lunes, 15 de diciembre de 2025

HABITAR(ES). DE PAISAJE Y MEMORIA


Esta exposición se celebró en la Universidad Popular de Mazarrón en octubre y noviembre de 2025, 

comisariada por Juan García Sandoval.

 

Esta es mi parte del proyecto.

 

LO QUE QUEDA.

 

Toda construcción humana está condenada a su ruina desde el nacimiento. Todo está condenado a su desaparición, pero también a dejar una huella en el espacio y el tiempo para que otros la encuentren. La mirada atenta y la reflexión e interiorización posterior convierten esas ruinas, a veces un mero escombro, en algo nuevo que no pierde del todo lo que fue. Es una mirada arqueológica a lo humano y a lo natural, desde la que vemos lo que queda de caminos, acequias, acueductos, los escombros de una casa donde todo pudo ocurrir, las plantas secas de una estación cálida. Y todo forma parte de un camino, no de varios sino de uno solo que los aúna en el tiempo, ese tiempo en el que nos sumergimos los artistas cuando el tema nos obsesiona. Y esos caminos llevan al entorno de El Cigarralejo, en Mula, a fincas abandonadas en Barrio Peral, a los restos, ya monumento, del Teatro Romano de Cartagena o Ampurias, y a los humildes restos secos de plantas de mi propia casa y de ese campo que una vez produjo y hoy queda en el abandono.

            Casi todas las imágenes, reflejos de esos paseos de búsqueda, se basan en una recogida fotográfica, ya en sí planteada como obra artística, impresiones fotográficas a las que acompañan después y superponen el dibujo y la pintura, teñidos del papel, tintas, acrílico y grafito, y algún elemento de collage. Es una construcción en la que la fotografía adquiere la categoría de material pictórico y la pintura un material poético, una escritura superpuesta. El proceso completo implica la apropiación y la, si no reconstrucción, sí reelaboración a través de la imagen de la memoria de otros, pasar de lo que queda a algo vivo a lo que se añade una “literatura”, una mirada poética a la memoria adquirida.

            La elección del múltiple, de las imágenes compuestas, los detalles, quieren trasladar la idea de relato, de narración suspendida que produce un recorrido, en el que no cabe la panorámica sino la visión fragmentaria, la mirada a pequeños detalles y sucesiones que nos dan una idea de conjunto solo cuando pasas por ellos de uno a otro y retornas, como en un libro o en una exposición. Y para eso era necesario el uso del pequeño formato, un módulo de papel Garza hecho a mano de tan solo 14,5 X 20,5 y otro de 20 X 20 de papel de acuarela, con impresión fotográfica la mayoría, a lo que se suma una manera de apropiar y rehacer la imagen para que forme parte de mi bagaje artístico y personal. Cada pequeña obra cuenta una microhistoria de lo que queda, todas juntas un relato de vida.

 

Antonio Gómez Ribelles

 

  

CAMINOS 

 
 
 


 

 

 

 LA CASA




 

DUOS











 

ESCOMBROS

















 MUROS

 

 

     

 

 

martes, 20 de mayo de 2025

ARS LONGA

ARS LONGA

FRANCISCO JOSÉ SÁNCHEZ MONTALBÁN

Museo del Teatro Romano de Cartagena 

De mayo a octubre de 2025 

 

Texto para el catálogo

 

El tiempo de la espera.

Por Antonio Gómez Ribelles

 

El viaje del poeta parte

de aquel acontecimiento que lo elige

para después rodar a la búsqueda

de una palabra ausente que pueda nombrarlo.

 

Francisco Jarauta

 

 

Ante un concierto, frente a la música de los instrumentos, podemos tomar varias actitudes: cerrar los ojos para que el sonido no se vea influido y contaminado por otros sentidos, buscando la concentración máxima y que ninguna imagen musical pueda verse alterada; mirar atentamente a los músicos y al entorno próximo que les rodea, tal vez no al que toca sino a aquel que espera su parte, no perder lo complejo de la ejecución; observar al público, levemente iluminado y por la espalda o medio perfil, pero siempre con dificultad y disimulo; la conciencia de estar ante un acontecimiento y no querer perderse nada, y que lleva contradictoriamente a la pérdida, porque lo que se encuentra, lo que nos atrae, nos obliga a desatender lo demás. Prestar atención a un músico nos hará perderla a los otros, mirar un gesto de un espectador nos llevará a no atender a otras cosas que sucedan, mirar el techo nos llevará a las nubes... Es como la memoria que genera y necesita, o no, pero no puedes evitarlo, el olvido. Pero qué grande es lo recordado. La vista nos obliga a mirar, miramos y recordamos, pero se pierden los contornos como el mundo se difumina en los bordes de una cama durante la fase previa al sueño y solo viven las imágenes mentales, esas que no tienen fronteras ni límites. Sin embargo, atendiendo visualmente a unas cosas o a otras, en un entorno sonoro, el sonido de un instrumento está envolviendo tu mirada, nada de él se pierde, la música está dentro desde antes incluso de que empiece a sonar.

            Digo todo esto ante mis propias experiencias, que me las hacen rememorar las que Francisco José Sánchez Montalbán ha tenido fundamentalmente en Granada, en el contexto del Festival Internacional de Música y Danza, aunque no sólo, y en un desarrollo temporal que nos lleva a más de veinte años de fotografías en el entorno de ese festival, y que me ha hecho pensar mucho en la representación fotográfica de una experiencia eminentemente sonora. Es evidente que lo que el artista fotógrafo busca es visual, es más, constreñido a una técnica que se somete a la superficie, encuadra lo visible en formatos rectangulares o cuadrados, que detiene instantes de una realidad muy individual, un fragmento, no otro, alterándola de manera consciente y pensando, en el caso de Sánchez Montalbán, que todo acabará en una gama de grises al pasar las imágenes a blanco y negro. Necesita, pues, de una labor extra con la que poder poner en esas imágenes la conciencia de la música, dejar, ahora sí, que los sentidos se contagien y queden reflejados en el espejo de la obra.

 


            Lo documental ha quedado como raíz de toda la fotografía. Esa búsqueda de aquello que rodea nuestro mundo y que queríamos contar, quedó al principio en una mera presentación de nosotros mismos, vivos o muertos: tarjetas de visita, fichas policiales, carnets, o llevar lejos o traer las imágenes de guerras lejanas o culturas ajenas y que conservó ese componente de la pintura romántica que por más que los discursos artísticos, fotográficos, poéticos, hayan alterado las tendencias, se conserva en los géneros del acto fotográfico. Sánchez Montalbán lo conserva porque lo ha practicado, como fotografía documental pura, pero también como el retrato de los personajes que han definido y definen el flamenco, la poesía andaluza y la música clásica. Estamos ante este último campo tratado con esa raíz del documental expandido y extendido en el tiempo durante muchos años, pero observado con una mirada menos definitoria del acontecimiento y más tendente al indicio de lo que pudo ser o pueda llegar a ser. Reconozcamos que Sánchez Montalbán tiene un carácter, una lectura y una escritura poéticas que se basan en un elemento común a las artes pero mucho más a la poesía: el asombro. El ojo asombrado encuentra, pero el asombro ante lo cotidiano solo se consigue si se busca esa actitud. Las cosas no son extraordinarias per se, sino porque tú estás ahí, como el paisaje que no existe si tú no lo miras; no aparecen como imprevisibles por sus circunstancias sino porque así se ha construido la imagen.

            Todo es un problema de tiempo, todos vivimos inmersos en él, “como el fuego en la salamandra” (Tarkovski) y a pesar de esa idea constante de la definición de una fotografía como instante detenido, o archivos de memoria, estas fotografías van más allá por una concepción de las mismas que persiguen lo real del autor. La asistencia al concierto, la observación de todo lo que conforma esa realidad, las voces, las luces, el público, y el sonido de la música, crean el entorno que transforma al fotógrafo en algo muy distinto del reportero para convertirse en un artista que construye con todas sus capacidades sensoriales. Ahí se convierten en actores de la obra las ramas de unas plantas que se entrometen, las manos en el aire que repiten el eco del sonido ya escuchado, el que vibra en el aire y el que sonará siempre, las miradas cómplices que te sitúan en el espacio común, unas voces que están, no se escuchan, pero están, una luz que se oscurece o se refleja, un todo sensorial que no nos dejará ya de envolver. Y en esa envoltura saldremos del tiempo de la realidad, ese que queda detenido, ese instante fugaz, para encontrar lo real de Sánchez Montalbán, la creación que surge después de haberse integrado aquella realidad con la observación atenta, el encuadre, el disparo, con el trabajo de laboratorio. Estas imágenes son lo real del autor porque a toda aquella dedicación a buscar el momento se le suma la creación que surge después, cuando ya solo vemos la foto en la pantalla o el papel y la apropiación de todo lo que ocurrió se transformó en un arte poética de sombras dibujando el mundo. Pero también antes, porque en las fotografías del proyecto se nota que se busca el momento propicio, que el fotógrafo trabaja como el artista que es construyendo la imagen antes del disparo, basándose en las cosas que ya sabía, deambulando por la escena, viendo y escuchando con calma creadora. No se trata de la profesionalidad del autor que busca lo perfecto, sino de que los sentidos, todos, capturen lo que será. Estamos en el tiempo de la espera, ese que muestran en su mayoría las fotografías, y que compartió el autor con el público a la espera de lo sonoro, con finalidades distintas unas veces y compartidas otras. Hay un tiempo de espera y también hay un tiempo de la obra. El tiempo de espera fotografiado es aquel que sostenemos, no congelado, un tiempo que nos permite volver a verlo y vivirlo. Robert Frank decía: “Me gustaría que quienes ven mis fotografías se sintieran igual que cuando leen dos veces un verso”, y ese es el quid de este trabajo, leer varias veces. Además, el tiempo de la obra se vuelve eterno, y estas obras son nuevas, autónomas de aquella realidad de la que solo sabemos que estuvo ante la cámara, donde al “esto fue” se suma el “esto sigue siendo”, como sumar lo anterior al presente. En un universo donde los acontecimientos crean el tiempo, este fotógrafo no busca el momento decisivo sino algo mucho más sereno, como si fueran momentos íntimos de larga duración, fotos que guardan los minutos que pasan. Guardar, al fin, en el interior lo que transcurre exteriormente.

 


           

            “Una fotografía no es más que una superficie. En este plano bidimensional se presenta, con zonas de luz y oscuridad, y a veces color, una ilusión de profundidad narrativa”. Dice bien Teju Cole en este fragmento, y es cierto que de las imágenes fotográficas surgen relatos y del conjunto del proyecto nace un relato que será obligatoriamente una ficción, el territorio personal de Sánchez Montalbán, que nace y ocupa el espacio en torno a lo visible. La música tiene, es así su esencia, un desarrollo lineal, una historia y su evolución compleja. También el concierto antes y después de la música. La fotografía, como la poesía, permite la acumulación de fragmentos y no requiere la narración, la ilusión de narración. No identifica algo concreto excepto en los retratos, sino el contexto común, un contexto que, si bien se refiere a una construcción cultural, no creo que precise de conocimientos exhaustivos acerca de la música clásica o la danza, sino de la presencia de los festivales de todo tipo que se celebran en muchas ciudades. Cultura de nuestra sociedad vista a través de una lente, real y figurada, la de la cámara y la del fotógrafo, poseedor de unos conocimientos y de un lenguaje visual que le permiten este ensayo fotográfico de alto nivel emotivo y sensorial.

             “Lo artístico de una obra radica en lo que no está ahí, en lo ausente para alguno o algunos de nuestros sentidos” escribe Agustín Fernández Mallo. Lo sonoro se encuentra en los límites conceptuales difusos de estas fotografías, en el afuera, en el fuera de campo, en el fuera de ese silencio fotográfico. Una buena amiga siempre me decía que lo importante es lo que no sale en la foto. Lo decíamos mientras veíamos algunas fotos de álbumes familiares, donde no aparecen personas que estaban cerca de la escena, que quedan fuera por ser un encuadre parcial, por no querer, por ser el autor de la foto, y donde tampoco está lo que había de alegría o drama. Y el sonido. Pero no decimos pérdida. Lo real tal vez tenga que ver más con lo que está oculto que con los signos en la superficie, más con lo ausente, y más con los símbolos de lo sonoro que se refugian en el silencio. Más en lo ausente a los sentidos y que el espectador renueva como en la segunda lectura de un poema.

            Nada hay en estas fotos de casual, o fruto de la casualidad, no hay nada de disparo al aire sin controlar todo lo que aparecería en la imagen, por rápido que se pueda haber hecho alguna. Mantienen, cada una y en su conjunto, y en continuidad con sus otros proyectos, esa idea de espejo de la obra del autor donde se escribe la verdad, el espejo donde todos esos fragmentos, separados, reconstruyen una nueva realidad. “Por una parte, el sistema del mundo; por otra la red del lenguaje”, dicho en voz de Francisco Jarauta. En ese lenguaje de fotógrafo, artista y maestro que domina Sánchez Montalbán, superados los referentes indiciarios, manejados con perfección y rotundidad los signos de la imagen, todos se dirigen hacia los símbolos que superan semánticamente los elementos que escriben la imagen, símbolos de lo sonoro, de la música, símbolos de la proyección del autor sobre ella. No son solo la aparición de los instrumentos, como el piano, con todas sus virtudes visuales en las líneas curvas y los reflejos, tan potentes, también lo son los juegos de miradas, los ya citados elementos vegetales que adquieren la curva de sonido, las manos en movimiento demorado que tocan el piano y que mantiene en el aire sonando la música ya escuchada y su duración en la que vendrá, la concentración de los autores, y la espera a la ejecución, siempre la espera y el tiempo.

            Pero además de estos elementos figurativos, anclados a su referente, la abstracción también es posible, la presencia como protagonistas de elementos lineales, formales y de tono, la atención que se fija en el movimiento a través de una pensada construcción de los encuadres, los fundidos de ciertos elementos y personajes que alteran la referencialidad y contornos difusos también por la luz que se oscurece en el concierto. Y la limpieza de todas estas imágenes en su concepción y en su realización.

            Ars longa, como el tiempo de la espera.

 

 

miércoles, 20 de marzo de 2024

TRAYECTO, CRISTINA GUTIÉRREZ RIBAS

 

Cristina Gutiérrez Ribas me dedicó este poema que ella intuyó con "una mirada especial" mientras volvía por la autovía en un nocturno de luces, gotas y bestias, después de asistir a la presentación de El castigo del exiliado. Afinidades electivas, inspiraciones poéticas que me encantan, y un poema brillante.


 

 

Para Antonio Gómez Ribelles,

poeta de la imagen

 

 

 

 

Trayecto I

 

 

Volví aquella noche en un trayecto poético.

 

Ya avisaban las señales del peligro de las bestias.

 

Las luces sobre el asfalto mojado

dibujaron constelaciones de un falso universo.

 

En la superficie del cristal se libraba la batalla

contra el ordenado caos de las gotas.

 

Gigantescas partes de mecas avanzando con lentitud,

camino de la lucha por un futuro.

 

Como fuegos artificiales,

las brasas bailaron brevemente hasta apagarse.

 

 

 

 

Trayecto II

 

 

Nos apartamos de los bordes

donde se hace fuerte,

porque no queremos dañarlo,

porque nos da miedo.

 

Como en una película de Miyazaki,

la masa deforme avanza sin violencia

pero con determinación,

asimilando en su ser lo que encuentra a su paso.

 

Si no volviéramos, se haría con todo.

 

No lo conseguirá,

de momento.

 

 

 

 

Trayecto III

 

 

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

 

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

 

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

 

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

 

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Doscientos metros de intestinos y trozos de carne y huesos.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

 

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

 

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

 

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

La luna llena encarnada en Marte.

 

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Veinticuatro pares de ojos brillantes.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

 

Nada digno de mención.

Quince conejos inmóviles y un zorro esquivo.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

Nada digno de mención.

 

 

 

La suerte llega a los que esperan.



Cristina Gutiérrez Ribas 


miércoles, 21 de febrero de 2024

 PRESENTACIÓN DE EL CASTIGO DEL EXILIADO

 La CHOLEPA

por Ramón González Palazón

 


 

Buenas tardes a todos y a todas:

Es un honor estar aquí hoy para presentar "El Castigo del Exiliado" del artista plástico y escritor, Antonio Gómez Ribelles.

Antonio Gómez Ribelles, nacido en Valencia en 1962, es un destacado artista plástico con una amplia trayectoria en el ámbito de las artes visuales. Ha realizado numerosas exposiciones individuales en galerías y salas institucionales, así como participaciones en ferias y exposiciones colectivas, dejando su huella en portadas de libros y carteles.

Además de su destacada labor como artista plástico, Ribelles es un artista multidisciplinar que incursiona en la poesía. Sus catálogos y exposiciones suelen contar con aportaciones poéticas propias, demostrando su versatilidad creativa.

Como escritor, Ribelles ha contribuido con textos para catálogos de otros artistas, ha publicado en reconocidas revistas literarias y ha participado en obras colectivas y presentaciones. Destaca su colaboración habitual con la revista literaria "El Coloquio de los Perros".

Entre sus publicaciones más destacadas se encuentran "El Libro de las Ciudades", la colección "Quiromante", un libro de imágenes, y "Las Lagartijas Guardan los Teatros".

En las páginas de "El Castigo del Exiliado", las emociones y reflexiones trascienden los límites del tiempo y del espacio, entrelazadas con la delicadeza y la sencillez que distinguen a Antonio, un artista cuyo genio he apreciado hasta el día de hoy, tanto en su obra como en su persona y sobre todo, como amigo.

A mi parecer, este profundo poemario no se reduce a una mera colección de versos; es más bien un viaje íntimo a través de los paisajes del alma, donde cada palabra, cada imagen, lleva consigo el peso de una vida que se manifiesta con fervor en la mirada del autor. Antonio nos invita a explorar y reflexionar sobre las conexiones invisibles que nos unen a todos, e incluso a atrevernos a exiliarnos en lo desconocido.

En "No sé si tú recordarás", uno de los poemas sobresalientes de esta obra, Antonio nos traslada a las costas de la memoria, donde el mar y la tierra entrelazan un abrazo íntimo. Con una sencillez cautivadora, el autor nos recuerda la fragilidad de la existencia y la efímera belleza de cada momento, tal vez momentos como aquellos que reposan en las caracolas, custodias del pasado.

En "Las Afueras", otro poema evocador de esta colección, Antonio contempla el mundo desde una perspectiva única: desde la frontera, desde la atmósfera exterior de cada

cuerpo, guiándonos a través de los espacios liminares donde los objetos y las personas se encuentran, revelando la sutil energía que irradian hacia un universo particular.

La huella indeleble de la sensibilidad artística de Antonio se plasma en metáforas sutiles, en poemas que funcionan como ventanas abiertas al mundo interior del autor, reflejando sus pensamientos más profundos y sus emociones más íntimas. A través de sus versos, Antonio Gómez Ribelles me invita a mirar más allá de las apariencias, a encontrarme con aquellos objetos que pueden fungir como anclas en un mundo en constante transformación, a explorar los rincones más oscuros y luminosos de nuestro ser con su complejidad y fragilidad, y a encontrar significado en la intersección entre el pasado, el presente y el futuro.

Con "El Castigo del Exiliado", he podido sentir un diálogo interno con un ecosistema que halla consuelo en la memoria y en el anhelo por regresar a aquella tierra devorada por el inexorable paso del tiempo.

Para concluir, es imperativo resaltar la presencia esta tarde de Luis González Adalid, otro artista y escritor inquieto que ha contribuido a la edición de este libro con "LA NUBE DE PIEDRA" de Luis G. Adalid Ediciones. Además, el hecho de que este acto se desarrolle en el estudio Galería de La Cholepa añade un valor adicional, ofreciendo una gran oportunidad para que este momento se enraíce en un espacio donde el arte y la creatividad convergen.

Gracias a La Cholepa, a Mari y a Andrés, y a todos los presentes por su asistencia, y especialmente a Antonio por permitirme participar en este nuevo exilio.

Ramón González Palazón 17/02/2024

Presentación en el Museo Gaya de El castigo del exiliado


 

 

 

Pellizcos de vida capulina.

 

Sobre Antonio Gómez Ribelles: poeta y pintor, a veces exiliado.

 

por Manuel Madrid

 

 

 

Leer un libro de Antonio Gómez Ribelles es como participar en un juego de rol. Hay algo misterioso, fantástico, como si la realidad se vistiese a veces con trapos de ficción. Es como una llamada taimada a acceder a un laberinto sin suponer que en los primeros compases escucharás, sentirás, percibirás, descubrirás… que el dueño de todo esto ha arrojado la llave haciendo que hable el agua. Un sutil glup, glup, glup que se traga también nuestra ingenuidad, nuestra vanidad, nuestra apariencia.

 

Todo lector, desatinado y descolocado ante lo extraño, no es del todo consciente de estar ya en otro plano cada vez que abre un libro. Ya dentro, desde el mismo prólogo, en este “nuevo lugar”, ha pasado a ser un dibujo más, una silueta sin rostro, alguien que ha ganado un nuevo derecho: el de la anonimidad. Somos lectores sin rostro, como esos ingenios electrónicos programables capaces de manipular objetos y realizar diversas operaciones. Todo aquel que acceda a ‘El castigo del exiliado’ debe saber que ha de irse de su mundo para entrar en otro.

 

Al principio puede parecernos enmarañado, como la corteza del nopal, de la higuera de Indias, el higo de pala o de tuna de toda la vida, que sin embargo esconde un fruto verde amarillento, elipsoidal, espinoso y de pulpa comestible. Una auténtica delicia.

 

Esto es lo que, de golpe, me ha sugerido este poemario: un goce permanente, como el del más sutil y exquisito fruto que alguien me diera a probar. Algo fino, fino, fino. Toda esta finura está compuesta, sin embargo, de trozos, de fragmentos, fracciones de otros tiempos, pedazos de ayer, terrones de alegrías fosilizadas, chispas, migajas, menudencias, limaduras, virutas de otras épocas. Todo esto, lo que llamamos HOY, está formado por pellizcos de vida capulina, como llaman los mexicanos a la buena vida. Vida y milagros, al fin y al cabo, “conjunto pormenorizado de los hechos que constituyen la vida de alguien” (RAE). La de Gómez Ribelles: poeta y pintor.

 

Parece que el pintor no tiene suficiente con afanarse con la paleta. He aquí un caso extraordinario de bardo que pinta. Todos pintamos algo en este mundo. En ‘El castigo del exiliado’, la segunda obra que publica la editorial La Nube de Piedra del davinciano artista Luis González-Adalid (hombre que piensa, hombre completo: pintor, escritor, diseñador, editor…), hay un poeta y un pintor, “exiliado a veces”. Un Gómez Ribelles utópico, aferrado a las “ligeras posibilidades” que dan los sueños cuando parece que hemos perdido también la capacidad de soñar. El poeta y ensayista de Tulsa, Oklahoma, Ron Padgett, destila en su obra una ironía trágica y una tendencia a abrazar el costado cómico de las cosas. A modo de curiosidad, aparece aquí con una sola T, y alrededor de su cita, “yo me acuerdo de cosas perdidas”, me gustaría devolverle la T OLVIDADA a través de cinco términos que cita Gómez Ribelles que empiezan por T y que bien podrían apuntalar esta magnífica propuesta:

 

TROZO TIEMPO TEMBLOR TRAGEDIA TODO

 

A raíz de aquel incendio que destruyó parte de un bosque, Ron Padgett no solo se acordó de cosas perdidas, sino que le invadió una deliciosa tristeza por los objetos. A Antonio Gómez Ribelles le sucede lo mismo. Su poesía es, sobre todo, gráfica. Hay una preponderancia de las imágenes. Y como es hijo de la sutilidad, construye poemas de tela, poemas-lienzo, que son también como carabelas de aviso, pues en todos ellos hay como un anuncio o advertencia que conviene tener en cuenta.

 

En las obras que hizo para el centenario del Suplemento Literario de LA VERDAD y que publicamos en Ababol, Gómez Ribelles produjo imágenes poéticas a partir de los poemas de Antonio Oliver Belmás, y en todas ellas incluyó palabras importantes en la obra del poeta cartagenero: «Rosa», «ciudad», «peine», «luz», «agua sin estrellas».

 

Si analizamos ‘El castigo del exiliado’ con esta misma metodología, buscando esa “palabra combustible” con la que el propio Ribelles navegó entre las aguas de dominio público de Oliver Belmás, tenemos que hablar de casas que son como islas plegadas, como si fueran cajas de papel pintado que representan el mundo (pág. 45), de mentiras bien contadas, de luces que ya no alumbran, de los fríos del exilio, de las navajas que todos guardamos en los bolsillos, de finales buscados, de no haber sido lo que se esperaba de nosotros, de volcanes que están siendo permanentemente avivados por el correr de los días, y de los años…

 

A mí particularmente me maravilla y me intriga al tiempo la habilidad de Gómez Ribelles para “ver las cosas desde la frontera”, para monumentalizar momentos supuestamente anodinos de nuestras vidas. En el poema ‘Las afueras’ (pág. 15), por ejemplo, queda todo dicho: “Ver las cosas desde la frontera. Desde la atmósfera exterior de cada cuerpo. Como el hueco que dejan en el aire. Ver las afueras de los objetos y las personas. A veces hay algo que irradian”. Esto que irradian es lo que él ve, y retiene, y se afana por compartir porque es lo que, al fin y al cabo, todos tenemos en común. Que la vida es solo un gas. Que la vida es un dimanar.

 

Me siento agradecido por este libro, por esta forma de mirar tan pensada, tan inteligente. Somos afortunados con poder leerte y tenerte. Por muchas razones, el poema ‘Armario’ (pág. 19) cobija todas las maravillas, y también todas las claves, para salir del laberinto en el que Gómez Ribelles nos ha metido. “Dicen que la piedras guardan la memoria, y que la tierra las esconde, la arena solo por un tiempo. El agua no, el agua es como un olvido, pero la tierra se va moviendo hasta ceñirlas y conservarlas en el abandono, hasta que tú las salves y las guardes, de nuevo en una caja”. Pienso que Ramón Gaya habría querido perder algo de su tiempo a tu lado.

 

 

 

Manuel Madrid

Museo Ramón Gaya

20/2/24 Murcia