miércoles, 27 de abril de 2016

CARMEN PIQUERAS EN LA MONTAÑA MÁGICA






CUATRO FOTOGRAFÍAS PARA UNA POETA.

Presentación de Carmen Piqueras en la Librería La Montaña Mágica.
Cartagena, 23 de abril de 2016



Foto I

Una niña se agarra a la reja de una puerta de hierro. No tiene edad para recordar, ni para recordar siquiera esa foto. Alguna cosa sí quedará grabada para siempre; pero sus ojos parecen decir que su memoria será especial, que todo quedará guardado, muy poco para el olvido, sólo lo superfluo. Por eso perderá cosas pero hablará siempre, toda su vida, de lo importante. Acercará su alma al alma de las cosas y los recuerdos, aquello que fue y que escrito será por siempre. Como que cuando nació ya lloraba como una mujer.



Foto II

La niña es rubia. Se sienta en la cama acunando a una muñeca en sus brazos. Sonríe junto a su hermano.

Pronto dejará las muñecas y se sentará a esperar que pase Aladino por la ventana de su habitación, la habitación que es torre y castillo. Pugnará con su hermano por un ejemplar de Las 1001 noches y leerá, hasta que sepa escribir del alma de las cosas.



Foto III

La poeta se sienta en la playa, cerca de la torre que es castillo. La vemos de espaldas y ella mira el mar, esperando. La gente que mira el mar siempre espera algo: la luz, la paz, que lleguen los bárbaros o las palabras para contarlo.

Ella mira, recuerda y escribe un poema sobre la fragilidad de los días azules, sobre derrotas y sueños, nación y oficios.

Con los bolsillos llenos
de nada a raudales,
con las manos tristes.


Foto IV

Se ve un mapa.

En los mapas hay caminos, hay hitos, marcas, peligros y calaveras. Están rotos, faltan trozos o se superponen dibujos; nada hay peor que un mapa dibujado varias veces. Al final todo se llena de dudas y errores. Pero esto pasa por leer cosas que no te pertenecen. Los mapas son de quien los dibuja, podrán ser verdad o mentira y ambas cosas nos enseñan lo posible.

Se ve la mano de Carmen, dibuja una línea que lleva a una cruz, luego otra variante que lleva al mismo sitio, y otra… Marca una X en el camino, otra a un lado, cortes, puentes.

Ahora ya puedes leer, ahora ya sabes que todo es verdad.



Antonio Gómez Ribelles


Carmen Piqueras ha publicado hasta el momento los libros Oficios de derrota, I Premio Dionisia García de la Universidad de Murcia, 2004,  y Nación del sueño Ed. Raspabook, 2014.





sábado, 16 de abril de 2016

LA NOCHE DEL INCENDIO

Ilustré un poema de Antonio Aguilar con once fotos. El guardó mis fotos en una caja, las cajas que guardan cosas para siempre. 

Trece fotógrafos el trece de febrero sobre trece poemas.

Hermoso.

http://lanochedelincendio.blogspot.com.es








DESAYUNO






                         Desayuno



                                           Ella compró dos tazas para el desayuno.

                                           Iban envueltas en papel

                                           como el mejor de los regalos.

                                           Sobre la mesa, en la cocina,

                                           una mañana de domingo.

                                          Que nada las rompiera.

                                          Se dijo.

                                          Que nada las rompiera.





                                          La noche del incendio
                                       
                                          de Antonio Aguilar

                                          Huerga & Fierro, Madrid, 2015



















jueves, 11 de febrero de 2016

ORIGEN-ALMAGRA 30 AÑOS



El grupo ALMAGRA lleva 30 años exponiendo desde Mazarrón. Los cuatro componentes, Isabel Guillermo, Marcos Gómez, Luis Marino y Tomás Raja, celebran esa treintena con la exposición ORIGEN. El texto que sigue lo escribí para el catálogo de esta celebración.




LOS PASEANTES
Por Antonio Gómez Ribelles

El paseante camina con la vista a una altura que eluda el horizonte. Tan cerca del mar esa línea se hace frontera y tierra adentro desaparece. Así que mira el suelo a cada paso, o al monte que contiene las minas. Hace tiempo encerró en ellas una caja de recortes, notas, fotos, pequeños dibujos… Ahora busca el lugar exacto por un laberinto de caminos invisibles y no lo encuentra, pero tampoco parece perturbarle no hallarla, ni esa ni otras, sabe que la memoria caduca y que aquello probablemente lo defraudara. El artista establece el contexto del recuerdo y eso que parece ensimismamiento en realidad habla a los demás del poder para transformar; Así que sigue paseando. De vez en cuando excava en la tierra roja, como si buscara los restos de un naufragio en el almagre o la piedra desde donde empezar de nuevo. Si cree encontrarlo y lo mira y lo levanta, lo transforma en otra cosa, algo que estaba allí para aparecer por su acción creadora. Y piensa que el origen era eso, hundir las manos en la tierra y rescatar lo más pequeño y poderoso y llevarlo a su terreno. Encontrar palabras que definan, o que expliquen, palabras que fundan el aire y el mar con la distancia y el óxido. Así el artista como su memoria.

Los territorios tienen claves que marcan más que los recuerdos, caminos recurrentes,  leyendas de infancia, piedras enterradas, algo que va más allá de la visión. Decir que todo se halla en la mirada sería tan parcial como que todo fuera literatura. La realidad hay que buscarla y salvarla continuamente, reduciendo la distancia cada vez mayor que la separa del hombre con los medios necesarios, y eso puede estar en el espacio artístico o en el tiempo poético; o en las palabras que rodean una mesa.


Son cuatro los paseantes; cada uno desde su esquina busca el origen en los paisajes transformados o desaparecidos, en las cajas enterradas y en los nombres insinuados y perdidos. Buscan un territorio en el paisaje que ya no es naturaleza, un mundo pequeño, a escala del paseante, a escala humana. Los ídolos territoriales se convirtieron hace tiempo en palabras que fluyen entre ellos. Se sientan en la playa bajo el faro, a la orilla del mar y del desierto, como quien sigue esperando a Ulises o a aquellos que fundaron esta ciudad y traen algo, un cuadro, un fragmento, un trozo de pasado a veces convertido en palabras transformadoras, algo cuyo significado no habían comprendido hasta llegar a esa mesa. Los cuatro paseantes, con la ropa manchada de almagra se escuchan y se dejan llevar por treinta años sentados en la playa de Mazarrón esperando a Odiseo.




lunes, 9 de noviembre de 2015

LAS AGENDAS DEL OLVIDO. Mª José Villarroya

Lectura realizada en el Museo Arqueólogico LOS BAÑOS de Alhama de Murcia, el 6 de noviembre de 2015.

Gracias por el regalo.







CLAUSURA DE LA EXPOSICIÓN “En una caja de galletas”.

Quise escribir un poema, como los que escriben quienes aquí están. Unos versos sobre la memoria y el olvido. Y las benditas cajas de galletas donde se guardan lo que ya nunca será. Y elegí para comenzarlo una cita de Juan de Dios García “Memoria es el país de donde llega siempre la tristeza”. Pero no pudo ser. “Terminaba tan triste que nunca lo pude empezar”
Así que, volví a lo mío. Y elegí hablar de otro tipo de olvidos: el de las agendas.



Las agendas del olvido

En una tienda de mi barrio venden agendas para anotar aquellas cosas que se quiere olvidar. Y parece un negocio rentable.
Al principio las agendas se amontonaban en un rincón. Se escondían junto a los libros de saldo, como si el dueño de la tienda anduviera pidiendo disculpas por su presencia. Una de esas cosas de las que uno casi se avergüenza. Un error cualquiera.
Por eso mismo, por error, la compró Obdulia, la peluquera del barrio, sin saber qué compraba. Tenía intención de  romper con el cartero. Estaba harta de un novio que, entre las facturas que cada día llevaba a su buzón, nunca deslizara una carta de amor. Dicen que apuntó en la agenda la hora a la que había quedado una tarde para devolverle las cartas que él nunca le había llegado a escribir. Pero olvidó acudir a la cita y, en la tarde convenida, que nunca recordó, aquella tarde en que pensaba acabar para siempre, con seis sencillos whatsapps, el cartero y Obdulia pusieron fecha de boda. 
Debió contarlo en la peluquería una mañana gris de noviembre porque seis de las clientas de Obdulia acudieron a comprar una agenda de olvidos a la tienda de mi barrio la tarde de la misma mañana gris. Y empezaron a apuntar las citas y recados que no deseaban recordar.
Se sabe que Rosario anotó la cena con las antiguas compañeras del colegio con las que una vez al mes en el restaurante francés compartía todo lo que nunca tuvieron en común.
Mariana y tres madres más faltaron a la reunión en el colegio de la Consolación. Y la señorita Lucía, a quien llamaban caracaballo,  las echó en falta por ser de las mamás habituales. Tampoco Cristina pasó a ver a su suegra, tal y como su marido había convenido.
Y al volver Manuel del instituto, tuvo que sacar la ropa sucia de toda la semana y recoger del suelo sus zapatillas de deporte, asombrado de que su madre no le hubiera ordenado la habitación como cada jueves.
Después compraron agendas del olvido todas las aburridas amigas del colegio de Rosario. Y nunca más las volvieron a ver cenando juntas una vez al mes, compartiendo humo, en el restaurante francés de Camille, junto a la peluquería de Obdulia.
Algunas de las amigas de Cristina compraron también agendas y dejaron de visitar a las suegras. En los últimos meses hay señoras de avanzada edad jugando al mus sonrientes con caballeros jubilados en el hogar del pensionista, a las habituales horas en que aguardaban la visita de sus nueras para repasar el estado de todas sus dolencias y sus males.  
Y la señorita Lucía, la caracaballo, compró una remesa de agendas como regalo de Navidad para sus compañeros del colegio de la Consolación. El segundo trimestre los alumnos recibieron las notas sin que nadie se hubiera acordado de corregir los exámenes.
Dicen, aunque no está demostrado, que ahora Manuel escribe notas en la agenda de su madre antes de salir para el instituto. En ellas le recuerda las cosas que una madre no debe hacer por su hijo. Desde entonces, no ha vuelto a ordenar su habitación ni a poner la mesa porque su madre siempre olvida lo que no debería haber hecho jamás.
En la tienda de mi barrio hace mucho que las agendas ocupan lugar principal en los cristales del escaparate. Las chicas las compran de muchos colores para escribir en ellas los nombres de las amigas que las defraudaron. Las amas de casa, para apuntar con primorosa letra los sueños que nunca cumplirán, los secretos que cuesta trabajo guardar y los amores furtivos que nadie debe conocer. Los hombres de negocio anotan reuniones a las que no quieren acudir y facturas que no podrían pagar. Hasta los resultados de encuentros que sus equipos no debieron haber perdido. Los alumnos de la Consolación escriben los deberes que sus maestros ya no recordarán corregir.
Y a don Ramón, el párroco, le han descubierto una agenda en la que todos los días del año repiten un nombre de mujer, el nombre de esa muchacha que cada día acude a misa de primera hora de la mañana. Está convencido de que esa es la única manera de apagar esos ojos inmensos que lo persiguen cada noche y que no tienen otra cura que no sea el olvido.


Mª José Villarroya Durá
6 de noviembre de 2015

sábado, 3 de octubre de 2015

LA CAJA DE GALLETAS.

Poema de José Luis Martínez Valero, homenaje al título de la exposisión
















LA CAJA DE GALLETAS


Yo tuve el mundo
en una caja de galletas,
cuya marca ya he olvidado.
Allí puse todo lo imprescindible
para este viaje.
Durante años la conservé,
bastaba abrirla
para que volviesen aquellos tiempos.
Debió perderse en un traslado
o quedó abandonada entre los trastos.
Hoy recuerdo la caja de galletas
pero no recuerdo lo que guardé.



 José Luis Martínez Valero