viernes, 5 de mayo de 2017

QUIROMANTE



Texto del gran Sebastián Mondejar para la exposición Quiromante, que estará en VERBO Estudio, Murcia, durante el mes de mayo de 2017 y que muestra las imágenes del libro del mismo título.







QUIROMANTE

 A Antonio Gómez Ribelles

Hay que avanzar y perderse por un camino de símbolos y falsas señales para lograr aproximarse a las verdades esenciales.
[ABEL POSSE]

¿A qué estamos cosidos? ¿A qué asimos nuestras vidas? ¿Cuáles son las costuras por las que nos asomamos al mundo y a nosotros mismos? Desde muy joven he tenido la sensación de que somos recortes de otra realidad, que formamos también parte de un collage en un mundo al que no pertenecemos: el mar y el cielo al fondo, nuestras figuras en primer plano, como oquedades que hienden el azul y dejan entrever otros lugares, tan frágiles, finitos o infinitos, lejanos o cercanos como el que habitamos a diario: el mar, la tierra húmeda, la luz peinada por la brisa cálida o el silencio que todo lo atraviesa.

Hay quien pregunta o clama al cielo, quien ve en la oscuridad y quien adivina el porvenir mirando las estrellas o los posos de café. El quiromante se aventura en las manos, recorre sus líneas, sus anillos, sus campos y sus montes. Descubre en ellas lo escrito y lo no escrito, el lugar y el vacío, las huellas y señales que él mismo imprime con sus pasos, sus gestos, sus ojos, sus propios pensamientos. Se adentra en las manos y sabe que son las manos las que se adentran en él. Lee en las manos porque las manos leen en él. Vislumbra los rostros de quienes ya no están; lee árboles y ríos, montes y cielos en los que nunca estuvo, pero que lo atraviesan y ciñen como ropas de las que no puede despojarse. Sabe bien que no son suyas, pero sabe también que de algún modo él les pertenece, es parte de esa piel, de esa textura, y se apropia de ellas, se entrega a ellas, las interpreta, las inventa, les da cuerpo, alma, ritmo, forma y color, olor incluso, les pone nombre y música... La palma de una mano es para él un mapa transparente por donde se asoman los paisajes, los bosques, la lluvia, los ríos y los vientos. La palma de una mano abarca y sostiene el universo entero, el tiempo y el espacio. Las manos son los pilares de la humanidad y la unidad de medida del mundo. Serían innumerables los movimientos, esfuerzos, labores y ejercicios de toda índole que las han ido modelando... Mano del hola, mano del adiós, manos enlazadas, levantadas, en reposo, sobre el pecho, sobre unos hombros, rodeando una cintura... Hay un lenguaje propio, implícito y explícito de las manos que es también forma y danza y escritura; pero, aparte de su magnetismo, su energía creadora y regeneradora o su atávico y complejo simbolismo, el quiromante también percibe en ellas señales que van más allá del lenguaje propio de las manos.

Al margen de su demostrada solvencia profesional y de la longitud o amplitud de su trayectoria artística, conozco pocas obras tan personales, concienzudas y coherentes como la de Antonio Gómez Ribelles; y menos aún que vayan acompañadas de una producción literaria (y no sólo literaria, pues Antonio es un artista multidisciplinar) plagada de poemas, micro relatos, citas, epigramas, reflexiones y múltiples correspondencias que actúan, también, a modo de grafías y pinceladas sobre esas otras partes del lienzo o de la lámina que no están en el lienzo o en la lámina, sino en zonas tan silenciosas, secretas e intangibles como la conciencia, la imaginación o el propio conocimiento. Parafraseando a Valéry, en cada imagen, en cada poema, en cada página del libro que hoy nos presenta Antonio comienza algo que sólo está ligado a la imagen, el poema o la página anterior por el objetivo último, siendo cada uno de ellos un frase continuada dentro de otra frase principal. Antonio acomete su obra toda, pasada, presente y futura, poniéndose enteramente a su servicio y sirviéndose de los resortes y mecanismos de su pensamiento. La memoria (o lo que queda de ella), la ausencia, la oquedad, el vacío y la nada configuran gran parte del espacio de estas ventanas abiertas de par en par desde el interior más íntimo y oculto del artista, por las que voluntaria o involuntariamente asoman fragmentos rescatados del silencio y el olvido, añicos de un pasado que late aún en sus restos, como vestigios de su propia destrucción.
Retratos, trazos, sombras, palabras, reservas y veladuras se suceden en la partitura general de la obra artística de Antonio, en cuyo tiempo y espacio propios, como los silencios en la música, el desconocimiento y el olvido tienen su lugar preciso y su nomenclatura, revelando espacios que subrayan lo desconocido y constatan las contradicciones, la lucha entre la evidencia y la apariencia. Cada imagen, cada espacio y cada signo están ahí por unas razones que tal vez no nos pertenecen, pero que hacemos natural y fluidamente nuestras, sumando a sus significados todo lo que nuestros sueños saben, nuestras vigilias ignoran y nuestras conciencias conciben, eligen, descartan e interpretan.


Sebastián Mondéjar

Murcia, 5 de mayo de 2017







martes, 7 de marzo de 2017

TODO SERÁ RECUERDO


Todo será recuerdo es un poema de imágenes que escribí y pinté ex-profeso para ser publicado en la revista El coloquio de los perros, en su número 28, cuando era una web.

Dado que en su formato actual, no puede recoger todo el material que se publicó, quiero que quede aquí. Es un trabajo, los dibujos, que se ha expuesto en varias ocasiones posteriores, y que aparece con los poemas en el catálogo de la exposición La traición de la memoria. http://wwwe.cartagena.es/invitacion/agomez.pdf






Todo será recuerdo




Los objetos se convertirán en extensiones lentas de mi personaje,
receptáculos de la memoria con su mismo valor,
elementos biográficos, llaves para vivir, señales de paso
grabadas en las paredes de los cuartos, en los árboles de los paseos.
Puntos fijos.

El pasado se ocultará en un objeto, su presencia evocará presencias
y las cosas ocurrirán por segunda vez en ese espacio que llamamos memoria.

















He cortado la fotografía en fragmentos regulares.
Apenas queda una mano que mece sonidos sobre el teclado,
como aquellos que oía tras los cristales de alguna ventana, sentado en la galería de geranios.
Una huella de gato casi pisa el pie de la niña y mis pies inmensos de atardecer.

Yo, que acuno palabras sobre el papel.









El espacio entre los dos es tan breve como un cesto de tiempo lleno de agujeros.
He dejado un hueco donde habita lo posible, la ausencia,
esa que dirá más de mí que mi historia.
Palabras, imágenes,                  formas de estar en el mundo.
Y entre el tiempo y el espacio hay un lugar donde camina la mirada,
y entre los recuerdos queda el olvido, el necesario filtro borgiano gracias al cual
comprender el mundo.
Quizás en el hueco, entre la imagen y la escritura, habite el conocimiento.
Aunque nos haga daño

Hay espacio entre palabras.
Hay silencios que rodean los cuerpos.
Láminas de tiempo entre las fotos.





La fotografía era un objeto que acogía, como si en vez de contener un instante aislado, algo se hubiera construido en torno a ella, en fuera de campo, un aire imposible de definir que era capaz de dotar de verdad a su linaje.
Una imagen de la que salieran lo hilos necesarios que anudaban, como si con ellos tuviera la posibilidad de reordenar el mundo.





Dos hechos se acercan.
Dos cuerpos se funden y se mudan,
cambiantes.
Un objeto manda
en el aire que le envuelve.

Riman mi cuerpo con el tuyo
en el mapa de lugares y cosas.
Riman imágenes ligándose en contrapuntos
reordenando el mundo,
escribiendo recuerdos en forma de palabras.

Cuál es el precio del pasado,
qué son los frutos abatidos,
el sonido sin aire que surge del piano
a través de los cristales y los pies cruzados.
Soy lo que soy
viviendo dos veces lo que vi,
y lo que es tan solo mi memoria.






lunes, 14 de noviembre de 2016

DOMENICO GHIRLANDAIO


En junio de este año Salvador Torres y yo dimos una conferencia en el MURAM sobre seis pintores que titulamos "Acerca del artista". Formaba parte de las actividades de la exposición La luz, el eco, y cada uno eligió a tres artistas por razones absolutamente libres. Los míos fueron Domenico Ghirlandaio, Richar Long y Anselm Kiefer. 

Publico los textos que formaron parte de esa conferencia. Uno de ellos ya lo publiqué en otra entrada, pero lo publico de nuevo para que aparezcan juntos.








         DOMENICO GHIRLANDAIO







Has muerto Giovanna degli Albizzi Tornabuoni. Santa María Novella acogerá tu cuerpo. Llorarán por ti durante días, rezarán todas las semanas durante cien años en la capilla que construirán en Cestello los Tornabuoni, Giovanni, tu suegro, y Lorenzo, tu marido.

Los Albizzi importan menos, ya pagaron tu dote, llorarán más por su hija perdida y por lo ganado perdido, pero de ti hablarán los receptores de la belleza.
La muerte ronda a los Albizzi y a los Tornabuoni como a toda Florencia, la muerte llueve, todo lo que puede tocar lo moja.

Doménico fue llamada a la presencia de Giovanni Tornabuoni: “Pintarás en Santa María Novella los frescos de mi capilla. Pintarás en ellos a Giovanna, la ascenderás por encima del altar a lo más alto de la nobleza. Somos, será ella Tornabuoni para siempre. Toma las medallas de Nicolo Fiorentino, estudia los frescos de Boticelli. Busca el parecido, pero eso no importa tanto, será ella. Busca el coral rojo, las perlas, los símbolos sagrados; o no, los símbolos, quiero que sea la belleza y la virtud, el amor y la nobleza. ¿Qué tiene más nobleza que la belleza?¿Qué es más sagrado que la nobleza? Ella estará a la altura de la Virgen, y hablará de esta familia mejor que mi hijo Lorenzo. Retírate Doménico: pintarás los frescos y a ella por encima de todo. El arte no es inocente, que sea testimonio de nosotros.

Doménico piensa en la historia, en la sociedad que quiere verse reflejada en la pintura, que quiere ver en las formas claras del arte sus valores ideales, verse a sí misma y tomar conciencia de su sitio en la historia, culto, elevado. Doménico piensa que no tiene que cambiar las cosas, que el arte tiene que ser documento y testimonio. Lo hará. Mirará los frescos de Boticelli, pero no su manera, porque lo considera un esteta un poco arcaico, todo ideal, y él no quiere ser ni idea ni fenómeno. Seguirá el perfil de la moneda de Fiorentino, tan noble, tan romano.

Lorenzo Tornabuoni, viudo todavía desconsolado de Giovanna, llama a Doménico. He visto los frescos de la capilla que te encargó mi padre. Quiero su retrato, quiero que esté en mi palacio, en mis estancias. Quiero que esté allí y sea todo, que de él salgan los hilos que mueven a esta familia. Ella tiene que ser el centro del mundo, recuerdo y modelo. No importa su origen ni el poco tiempo que estuvo entre nosotros, la muerte tan pronta la salva de todo, será así para siempre, ninguna actuación la afectará, excelsa, digna, intocable. Quien sabe si a mí me pasará lo mismo. ¿Lo entiendes, Doménico?. La quiero así en mis estancias, igual que en la capilla. Allí la ve el pueblo, aquí la veré yo y mi familia siempre. Nuestra boda la disfrutó toda la ciudad, una boda aristocrática, todo el pueblo conoció su encanto y su belleza, y todo el pueblo la lloró. Se hablará de ella como Giovanna Tornabuoni. No quiero sólo un retrato, quiero algo más, quiero el César, la reina, el honor y el orgullo de esta familia. Y ahora Doménico, como dicen los Médici, “Festina Lente”.

Doménico camina de vuelta a su taller y se afirma en su idea del arte como documento y testimonio. Pero ¿qué historia contarán estos cuadros? ¿La historia de quién, del pueblo o de los grandes mecenas, del poder? No deja de incluir los personajes reales en las obras religiosas, pero duda que sólo ellos sean la sociedad. Pero es dócil. Alcanzado su lugar será dócil con sus mecenas, a favor de su tiempo, pero no para cambiar el tiempo.

El cuadro cambiará de manos y perderá el aura de los Tornabuoni cuando Lorenzo pierda su cabeza decapitado en el Bargello pocos años después. El aura de los cuadros también se pierde cuando desaparecen de su lugar.


Hoy yo veo el paralelismo del retrato de Giovanna con el retrato fotográfico que mi bisabuelo encargó a un fotógrafo de su hija, pocos meses antes de morir con 9 años. Una historia igual de triste más de cuatro siglos después. Una foto que ampliada y enmarcada en una vitrina presidió, hasta que se deshizo la casa, la vida de la familia, y después la de mis abuelos. Una niña fallecida sin apenas haber dado nada más que su presencia, contenía los hilos que marcarían lo que es esta familia. Yo conocí la foto en mi infancia y luego la transformé en un cuadro casi otro siglo después de hacerse. Un cuadro que recogiera toda esa nobleza, ese sistema de relaciones, esa presencia. Una fotografía y un cuadro que contienen en sí el conocimiento, reflexión, idea e historia, familiar, pero historia. Las autobiografías se escriben rebuscando la memoria y los detalles que nos muestran lo que fue verdad. La foto muestra lo que fue verdad en un momento, pero su mantenimiento entronizada tras los años habla de más cosas, cosas que llegan hasta mí. Para ser luego en el futuro.







RICHARD LONG



Túmulo en el campo de Cartagena.




      A veces creo ser Richard Long recorriendo este paisaje, recorriendo un paisaje neblinoso, húmedo, recogiendo y plantando esas piedras hasta que se acabe el día. Empecé temprano, siempre se empieza temprano, sea la hora que sea, cuando por fin estás despierto. Subes siguiendo marcas o sendas y te das cuenta de que nada es nuevo, de que eres un imitador de aquellos que dibujaron en el suelo la línea que haces caminando, para que no se borre. Una búsqueda que hoy sí sabes dónde te va a llevar; así que lo que busques no estará en lo repetido, sino en la conciencia del tiempo.

    Ya sabes la teoría: repito el paseo, viviendo a los paseantes, tanto da ser Thoreau como Walser, Long o Fulton, me sumerjo en un paisaje caminando, las piedras, los hitos en sí no importan, importan los actos que te relacionan en igualdad a todas las partes. Y el espacio entre las cosas. Como el espacio entre las palabras que nombran la realidad, el espacio entre las piedras y el espacio que invado y me sumerge. Así que recorrido, todo es paisaje, desde mi casa a vosotros que me rodeáis, la carpeta de fotos de familia, la caja de galletas. Estoy en esas cosas y a la vez soy lo otro. En esas cualidades tan indispensables a los poetas, la inclusión y la alteridad.[1]

     Y tanto da ser Long en el Pirineo o cualquiera en una ciudad, ¿o es que te pensabas que solo camino por las nubes? Lugar, lugar a cada paso, lugar casa y espacio, lugar paisaje y círculo. Lugar. No eco. Aunque ambos jueguen en el espacio.

     Luego hago un círculo de piedras, algo en principio contrario al trayecto longitudinal, pero que se llena de todo el paisaje alrededor, infinito, inmenso. Soy en su centro  tan importante o tan poco como lo que vuelco en cada objeto, en cada visión que tengo de ti, en cada soplo.

     Dudo que sirva de algo a alguien más. Camino y no hay nadie que me observe, desechado el posible valor de la performance, dejando atrás una instalación para nadie. Nadie repetirá mi obra. Ya sé eso de que la acción y mis pensamientos influirán en alguien, en algo, que me puedo sentir rizoma y valioso, pero no me lo creo. Ya sé que como yo me vea me verán los otros, pero como yo veo no sé si soy capaz de contarlo.

     De cada viaje recojo piedras, cosas que se cargan de paisaje, de recorrido, de memoria. Cuando vuelvo monto con ellas un círculo sobre la mesa, casi perfecto. Imagen de aquel que dejé en la montaña, ése que no vas a ver. Conténtate con que lo cuente, con que te hable como tú me hablas de tus pequeños objetos. Conténtate con mirar mis piedras, mis semillas.

     Cuando acabe, meteré las piedras en una caja de madera, un embalaje cúbico, guardado en un almacén. Con otras. Con instrucciones estrictas y minuciosas para montarlo de nuevo, planos detallados, fotos del camino, de las piedras, cada pieza numerada por si alguien puede estar interesado en montar un círculo de piedras descargadas de paisaje y sin recorrido. Como si eso sirviera de algo. Una biblioteca sin libros y sin palabras.

     Y sigo pensando como Richard Long que el círculo es perfecto, pero tan imperfecto en el museo… No le sienta bien a las piedras, no le queda bien un museo alrededor. 

     No hay lugar.





[1] “Y he aquí que otro gran poeta de poetas, Fernando Pessoa, tituló su obra más personal, precisamente, Libro del desasosiego. En sus páginas, Pessoa escribe lo siguiente: «Pertenezco… a aquel género de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no viendo solo la multitud de la que son parte, sino también los grandes espacios que hay al lado». Inclusión y alteridad, pertenencia y desasimiento son cualidades indispensables al quehacer del poeta, y los «grandes espacios» de Pessoa son también los que convienen al género poético que, a diferencia de otros, ocupa tan solo unas cuantas líneas en una página, como Ana Blandiana descubrió a una edad temprana.” (Natalia Carbajosa, 2015)








        ANSELM KIEFER





A. Gómez





      Anselm Kiefer recorre las bóvedas de la antigua fábrica de hilaturas industriales donde trabaja. Los pasillos, espacios que se abren, las salas abovedadas, se han convertido en almacenes de tiempo. En los sótanos guarda cajas ordenadas, registradas con números y referencias incomprensibles, dentro las cosas que precisan no ser olvidadas, en las galerías te encuentras restos de materiales, ruinas, y en un gran espacio un avión, barcos o láminas de plomo que en su momento cubrieron la catedral de Colonia, una montaña de paja, y objetos viejos. El plomo es el material de los dioses, la ceniza el final de todo proceso, la paja lo que queda de la vida. Los materiales hablan o no sirven para nada. Kiefer no es un pintor, es un manipulador de materiales, un constructor, un alquimista. Y lo que construye es una autobiografía  de la que quedan los restos, esas obras que sirven para hablar de su mirada básica sobre el mundo a través de la historia alemana, de la filosofía, de la cábala, de las estrellas y los mitos arcaicos. Del tiempo y del silencio. La alquimia por la que ciertos materiales se convierten en otros. El alma de las cosas. El mundo interior.

     Todo empieza con un libro y todo acaba con un libro. 

   Un libro en ruinas tras la segunda guerra mundial. Él nació bajo las bombas y creció entre el panorama devastador de las ruinas que fueron su campo de juegos. Alemania siente la culpa y decide no hablar de la destrucción en décadas; pero él sí quería construir esa historia que era ya suya. Contrario al silencio, la historia de la derrota, de los mitos germánicos, que tan mal usaron los nazis, el holocausto del que en Alemania no se conocía casi nada hasta la década de los 70, como aquí, fueron temas de su obra desde el inicio. La Historia puede ser excesiva para el hombre si no sirve para llegar al futuro, o banal si no te enfrentas a ella como la verdad. Saber que las cosas fueron verdad, ese carácter arqueológico del conocimiento que nos lleva a buscar los restos de los naufragios. Todo fragmentos.

     Y todos los objetos dejan de ser banales según el valor que uno le dé. Una cuestión de piel. De dotar de alma a los objetos.

     La historia está llena de víctimas y de grandes personajes, las víctimas de Auswitch, los fabricantes de adobe en Mesopotamia, las guerras antiguas y las guerras modernas, y también las mujeres de la revolución, los filósofos alemanes, el bosque de Teutoburgo. El hombre abatido por el peso de la historia. Y cada cuadro abatido por todas las historias que hay debajo. Múltiples estratos que parten en ocasiones de una fotografía y capa sobre capa reconstruyen la batalla que se provoca en la cabeza del artista. Todo es pensamiento y acción, todo transformación. Cada una de las obras destruye las anteriores. Todo es quemar. Y ahí aparece Paul Celan y su poesía, esa que no se podía escribir después de Auswitch, campo al que sobrevivió el poeta húngaro para suicidarse en el Sena años después. Sus versos aparecen escritos en los cuadros de Kiefer, flor de ceniza.

     Cuando en 1914 la catedral de Reims fue bombardeada y se incendió, cuentan que el plomo fundido de su cubierta caía por las gárgolas. Kiefer compró todo el plomo de la catedral de Colonia cuando fue sustituido, y ahora aparece en aviones, barcos, fondos de cuadros, cohetes, y libros,  de superficie impermeable se transforma en material  permeable a los sentidos al sentimiento, el pensamiento y la voluntad. Un material que a través de la alquimia se convierte en oro.
Pero es preciso un choque para iniciar el proceso seguido del conocimiento. Nada de imágenes inspiradas ni teoría de los genios. Es la historia y son los libros los que inician un proceso que lleva al artista a reescribir el relato, como la teoría del poeta futurista ruso Velimir Khlebnikov acerca de las catástrofes marinas que se repetían proféticamente cada 317 años, una teoría matemática disparatada que predecía las fechas de las batallas. Sin creer en nada de esa teoría, ese libro fue el choque necesario que da un tema para un proceso de conocimiento de una serie sobre el tiempo.


     Kiefer lleva a la sala de exposiciones una cantidad variable de obras que apila una sobre otra. Unas decenas de cuadros que no puedes ver, sobre y entre los que coloca paja, girasoles negros, materiales quemados. Su título es veinte años de soledad. La soledad del artista que todavía piensa que no va a cambiar la historia del arte, que no cambia la pintura, pero que en algo podrá cambiar el mundo.