Todo el conocimiento duele y ocupa.
Todo es lábil
y los lugares cambian de estado como los insectos voladores cambian su punto de equilibrio y se desplazan.

Troyes musitaba…




miércoles, 8 de junio de 2011

ANTARIA 12

 



Portada del número 12 de la revista, realizada por Manolo Belzunce









  


Ella no mira al centro, no te mira aunque tú seas el centro.

Ella se sabe, sin éxtasis ni estupor.

O quizás el estupor de saberse mostrada a los ojos de los otros, el éxtasis de quien posa en escenarios que formarán parte de la vida de los otros, aquellos que perciban el aura, migajas de ser que durarán en el marco, intraducibles al ajeno que no vague en la melancolía.

Ella no te mirará nunca. Mantendrá su gesto a la derecha aunque caiga en el olvido.
El fotógrafo manda.


                                               Antonio Gómez Ribelles




Imagen y texto que aparecen en el número 12 de la revista ANTARIA, que edita la Fundación CajaMurcia


sábado, 14 de mayo de 2011

EL COLOQUIO DE LOS PERROS 28


Imagen publicada en El coloquio de los perros nº 28




Yo debería estar escribiendo un texto que se convirtiera en una entrada de blog, uno de esos textos que escribo y se convierten en las cenizas de mis reflexiones, que me sirven como pinturas, que atan las digresiones que en algún tiempo fueron al discurso que pretendo. Debería estar escribiendo y sin embargo me dedico a leer correos electrónicos de invitaciones a eventos, anuncios de relojes, saludos de amigos, poemas de autores argentinos recomendados por alguien, una revista de 300 páginas en pdf. Y después de borrarlos casi todos, guardar la revista para mejor ocasión, abro El coloquio de los perros, la revista digital de literatura que dirige Juan de Dios García, el último número, el 28,

Es lo que nos queda, que leamos revistas digitales y que desaparezcan las de papel, o que las leamos digitalizadas. Me gusta más sentarme en el sofá y abrir libros y revistas y pasar páginas que hagan ruido y que se arruguen, que se pueden echar al fuego o devorarlas, pintar encima, …, que sentarme delante de la pantalla. Pero lo hago. Acabarán las revistas y los libros con formato de pantalla horizontal, para ver las páginas completas en el monitor, como los cómics antiguos. 

Hay revistas que nacieron en soporte digital, aprovechando la distribución de lo que en su día llamamos nuevos medios, que van llenando una hemeroteca sin olor, que pasan por enfermedades víricas, y se curan, que se escriben a diario en cuadernos de papel o en formato word, antes de formar parte de la cultura en dígitos, literatura que prestamos orgullosos a los amigos a través de un enlace sin esperar que nos la devuelvan, (que ya sabemos como son). Así que la recomendamos porque es buena, porque merece la pena tras el gran esfuerzo que se llevan estos amigos a su espalda. Y porque es gratis, o por lo menos no suma nada más a nuestra tarifa plana. Que hay que filtrar el torrente de literatura en la red es una evidencia, y que hay que difundir los buenos trabajos también; y 28 números de buen trabajo se pueden recomendar, y a los que publican (publicamos) en la revista también.

Así que leo El coloquio, aunque no del todo, porque en realidad estoy escribiendo un texto para que se convierta en una entrada del blog, que se leerá en una pantalla, uno de esos textos que escribo y se convierten en las cenizas de mis reflexiones…, porque tengo varias ventanas abiertas, y corre el aire y me entretengo en lo que escribo, en lo que leo, en las ilustraciones que he hecho para otra revista que se editará en papel, y que verá poca gente, y que enviaré digitalizadas por correo electrónico a través de mi ordenador.

Luego me iré al sofá a leer … No, mejor me iré a la calle, que sigue siendo tan analógica como mis zapatos.


http://www.elcoloquiodelosperros.net/




       

lunes, 7 de marzo de 2011

HUECOS



Hay algo en los gestos, en la postura del cuerpo y de los pies, que hablan más de mí que de ella. Son huecos en la mirada de las manos, en los dedos que se posaban sobre las teclas, sin ser capaces de pulsarlas para evitar que el sonido de las cuerdas vibrara en la fotografía.
Posa en un vacío de sonido por salvar el eco de las fotos.
Posa en el silencio de los grises oxidados.

Los recuerdos tienen un espacio y una imagen, un lugar en la repetición, un hueco donde agarrarnos.
Estar delante de la fotografía me da la oportunidad de recordar. El pasado se esconde en el objeto y el objeto en ese laberinto del envase donde guardamos los sueños.

Qué es si no el pensamiento, sino el fragmento de atmósfera que ocupamos
irradiando recuerdos en forma de palabras.

La realidad es un escenario que diseñamos sobre el sonido de las palabras, sobre las letras unidas que crean una nube de fragmentos, sonoros y documentales, el nombre una vez más que viene hacia nosotros, el pensamiento en la voz de una imagen convertida en voz.

El diálogo no resuelve nada, la ausencia permanece y mientras tanto, el formato de mis sueños sigue siendo rectangular, como cromos y postales.

lunes, 28 de febrero de 2011

LUGAR

























No sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos.

                                           Ragnarök  (El hacedor, 1960)
                                       J.L.Borges


La imagen de esa fotografía la tenía en el recuerdo desde hacía tanto tiempo. Tiempo en el cual no le había hecho más caso ni dado más importancia que a la puerta batiente de cristales azules que cerraba el pasillo o al Ave María de cerámica iluminando las noches  del recibidor. Por eso estaba allí inalterada, perfecta, en el sobre de la infancia.

Fue después, cuando ese objeto-foto se convirtió, sobre todos los demás, en una imagen-lugar que recogía las ausencias y el linaje, cuando aquella casa dejó de existir en la familia y ocupó el espacio mágico donde las cosas se hacen infinitas, donde esto que fue, vuelve a ser infinitamente.

Y así creo una imagen para ordenar el mundo.

Y no sintió por ver la foto, soñó esa foto para explicar lo que sentía.







lunes, 8 de noviembre de 2010

BROCAL




Después de comer recogía y fregaba los platos, barría el comedor y fregaba el suelo de la cocina. La segunda vez en el día. Todavía habría una tercera después de cenar. Años después, él le echo en cara que había roto el suelo de tanto fregarlo, tanta agua y tanto frotar. El uso, el lugar donde más se pisa y se cocina… Cómo no fregarlo, no vamos a tenerlo sucio todo el día. Una vez, una vez al día basta ...

La hora de la siesta buscaba el lugar donde el calor fuera más llevadero. La cochera. El porche no, por las moscas. El sótano tal vez.

Luego, el tiempo pasaba en la cháchara de las vecinas, si venían, o en mirar por la ventana cómo caía el sol, el juego de los niños de la calle o el paso de la gente y de los pájaros. Y en dejar volar la memoria, su mala memoria, si no había palabras. Sentada en una silla próxima  a la ventana miraba a un punto donde se juntaran sus recuerdos, los de su niñez, su hermana muerta tan temprano, su madre muerta, su padre muerto que le habló, ella subida en el brocal de un pozo, “¿Qué vas a hacer?”, y que la hizo bajar.

En el fondo del pozo habitaban la calma y las caracolas.

Ella oyó la voz de su padre muerto, y bajó a la vida que le esperaba, siempre vestida de negro y llena de miedos. Salió de la casa aquella tarde en la que se vio tan sola, tan torpe, tan inútil y desvalida, sin su hermana, sin su padre. Aquella tarde en la que supo que solo valdría para servir en una casa, en la que vio su miedo ante los hombres, en la que supo que su cabeza se atascaba ante cualquier pregunta y no sabía que decir, en la que supo que estaba condenada a su vida.
A una vida que no le gustó.

Y lloró sobre la tierra. 
Y cada lágrima que caía penetraba en ella y se consumía.

Subió al brocal del pozo donde, al fondo, habitarían la calma y las caracolas. Las había visto en las paredes cuando se asomaba, y creía que todas salían de allí. Imaginó su cuerpo cubierto de caracolas que comerían su piel, sus ojos y su vida. ¿Qué vas a hacer? La voz de su padre era de color marrón, con el acento propio del campo. Su padre, el pastor, que hacía lo que había que hacer, no lo que gustara, el hombre duro y sumiso a lo que el destino mandaba. Si hay agua se bebe, si no, no. Si hay tabaco se fuma, y casi nunca había. Se comía pan macizo y duro, y queso hecho con la leche de las cabras, y si hay calor se suda y si frío te lo aguantas.

La voz no era un grito, una riña, era una pregunta. La oyó tan clara que se volvió hacia la puerta de la casa donde no lo vio, ni lo volvió a oír. Pero eso no importaba. Su padre le había hablado, le hacía una pregunta que tenía una respuesta, pero que ya no podía contestar ni cumplir. Bajó. Lloró todavía un tiempo. Esta vez las lágrimas mojaron la falda de su ropa, negra para siempre por un luto que duraría toda su vida, por sus muertos y por ella.

Y la vida no le dio nada más que lo que ella le pidió: un tiempo en el que vivir, un lugar en el que estar y ser útil y en el que nadie le preguntara por ella. Un refugio que le salvara del agujero negro del pozo, del agua oscura y las caracolas que comerían su piel.

Y ahora miraba por la ventana y oía las voces del los niños de la calle que jugaban, ahora que el calor iba bajando con el sol.