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martes, 20 de mayo de 2025

ARS LONGA

ARS LONGA

FRANCISCO JOSÉ SÁNCHEZ MONTALBÁN

Museo del Teatro Romano de Cartagena 

De mayo a octubre de 2025 

 

Texto para el catálogo

 

El tiempo de la espera.

Por Antonio Gómez Ribelles

 

El viaje del poeta parte

de aquel acontecimiento que lo elige

para después rodar a la búsqueda

de una palabra ausente que pueda nombrarlo.

 

Francisco Jarauta

 

 

Ante un concierto, frente a la música de los instrumentos, podemos tomar varias actitudes: cerrar los ojos para que el sonido no se vea influido y contaminado por otros sentidos, buscando la concentración máxima y que ninguna imagen musical pueda verse alterada; mirar atentamente a los músicos y al entorno próximo que les rodea, tal vez no al que toca sino a aquel que espera su parte, no perder lo complejo de la ejecución; observar al público, levemente iluminado y por la espalda o medio perfil, pero siempre con dificultad y disimulo; la conciencia de estar ante un acontecimiento y no querer perderse nada, y que lleva contradictoriamente a la pérdida, porque lo que se encuentra, lo que nos atrae, nos obliga a desatender lo demás. Prestar atención a un músico nos hará perderla a los otros, mirar un gesto de un espectador nos llevará a no atender a otras cosas que sucedan, mirar el techo nos llevará a las nubes... Es como la memoria que genera y necesita, o no, pero no puedes evitarlo, el olvido. Pero qué grande es lo recordado. La vista nos obliga a mirar, miramos y recordamos, pero se pierden los contornos como el mundo se difumina en los bordes de una cama durante la fase previa al sueño y solo viven las imágenes mentales, esas que no tienen fronteras ni límites. Sin embargo, atendiendo visualmente a unas cosas o a otras, en un entorno sonoro, el sonido de un instrumento está envolviendo tu mirada, nada de él se pierde, la música está dentro desde antes incluso de que empiece a sonar.

            Digo todo esto ante mis propias experiencias, que me las hacen rememorar las que Francisco José Sánchez Montalbán ha tenido fundamentalmente en Granada, en el contexto del Festival Internacional de Música y Danza, aunque no sólo, y en un desarrollo temporal que nos lleva a más de veinte años de fotografías en el entorno de ese festival, y que me ha hecho pensar mucho en la representación fotográfica de una experiencia eminentemente sonora. Es evidente que lo que el artista fotógrafo busca es visual, es más, constreñido a una técnica que se somete a la superficie, encuadra lo visible en formatos rectangulares o cuadrados, que detiene instantes de una realidad muy individual, un fragmento, no otro, alterándola de manera consciente y pensando, en el caso de Sánchez Montalbán, que todo acabará en una gama de grises al pasar las imágenes a blanco y negro. Necesita, pues, de una labor extra con la que poder poner en esas imágenes la conciencia de la música, dejar, ahora sí, que los sentidos se contagien y queden reflejados en el espejo de la obra.

 


            Lo documental ha quedado como raíz de toda la fotografía. Esa búsqueda de aquello que rodea nuestro mundo y que queríamos contar, quedó al principio en una mera presentación de nosotros mismos, vivos o muertos: tarjetas de visita, fichas policiales, carnets, o llevar lejos o traer las imágenes de guerras lejanas o culturas ajenas y que conservó ese componente de la pintura romántica que por más que los discursos artísticos, fotográficos, poéticos, hayan alterado las tendencias, se conserva en los géneros del acto fotográfico. Sánchez Montalbán lo conserva porque lo ha practicado, como fotografía documental pura, pero también como el retrato de los personajes que han definido y definen el flamenco, la poesía andaluza y la música clásica. Estamos ante este último campo tratado con esa raíz del documental expandido y extendido en el tiempo durante muchos años, pero observado con una mirada menos definitoria del acontecimiento y más tendente al indicio de lo que pudo ser o pueda llegar a ser. Reconozcamos que Sánchez Montalbán tiene un carácter, una lectura y una escritura poéticas que se basan en un elemento común a las artes pero mucho más a la poesía: el asombro. El ojo asombrado encuentra, pero el asombro ante lo cotidiano solo se consigue si se busca esa actitud. Las cosas no son extraordinarias per se, sino porque tú estás ahí, como el paisaje que no existe si tú no lo miras; no aparecen como imprevisibles por sus circunstancias sino porque así se ha construido la imagen.

            Todo es un problema de tiempo, todos vivimos inmersos en él, “como el fuego en la salamandra” (Tarkovski) y a pesar de esa idea constante de la definición de una fotografía como instante detenido, o archivos de memoria, estas fotografías van más allá por una concepción de las mismas que persiguen lo real del autor. La asistencia al concierto, la observación de todo lo que conforma esa realidad, las voces, las luces, el público, y el sonido de la música, crean el entorno que transforma al fotógrafo en algo muy distinto del reportero para convertirse en un artista que construye con todas sus capacidades sensoriales. Ahí se convierten en actores de la obra las ramas de unas plantas que se entrometen, las manos en el aire que repiten el eco del sonido ya escuchado, el que vibra en el aire y el que sonará siempre, las miradas cómplices que te sitúan en el espacio común, unas voces que están, no se escuchan, pero están, una luz que se oscurece o se refleja, un todo sensorial que no nos dejará ya de envolver. Y en esa envoltura saldremos del tiempo de la realidad, ese que queda detenido, ese instante fugaz, para encontrar lo real de Sánchez Montalbán, la creación que surge después de haberse integrado aquella realidad con la observación atenta, el encuadre, el disparo, con el trabajo de laboratorio. Estas imágenes son lo real del autor porque a toda aquella dedicación a buscar el momento se le suma la creación que surge después, cuando ya solo vemos la foto en la pantalla o el papel y la apropiación de todo lo que ocurrió se transformó en un arte poética de sombras dibujando el mundo. Pero también antes, porque en las fotografías del proyecto se nota que se busca el momento propicio, que el fotógrafo trabaja como el artista que es construyendo la imagen antes del disparo, basándose en las cosas que ya sabía, deambulando por la escena, viendo y escuchando con calma creadora. No se trata de la profesionalidad del autor que busca lo perfecto, sino de que los sentidos, todos, capturen lo que será. Estamos en el tiempo de la espera, ese que muestran en su mayoría las fotografías, y que compartió el autor con el público a la espera de lo sonoro, con finalidades distintas unas veces y compartidas otras. Hay un tiempo de espera y también hay un tiempo de la obra. El tiempo de espera fotografiado es aquel que sostenemos, no congelado, un tiempo que nos permite volver a verlo y vivirlo. Robert Frank decía: “Me gustaría que quienes ven mis fotografías se sintieran igual que cuando leen dos veces un verso”, y ese es el quid de este trabajo, leer varias veces. Además, el tiempo de la obra se vuelve eterno, y estas obras son nuevas, autónomas de aquella realidad de la que solo sabemos que estuvo ante la cámara, donde al “esto fue” se suma el “esto sigue siendo”, como sumar lo anterior al presente. En un universo donde los acontecimientos crean el tiempo, este fotógrafo no busca el momento decisivo sino algo mucho más sereno, como si fueran momentos íntimos de larga duración, fotos que guardan los minutos que pasan. Guardar, al fin, en el interior lo que transcurre exteriormente.

 


           

            “Una fotografía no es más que una superficie. En este plano bidimensional se presenta, con zonas de luz y oscuridad, y a veces color, una ilusión de profundidad narrativa”. Dice bien Teju Cole en este fragmento, y es cierto que de las imágenes fotográficas surgen relatos y del conjunto del proyecto nace un relato que será obligatoriamente una ficción, el territorio personal de Sánchez Montalbán, que nace y ocupa el espacio en torno a lo visible. La música tiene, es así su esencia, un desarrollo lineal, una historia y su evolución compleja. También el concierto antes y después de la música. La fotografía, como la poesía, permite la acumulación de fragmentos y no requiere la narración, la ilusión de narración. No identifica algo concreto excepto en los retratos, sino el contexto común, un contexto que, si bien se refiere a una construcción cultural, no creo que precise de conocimientos exhaustivos acerca de la música clásica o la danza, sino de la presencia de los festivales de todo tipo que se celebran en muchas ciudades. Cultura de nuestra sociedad vista a través de una lente, real y figurada, la de la cámara y la del fotógrafo, poseedor de unos conocimientos y de un lenguaje visual que le permiten este ensayo fotográfico de alto nivel emotivo y sensorial.

             “Lo artístico de una obra radica en lo que no está ahí, en lo ausente para alguno o algunos de nuestros sentidos” escribe Agustín Fernández Mallo. Lo sonoro se encuentra en los límites conceptuales difusos de estas fotografías, en el afuera, en el fuera de campo, en el fuera de ese silencio fotográfico. Una buena amiga siempre me decía que lo importante es lo que no sale en la foto. Lo decíamos mientras veíamos algunas fotos de álbumes familiares, donde no aparecen personas que estaban cerca de la escena, que quedan fuera por ser un encuadre parcial, por no querer, por ser el autor de la foto, y donde tampoco está lo que había de alegría o drama. Y el sonido. Pero no decimos pérdida. Lo real tal vez tenga que ver más con lo que está oculto que con los signos en la superficie, más con lo ausente, y más con los símbolos de lo sonoro que se refugian en el silencio. Más en lo ausente a los sentidos y que el espectador renueva como en la segunda lectura de un poema.

            Nada hay en estas fotos de casual, o fruto de la casualidad, no hay nada de disparo al aire sin controlar todo lo que aparecería en la imagen, por rápido que se pueda haber hecho alguna. Mantienen, cada una y en su conjunto, y en continuidad con sus otros proyectos, esa idea de espejo de la obra del autor donde se escribe la verdad, el espejo donde todos esos fragmentos, separados, reconstruyen una nueva realidad. “Por una parte, el sistema del mundo; por otra la red del lenguaje”, dicho en voz de Francisco Jarauta. En ese lenguaje de fotógrafo, artista y maestro que domina Sánchez Montalbán, superados los referentes indiciarios, manejados con perfección y rotundidad los signos de la imagen, todos se dirigen hacia los símbolos que superan semánticamente los elementos que escriben la imagen, símbolos de lo sonoro, de la música, símbolos de la proyección del autor sobre ella. No son solo la aparición de los instrumentos, como el piano, con todas sus virtudes visuales en las líneas curvas y los reflejos, tan potentes, también lo son los juegos de miradas, los ya citados elementos vegetales que adquieren la curva de sonido, las manos en movimiento demorado que tocan el piano y que mantiene en el aire sonando la música ya escuchada y su duración en la que vendrá, la concentración de los autores, y la espera a la ejecución, siempre la espera y el tiempo.

            Pero además de estos elementos figurativos, anclados a su referente, la abstracción también es posible, la presencia como protagonistas de elementos lineales, formales y de tono, la atención que se fija en el movimiento a través de una pensada construcción de los encuadres, los fundidos de ciertos elementos y personajes que alteran la referencialidad y contornos difusos también por la luz que se oscurece en el concierto. Y la limpieza de todas estas imágenes en su concepción y en su realización.

            Ars longa, como el tiempo de la espera.

 

 

martes, 6 de noviembre de 2018

LUGARES DEL OLVIDO


Por Francisco José Sánchez Montalbán



Texto publicado en el catálogo de la exposición de Antonio Gómez Ribelles del mismo título, celebrada en el Museo del Teatro Romano de Cartagena, entre octubre de 2018 y enero de 2019.








Lugares del olvido


Lugares del olvido es un ensayo sobre las estructuras de la creación y el pensamiento contemporáneo que busca en la memoria y en sus testigos un teatro intelectual donde proponer al espectador la experiencia de la contemplación sublime: la belleza de la ruina y la devoción kantiana del pensamiento emocional.

La exposición es un ejercicio coral, la construcción de un organismo complejo en un territorio capturado a los artesanos laboriosos de la pintura y a los de la fotografía. Es una cosecha arrancada, capricho a capricho, de los materiales nobles a la química precisa y al dibujo fiel. Y este agrupado orfeón de imágenes no hace más que asegurar las relaciones que el artista mantiene con la seducción por lo histórico, entendida como el certificado de lo bello en las iconografías y de las escrituras.


El pintor habla

Antonio Gómez es uno de esos artistas de metodologías diversas que mantienen un fondo estético común y uniforme en sus proyectos, y casi también en su vida. Es un creador que habla de la familia, de la casa, del territorio, de la memoria, del recuerdo y de los objetos que han tenido que ver con las vivencias y las historias personales. Utiliza todo este material referencial para sugerir y convocar un futuro interior y descriptivo; es decir, en su trabajo los elementos de la memoria son pasarela y tránsito para avanzar. En este empeño, desde un conocimiento experimentado de los materiales pictóricos, junto a la astucia para indagar en los nuevos soportes fotográficos, concibe contenidos supuestos donde el vínculo entre el gesto y el lenguaje artístico le permite revelar su paradójica identidad de un ser simbólico y empírico.

Su lenguaje pertenece a una generación de artistas que llegan al nuevo milenio con una enérgica madurez en los contenidos y en la voz de sus lienzos. El arte, en estos casos, es una herramienta de reorganizada modernidad, un arma y aparejo para el desarrollo cultural y el pensamiento transformador. Junto a cercanos proyectos anteriores como Había una casa, La traición de la memoria, Palabra-Lugar, Señas de identidad o En una caja de galletas, Antonio Gómez sigue planteando una interrelación global entre los conceptos tradicionales de identidad e individualidad, la vinculación con temáticas relativas a la historia y la naturaleza y el protagonismo presencial de la familia como figuración simbólica del testimonio y el documento.

Los frutos del brachychiton, semblantes antepasados, el aljibe o las proyecciones de una casa se confirmaron siempre en su obra como unidades semánticas en tanto continentes ubicados más allá del texto artístico y que se comprenden como una experiencia contextual y cultural.

La narrativa de Antonio Gómez es una resistencia al tiempo sin futuro, a la vorágine del agotamiento; no tanto por los valores temáticos que aseguran el acceso a unos alentadores contenidos sobre el pasado común, sino por el poder del ejercicio de devolución social, de reconexión cultural y de comunicación intelectual. En sus trabajos existe poderosamente la materia como conocimiento, la imagen como juicio. La filósofa Marina Garcés propone que el conocimiento es un modo de relacionarse con el ser, con el ser del mundo que nos rodea y con el propio y esta organización es sin duda lo que en el trabajo de Antonio Gómez posiciona los proyectos artísticos, plásticos y literarios, como aparato estético, pedagógico y transformador que le facilita ser parte de un sentimiento y de una intencionalidad de transformación del pensamiento artístico.

Quizá el beneficio de todo su trabajo sea la variedad de conexiones y transferencias entre los diferentes proyectos que se han ido haciendo más intensas con el paso del tiempo: escultura, pintura, fotografía, video, medios digitales de reproducción visual, música, poesía y narrativa, asoman en su obra como procesos exploratorios a la búsqueda de nuevas preguntas y respuestas. Por eso sus paradigmas son el de la creación abierta y el de los principios de la intersección entre ámbitos y disciplinas diversas; y en ocasiones su modelo de creación bascula también entre lo antropológico y lo histórico relacionando el pulso ideológico y cultural desde productos artísticos, multiculturales incluso, donde los códigos icónicos, iconográficos y semánticos se someten a una serie infinita de contaminaciones e hibridaciones.

El trabajo de Antonio Gómez es un acto de preocupación emocional que busca siempre estímulos nuevos, una astucia del sentimiento y del compromiso con la eternidad.


Tiempo

Sí, son fotos pintadas. Fotos del tiempo, trozos de un álbum rescatado de los antepasados, aquellos que sirvieron de testimonio, de adorno o de certificado de presencia, que se convierten ahora en elementos iconográficos que van más allá de su reconocido valor estético y documental.

Antonio Gómez asume la creciente corriente contemporánea interesada en la fotografía doméstica y en los álbumes familiares con el objetivo de construir un proyecto híbrido desde un experiencia personal con herramientas y discursos fotográficos y pictóricos. Así, esta acción sobre los testigos de su propio pasado, a veces desconocidos, se convierte en acto de exploración en el material visual de su propia familia y en la busca de un nuevo discurso sobre la identidad. La insistente incorporación de iconografías propias como las semillas de brachychiton, las lechosas trazas de brochas generosas a modo de sillares repetidos y ordenados, las tonalidades blancas y melancólicas, la líquida pintura que se convierte signo y materia, o la línea de un dibujo preciso, definidor y afirmativo en contornos destacados, colaboran en el discurso intervencionista y re-modelador de su narrativa visual.

Los retratos de los álbumes familiares son la clave de este proyecto. Los retratos del pasado son testigos simbólicos de una forma de vida, de pensamiento y de cultura. Dice Joan Fontcuberta que los álbumes ratifican la filiación patriarcal y la estructura molecular que se han ocupado de garantizar la supremacía y la transmisión de capitales económicos, simbólicos y sociales. Por eso estos retratos, ahora intervenidos, trascienden de su función primera, casi totémica, rompiendo toda condición social y jerárquica. No muestran una crónica familiar sino una nueva posibilidad de crear correlaciones sociales. Cada cuadro, entonces, formará parte de un ejercicio sobre el pasado revisitado, será un monumento a los objetos de la memoria aunque enfocados a una nueva conducta sobre la existencia, quizá sobre la propia autobiografía del autor ofrecida al espectador.

Antonio Gómez hace una arqueología sentimental en los rostros que reaparecen como pretéritos testimonios que explican una nueva mitología, una gravitas reformulada que vuelve a las paredes disolviendo al sujeto, como un pasaporte insuficiente para determinar la individualidad. La identidad se desvanece, es innecesaria y la forma velada se convierte en texto de un retrato colectivo por descubrir.

A pesar de la evidente referencia, esta galería de retratos no pretende defender la tradición y función del retrato pompeyano, descendiente de las imágenes funerarias que perpetuaban la memoria en la familia y en la sociedad; o transmitir las habilidades y posiciones barthianas donde la pose, el trucaje, el atrezzo, la iluminación o la fotogenia construyen la sugerencia o inducen a las connotaciones esteticistas y significantes. Igualmente, tras su rescate de los álbumes, no evocan un troppo vero ni el conjunto de circunstancias sobre el instante, la semejanza o la psicología interior, sino que en esta galería se presentan como partículas de tiempo, un ruido humano, de individuos aislados y anónimos que retratan un nosotros nuevo; de la misma forma que el pensador Byung-Chul Han cree que la colectividad contemporánea constituye una concentración sin congregación, una multitud sin interioridad, un conjunto sin alma, estos retratos cuestionan ferozmente las conexiones entre la realidad y el arte en una hibridación intelectual donde no interesa la verdad como testimonio, pero sí como fragmento.

El sentido, entonces, proviene del reprocesado apropiacionista y de una nueva significación. Y en esta combinación de imágenes e iconografías ya no hay retrato de individuos sino retrato del tiempo, del lugar y de la cultura en conexión con la idea del ser. Para el autor, estas imágenes, son una herramienta o una forma de entrar en discursos sobre la memoria, sobre la existencia o el descubrimiento personal o, como decía Marc Augé, una forma de existir a los ojos de los demás, una medida de la intensidad de ser. La memoria es entonces una propuesta significante lanzada al espectador, una sugerencia dibujada con la provocadora exquisitez de una lámina de Emilio Freixas que revela y desglosa un retrato líquido, poblado y narrativo; turbador.

Tras la mirada consagrada al espectador, como en la serie de retratos de Al Fayum del templo de Seshat, los iconoclastas retratos intervenidos de Antonio Gómez invitan a una oración múltiple que posicione los rostros en lugares de experiencia cultural, más interesada en ámbitos políticos, sociales o emocionales que en los meramente personales. Es, sin duda, una agresión a la inmortalidad o quizá un salmo a la alternativa.


Lugar

Lugar es el sitio de la identidad, el momento del signo y de la reciprocidad entre el yo y la experiencia. Lugares como Maratón, Ampurias, Teufelsberg, Segóbriga o el Campo de Cartagena son la coartada de un escenario de narración y de una mirada fragmentada sobre el territorio que aspira a generar un discernimiento renovado acerca de iconografías paralelas y relacionadas. En las afueras de Berlín, el Monte del diablo, la colina más alta hecha por el hombre, cúmulo de 16 millones de metros cuadrados de escombros, esconde tantos secretos como un túmulo de tierra de labor en el Campo de Cartagena. Ambos guardan tantos simbolismos y fuerza iconográfica como el tosco acueducto de Segóbriga, grieta de vida en un suelo olvidado y acre. Así, el deterioro de la tierra, la exploración en la historia o la acción del hombre sobre la naturaleza provocan una reflexión sobre la idea preexistente de lugar.

La clave de todo ello es la capacidad paradójica de las imágenes creadas por Antonio Gómez. Imágenes que refuerzan el discurso estético —empezado ya en las series compañeras— y que fundamentan su lenguaje con los mismos elementos iconográficos usuales en su obra. Se trata de veladuras pictóricas que dibujan sillares, bandas y secciones; de líneas de grafito que refuerzan los contornos o hacen aparecer nuevas formas sobre el fondo reinventando la dramaturgia del vestigio arquitectónico, del paisaje o del falso paisaje.

Para Antonio Gómez Lugar es una metáfora que le permite afrontar visualmente un ensayo sobre la memoria, donde lo real se hace presente cuando aparece mezclado con lo imaginario. No siempre son fáciles las relaciones entre lo espurio y lo natural; de ahí que el artista se comporte como un agente transformador del territorio procurando que dos realidades entren en conjunción desde una óptica renovada; esta capacidad transformadora no es otra que la de proposición de un emblema que trasciende de la inocente retórica documental a una retórica de la disertación erudita, que en la línea crítica sobre el valor de las imágenes de W. J. T. Mitchell, permite asumir una relación social, conversacional y dialéctica con el observador. Quizá por eso, pueda apreciarse cierto efecto científico, de distancia y de meditación sobre los paisajes y las construcciones.

En esta parte del trabajo no hay figura humana. Es un escenario narrativo que paradójicamente no le pertenece. Las imágenes están protagonizadas por túmulos, construcciones y colinas artificiales que contienen valores de considerable profundidad cultural tanto en el perfil analógico de las formas como en el discurso metafórico de sus iconografías y en la extendida interpretación del pensamiento histórico y geográfico. Las panorámicas han sido fragmentadas en modulares ritmos que contrastan con el tiempo parcelado, descompuesto, congelado, quizá, creando un nuevo fenómeno documental, como un acto performativo generador de la ficción de un modo de entender el mundo y de relacionarse con él. El insólito documento es una nueva forma de pensamiento, un mosaico de teselas conectadas entre las arquitecturas del pensamiento y las intervenciones en el espacio natural; ambos, espejismos apócrifos de las verdaderas montañas, o de un verdadero rio.


Objeto

Objeto es el registro del encuentro con las formas y las cosas, con las huellas del pasado. Objeto es la acumulación de postales del tiempo; una misiva de la arqueología de la memoria que se despliega en hojas y tablas confeccionadas a partir de la fotografía, el collage o la intervención pictórica. Es un turismo material involucrado con el souvenir, con el recuento de substancias que vuelven tangible las costumbres y los recuerdos. Pero Antonio Gómez no ofrece una cacharrería arqueológica sino que crea este conjunto de tarjetas prefabricadas e intervenidas con la fórmula de los álbumes de estampas e ilustraciones característicos en el siglo XIX, donde se apela a la categoría estética de lo pintoresco como un legado representacional que concierne a la pintura, a la fotografía y al dibujo. El artista lo trabaja como en una falsa veduta veneciana, apuntando, señalando y resaltando con el grafito o gruesos trazos de pincel señas de pretérita identidad, o la armonía que domestica lo desconocido y reorganiza lo desestructurado.

Los cuerpos y los organismos representados vehiculan en este nuevo orden el sentido en sus formas y en sus presencias. Proyectan una emoción y el deseo de preguntarse por su razón de ser y por los significados que poseen. Así, cada una de estas tablas proporciona un canon mediador entre las iconografías consagradas por el tiempo y las recompuestas por el artista.

En este empeño, Antonio Gómez ofrece páginas arrancadas de un imaginario bloc de dibujo, de un simulado cuaderno de viaje, para defender el surgimiento de un puzle sobre lo sublime, de una ciencia que no conmemora sino que provoca y estimula la visión romántica de la ruina, el gusto por los fragmentos y las nuevas realidades que surgen de su dibujo, como una naturaleza irracional que emerge de entre las piedras y crece trepando columnas y efigies.

Las tablas narran en primera persona la experiencia misma e interior de la contemplación del infinito, como lo hace El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich, mirándose a sí mismo ante la inmensidad, pues cada intervención sobre las estampas es una apología a la belleza, un elogio a la grandeza de la escala, una afirmación del recorrido histórico, un afecto a la mirada reflexiva, un manifiesto al laberinto de elementos fragmentados de repertorio formal clásico: trozos arquitectónicos, túnicas, anatomías, rostros, motivos ornamentales, … y los ojos.

Mimetizado con representaciones de sillares que se integran como parte de un nuevo paisaje y como una forma de apropiación de las ruinas a la vida y al pensamiento cíclico contemporáneo, encontramos la representación de espirales como huellas dactilares de Arquímides, Descartes, Durero o Fermat que se convierten en organismos líquidos, en pétreos logaritmos que, entrelazados en el caduceo de Hermes, hablan, como propondría Zygmunt Bauman, de una sociedad que se halla atrapada en una especie de móvil perpetuo.


Relato

El discurso preexiste en la imagen de las palabras, en las ideas y en los sitios; el relato reside en los pensamientos y en la verdad del tiempo irreal y abstracto, en un tiempo simbólico y generalizador. Como en un espejo, las imágenes y las palabras evidencian una realidad duplicada, en acordes. Por eso, la razón profunda que subyace a las tablas enceradas que forman esta serie no es otra que una posición sentimental de las fisonomías, de los fragmentos y de las circunstancias entre el discurso vivido y el discurso visual.

Relato es un compendio de objetos que hacen protagonizar el material y la forma como sistema narrativo. Postales de Ampurias, Leisner, Segóbriga y el Teatro de Cartagonova forman un grupo de rúbricas de crudo papel donde la fotografía, los recortes de cuadernos y el lápiz canalizan la expresión ante el choque de los materiales.

El resto de pliegos de la serie, como composiciones de postales, recortes y fotografías, fusionan los restos del recuerdo y de la experiencia a modo de evidencias o de pruebas sobre la emoción. Pero todo es papel, materia que habla.

A modo de las tabullae ceratae romanas —unidas formando una especie de libro y en las que se escribía sobre la cera blanda— las tablillas de cera de Antonio Gómez forman un conjunto de relicarios que contienen las verdaderas raíces de su discurso visual relativo al territorio y al olvido. En ellas se condensan las razones últimas de la expresión gráfica que propone un inventario testimonial que conserva en el tiempo la memoria de las experiencias más gozosas y contemplativas. De nuevo, el grafito y la plata fotográfica juegan al tornasol de las historias híbridas y entremezcladas entre el dibujo y la escritura, aunque quizás ambas hayas sido siempre la misma cosa.

Como en las páginas de una libreta para el relato sobre el orden y la estructura de las cosas, las huellas del procedimiento portan la microhistoria en cada duplice. En ellas se  manifiesta la fortaleza estética de materiales naturales como la cera, el papel y la madera que añaden elementos sensoriales y táctiles al relato. El relato se escribe con materia. Es un relato-objeto.

En los Lugares del olvido hay un fotógrafo que dibuja, hay un pintor que escribe y hay un artista que habla y que traduce las agrestes batidas del tiempo en océanos de conmemoración. La aventura arranca directamente de una memoria anfibia que cohabita en las atmósferas fragmentadas del tiempo y en la fronteriza amargura de ser lugar y substancia. Desde esta paradoja Antonio Gómez nos propone un desplazamiento por los parámetros de tiempo, lugar, objeto y relato como secciones de un discurso vinculado a la idea de que en la herencia personal se descubre el paisaje colectivo, como una forma de identidad, de cultura y evocación simbólica.



Francisco José Sánchez Montalbán